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Fecha: noviembre, 2013
Pessoa no quiere psiquiatras
Alfredo Barbero 06-11-2013 | 2:59 | 1

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En el año 1.996 se tradujo al castellano el texto de Mario Saraiva, “O caso clínico de Fernando Pessoa”, publicado en Portugal en 1.990. En la reseña de autor del libro se nos informa que el Dr. Saraiva es médico, fundador de una revista que difundió a Freud y el psicoanálisis en el país vecino, pero no queda constancia de que sea especialista en Psiquiatría (ni tampoco de que tenga experiencia clínica en el diagnóstico y tratamiento de personas psicóticas). La principal conclusión a la que llega en su ensayo tras recoger varios testimonios de familiares y amigos, y, sobre todo, de analizar un gran número de textos del poeta, es que Fernando Pessoa padecía ESQUIZOFRENIA. Esta enfermedad habría sido, según él, la base psicopatológica de la que surgieron sus famosos heterónimos.

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Esquizofrenia es una palabra mayor. Hablar de esquizofrenia significa hablar de uno de los trastornos mentales más graves. ¿Estamos de acuerdo con el diagnóstico que realiza el Dr. Saraiva…? No, no lo estamos. Entendemos que no se puede afirmar científicamente que Pessoa tuviese esquizofrenia. Para ello, nos basamos en los siguientes 7 clusters de argumentos.

 

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Grupo 1

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En primer lugar, debemos decir que para realizar un diagnóstico psiquiátrico es necesario hacer un examen clínico directo de la persona. Sin este examen, a lo más que puede llegarse es a una hipótesis o presunción diagnóstica. Sin paciente (de carne, hueso y “alma”), no hay caso clínico. Sólo la entrevista clínica directa permite a los psiquiatras formular preguntas -y repreguntas- dirigidas a detectar y confirmar contenidos psicopatológicos específicos, aclarar expresiones polisémicas o contradictorias, despejar en la medida de lo posible los frecuentes malentendidos que se producen en la comunicación humana, siempre imperfecta, y tratar de conocer la intención y la convicción de la persona respecto de sus propias palabras. No existe ningún otro método, hoy día, para realizar todo este proceso de modo fiable. Un psiquiatra conocedor de la psicopatología teórica y de las técnicas de entrevista, frente a un paciente que se expresa y comunica, verbal y no verbalmente, en un marco imprescindible de diálogo e interacción en tiempo real. En esto consiste la clínica psiquiátrica.

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Los textos que pueda escribir un paciente sobre sí mismo, por muy lúcidos que sean -y los escritos por Pessoa, particularmente en el Libro del desasosiego y en las Páginas Intimas y de Auto-interpretación, revelan una extraordinaria capacidad introspectiva y el que quizá sea el mejor autoanálisis psicológico de toda la historia de la Literatura-, no son necesarios, ni suficientes, para determinar la psicopatología concreta de un sujeto. Sin una evaluación directa del paciente, guiándonos sólo por sus escritos, es muy difícil -por no decir imposible- saber hasta qué punto la persona, en aquello que dice, es veraz, disimula, miente, oculta, minimiza, manipula, exagera o dramatiza.

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Mario Saraiva comete en este sentido dos claros errores: 1/ tomar los textos de Pessoa como fuente suficiente de información clínica (“Lo interesante para el Caso de Fernando Pessoa es que sea siempre él mismo quién espontáneamente nos suministre la casi totalidad de los datos para el estudio”); y 2/ tomar los textos del poeta como fuente fiable de información clínica, entendiendo su significado de modo literal, cuando la tendencia a la exageración subjetiva y dramática de la realidad, a la hipérbole, es constante en Pessoa. Y cuando el poeta, además de dramatizar a sus heterónimos, es un torrente de símbolos y metáforas de alto nivel de abstracción. Saraiva se muestra muy crítico con quienes hacen una lectura únicamente literaria del poeta, sin tener en cuenta que sus escritos puedan ser expresión de alteraciones psicopatológicas, pero él, por contra, ha pecado en su ensayo de hacer una lectura a-literaria, al pie de la letra, de los textos del escritor. Pessoa había decidido hacer de sí mismo su propia obra de arte. Había decidido hacer Literatura con su sufrimiento, y con todos y cada uno de los contenidos de su hiperactiva mente. Este es un dato fundamental, del que no podemos olvidarnos, a la hora de interpretar sus textos.

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Gran Racimo 2

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La esquizofrenia es un trastorno mental que produce alteraciones cualitativas específicas en el normal funcionamiento de la mente humana. La esquizofrenia no se produce por acúmulo cuantitativo de otros trastornos mentales, por muchos que puedan llegar a concentrarse en una única persona.

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de las personas que tienen fobia a las tormentas tiene también esquizofrenia. Familiares y compañeros de Pessoa relatan divertidas anécdotas sobre cómo le dejaba trastornado, descompuesto, pálido y sudoroso el intenso miedo a los relámpagos que siempre tuvo desde niño, y que desencadenaba en él las reacciones físicas propias de un ataque de pánico.

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de las personas que evitan el contacto con otros debido a su carácter introvertido, a una fobia social, o a mostrar conductas de misantropía intelectual, tiene también esquizofrenia. Pessoa era poco amigo de las relaciones sociales. Con cierta regularidad se reunía con varios compañeros y amigos de tertulia literaria en los cafés A Brazileira (del Chiado o del Rossio) y Martinho da Arcada, entre muchos otros. No hay constancia de problemas de relación con los compañeros de las empresas en que trabajaba como traductor de correspondencia comercial. Sus duras declaraciones sobre la amistad y el amor (“nunca amé a nadie”, “amigos, ninguno/ sólo unos amigos que creen que simpatizan conmigo y tendrían tal vez pena si un tren me pasase por encima y el entierro fuese en día de lluvia”) pueden entenderse como defensa evitativa ante el torbellino de emociones que las relaciones íntimas desencadenaban en él. Pessoa vivía hacia adentro, por temperamento y por decisión propia. No aceptaba la limitación en su libertad individual que conlleva el principio de reciprocidad de toda relación. Tampoco aceptaba que nada, absolutamente nada, le distrajese de su trabajo literario (“mi egoísmo es la apariencia de mi dedicación”). Había decidido dedicar su vida a escribir, a la Literatura. En varios escritos manifestó sentir una profunda incompatibilidad intelectual y espiritual con las personas que le rodeaban en su vida cotidiana. Thomas Bernhard y Ernst Jünger -que escribió precisamente un libro titulado La emboscadura- son dos de entre otros muchos ejemplos célebres de emboscados filosóficos o literarios del siglo XX.

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de las personas que tienen fobia a las relaciones sexuales, e impotencia sexual, tiene también esquizofrenia. “¿Poseerla? Yo no sé cómo se hace eso (…) Yo no sabría cómo preparar mi alma para llevar mi cuerpo a poseer el suyo (…) Ni siquiera me avengo a soñarme haciéndolo”. A Pessoa se le conoce únicamente una relación con el sexo femenino, el amor platónico por Ofelia Queiroz. Besos y algún leve contacto, pero no hay constancia de relaciones orgásmicas o coitales. En la última carta que le envía buscando poner fin a una relación bloqueada, que no podía avanzar hacia el matrimonio, hizo exactamente lo mismo que Hamlet con su otra Ofelia: hacerse el loco. Leamos la supuesta carta de amor: “Este poema debe ser leído de noche en un cuarto sin luz. También, debidamente aprovechado, sirve para hacer papillotes para las muñecas de trapo, para tapar las cerraduras contra el frío, las miradas y las llaves, para tomar medidas para zapatos a pies que no tengan más tamaño que el papel. Creo que están hechas todas las instrucciones de uso. No es preciso agitar antes de usar. Hasta luego. 11-I-1930 Ibis (Poema Pilar) Todo el mundo tiene las manos frías/ Debe meterlas en las pilas/ Pila número UNO/ Para quien menea las orejas haciendo ayuno/ Pila número DOS/ Para quien bebe buey en entrecot/ Pila número TRES/ Para quien estornuda sólo media vez/ Pila número CUATRO/ Para quien manda las narices al teatro/ Pila número CINCO/ Para quien come la llave del pestillo/ Pila número SEIS/ Para quien se peina con roscón de rey/ Pila número SIETE/ Para quien cante hasta que el tejado se reviente/ Pila número OCHO/ Para quien casca nueces valeroso/ Pila número NUEVE/ Para quien a una berza se parece/ Pila número DIEZ/ Para quien pega sellos en las uñas de los pies/ Y como las manos ya no están frías/ ¡A tapar las pilas!”

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de personas alcohólicas tiene también esquizofrenia. Pessoa ingirió desde joven notables cantidades de aguardiente en las tertulias literarias de los cafés. Pero esta fue sólo la antesala de lo que bebió durante los últimos diez años de su vida, cuando a partir de 1925 falleció su madre y vivió solo en la Rua Coelho da Rocha, 16. Un tendero vecino le proporcionaba la cantidad diaria correspondiente. A veces pasaba largas noches de insomnio en compañía de la botella, y al barbero que le afeitaba por la mañana le recibía con quejas de haberse quedado sin espirituoso licor. Su imprevista muerte a los 47 años de edad (1888-1935), dos días después de ingresar de urgencia en el hospital San Luis de los Franceses, estuvo relacionada al parecer con las complicaciones de una colangitis debida a una cirrosis hepática.

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Afortunadamente, sólo un pequeño porcentaje de las personas que presentan síntomas psicóticos transitorios tiene también esquizofrenia. Pessoa relata alguna experiencia, sobre todo de tipo visual, que pudiera considerarse de carácter alucinatorio breve. No obstante, alucinaciones pueden producirse en muchos tipos de trastornos, y no trastornos, mentales: síndrome confusional de etiologías diversas, intoxicación por sustancias psicoactivas -incluido el alcohol-, síndrome de abstinencia etílico, enfermedad médica, depresión, despersonalización y desrealización, fobias muy intensas o pánico, insomnio con importante deprivación de sueño, habitaciones o entornos incomunicados con deprivación sensorial, las producidas al quedarse dormido y al despertar, situaciones externas, o preocupaciones internas, que generan un alto grado de estrés, etc. No se puede establecer la ecuación: alucinación=esquizofrenia.

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de las personas con ciclotimia o depresión tiene también esquizofrenia. El escritor manifiesta en varias cartas enviadas a sus amigos atravesar periodos de “abulia absoluta” en los que dice sentirse “en el fondo de una depresión sin fondo”. Estos estados de ánimo le mantenían apartado de la comunicación con su círculo privado durante días o semanas. No hay constancia de que también pidiese bajas laborales. Sin embargo, Pessoa reconoce al mismo tiempo “gozar a mi manera” de lo que llama “un abandono en aquello con lo que se sufre, un gozo malicioso de los rincones del alma”, que otras veces denomina “encantamiento depresivo”, y que le permitía estar a solas, mantener una constante atención sobre sí mismo, autoanalizarse y escribir, sobre todo escribir. Sin estos apartamientos la obra literaria de Pessoa no hubiera podido materializarse. Cabe deducir, por tanto, una cierta voluntariedad en los mismos (“mi mujer, la soledad, logra que no esté triste”). Sólo en ocasiones muy excepcionales piensa de forma directa en el suicidio: “Nunca afronté el suicidio como una solución porque yo odio la vida por amor a ella” (esta declaración no obsta para que su probable alcoholismo fuese expresión de una tendencia autodestructiva, o también, como ocurre en algunos pacientes, una forma lenta y diferida de suicidio). Otras veces manifiesta sentir “el alma en un estado de agilidad imaginativa muy intenso”, como si tuviese una “crisis de abundancia” de ideas, emociones y sensaciones. La mayor parte del tiempo, sin embargo, conseguía controlar ante los demás su estado de ánimo, algo que no puede hacer una persona con depresión grave: “Mi humor es exteriormente igual; estoy casi siempre alegre y en calma delante de los demás”. Así lo confirma uno de sus compañeros de tertulia: “Al contrario de lo que pueden suponer los que apenas lo conocen a través de sus escritos, Pessoa (…) era el hombre más cortés y llano que pueda imaginarse”. Unas simples “cefaleas” y unas “gripes” eran las que, para el dominio público, a veces lo retenían en casa.

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de las personas que se interesan por el ocultismo, el espiritismo, la astrología, la masonería, la teosofía y otras filosofías herméticas, la magia negra, o que dicen haber tenido visiones de auras magnéticas o astrales, tiene también esquizofrenia. Pessoa entendía todo ese tipo de “artes de lo enigmático” como una forma de “estética superior”, como un conocimiento “más allá de las religiones” para aproximarse al misterio esencial de la vida. Lo cuál no le impidió criticarlas con excelente ironía en alguna ocasión: “Lo que sobre todo me impresiona en estos maestros y conocedores de lo invisible es que, cuando escriben para contarnos o sugerirnos sus misterios, escriben todos mal. Ofende a mi inteligencia que un hombre sea capaz de dominar al diablo y no sea capaz de dominar la lengua portuguesa. ¿Por qué ha de ser más fácil el trato con los demonios que el trato con la gramática? Quién, por medio de largos ejercicios de atención y de voluntad, logra, según dice, tener visiones astrales, ¿por qué no puede, con menos dispendio de una cosa y de otra, tener una visión de sintaxis?”

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de los artistas con ideas de grandeza, megalómanos, narcisistas, egoístas, egocéntricos o ególatras, o que están convencidos de tener una especial misión creativa en este mundo, tiene también esquizofrenia. Pessoa tenía una alta estima intelectual de sí mismo, y creía -como muchos otros escritores, músicos, pintores, filósofos, etc.- que su obra literaria podía alcanzar gran importancia. No se equivocó demasiado.

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Afortunadamente, sólo un muy pequeño porcentaje de las personas que, para divertirse avergonzándola, hacen cosas extrañas por la calle cuando se acercan a casa y ven a su circunspecta hermana, por ejemplo, andar en zig-zag como si estuviese borracho, o adoptar la postura del ibis encogiendo una pierna y moviendo los brazos como alas, o aparentar buscar algo caído en el suelo dando luego las gracias a los transeuntes que le habían ayudado a buscarlo, tiene también esquizofrenia.

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Finalmente, si una persona -como piensa Mario Saraiva de Pessoa- padeciese a la vez todas y cada una de las alteraciones que hemos comentado, no podría afirmarse, a pesar de tan florido cúmulo de trastornos mentales y rarezas varias, que esa persona sea esquizofrénica.

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Grupo 3

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En la década de los 80 se produjo un cambio histórico en el proceso de diagnóstico psiquiátrico al aparecer las nuevas clasificaciones DSM-III y DSM-III-R de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA). Estos sistemas mejoraron mucho la fiabilidad diagnóstica definiendo criterios clínicos descriptivos y operativos. Antes de su aparición, el diagnóstico psiquiátrico se basaba en los conceptos -a menudo, con una carga moral y filosófico/especulativa muy notables- de autores europeos decimonónicos y de principios del siglo XX. El resultado de aquellos antiguos diagnósticos era una baja concordancia interjueces y una especificidad también baja, con muchos falsos positivos. Cualquier persona con un comportamiento un tanto excéntrico o disocial podía ser considerada esquizofrénica, e internada en un hospital psiquiátrico. Eran tiempos en los que el predominio de un rígido sentido del orden se hacía notar en todos los ámbitos, incluido el científico. En “El caso clínico de Fernando Pessoa”, el Dr. Saraiva, que manifiesta haber adoptado en su estudio una “apropiada perspectiva psicoanalítica” (que, como cualquier perspectiva psicoanalítica, apropiada o no, es por completo innecesaria para realizar diagnósticos), menciona como fuentes de autoridad en el capítulo dedicado a este fin, el capítulo Diagnóstico, a varios autores históricos de la Psiquiatría (Bleuler, Kraepelin, Kurt Schneider, Mayer Gross, Henry Claude, etc.), y cita también el resultado del análisis grafológico efectuado por la especialista “madame Simon Evin” (una herramienta diagnóstica bien exótica), pero no utiliza -ni menciona siquiera- los nuevos sistemas y criterios diagnósticos operativos que en el momento de publicar su ensayo ya se utilizaban de modo rutinario en la clínica psiquiátrica internacional.

Incomprensiblemente, con una información clínica extraída en su mayor parte de textos literarios, con un caso intelectual y personal tan complejo, y siguiendo el método antiguo, Saraiva afirma que realiza su diagnóstico “sin dificultad”.

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Si nos guiamos ahora por uno de los nuevos manuales diagnósticos, el DSM-IV-TR (edición española de 2002), podemos decir:

  • Que de los síntomas del Criterio A de esquizofrenia: a) ni las alucinaciones auditivas e ideas delirantes extrañas características de la enfermedad quedan acreditadas en los escritos de Pessoa; b) ni hay constancia alguna de que el escritor tuviese comportamientos catatónicos o gravemente desorganizados; c) ni su lenguaje era predominantemente desorganizado (la inmensa mayoría de los 476 pequeños fragmentos de la primera edición del Libro del desasosiego, por ejemplo, son de una extraordinaria lucidez y coherencia, a pesar de ser un libro publicado y organizado sin su autorización -en el tardío año de 1982- a partir de los papeles de todo tipo que se encontraron en un arca: borradores, notas, frases incompletas, bocetos, ideas sueltas, desahogos, etc.,); y d) que tampoco tuvo ninguno de los tres síntomas negativos caracterísicos de la esquizofrenia: aplanamiento afectivo (Pessoa era un volcán de emociones y sensaciones), alogia o pobreza del habla (la riqueza lingüística del poeta, neologismos aparte, es extraordinaria) y abulia psicótica (continua y sobre un humor plano, a diferencia de la abulia depresiva).

 

  • Que la actividad vital de Fernando Pessoa, con un trabajo de oficinista en varias empresas que mantuvo hasta el final de su vida como redactor y traductor de correspondencia comercial -sobre todo del inglés, que conocía muy bien por su estancia infantil en Sudáfrica tras la muerte de su padre-, de quién no constan largas o frecuentes bajas laborales por enfermedad, y que asistía con regularidad -y muy atildado- a las numerosas tertulias literarias que se celebraban en los cafés de Lisboa, en especial a las de los poetas modernistas y futuristas, no cumple el Criterio B de esquizofrenia. Es decir, en su actividad cotidiana no se produjo el grave deterioro laboral y social, la grave discapacidad, que caracteriza esta enfermedad (antes de Bleuler se la llamaba demencia precoz o demencia juvenil). El propio Saraiva lo reconoce cuando dice: “Los que lo conocieron en vida y trataron con él personalmente no percibieron anomalía mental alguna de la que fuese portador, ni siquiera sospecharon que éstas existiesen”. Es altamente improbable que una persona con esquizofrenia logre tal grado de ocultación nada menos que hasta los 47 años, ni aun siendo el más grande poeta del fingimiento.

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Argumento 4

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La alteración psicopatológica esencial que padecía Fernando Pessoa, según el Dr. Saraiva, era la “disociación psíquica”, de la cuál habrían surgido los heterónimos. El problema respecto a esta cuestión -que ya se ha quedado un poco anticuada con los criterios de la nueva psicopatología descriptiva- es que en su ensayo, no sabemos si por un error de traducción, se utilizan de manera indistinta las palabras “disociación”, “escisión”, “disgregación” y “fragmentación”, y las cuatro no son equivalentes. Hay dos maneras fundamentales, y cualitativamente distintas, de división anómala de la mente humana. Los conocidos como fenómenos de “disgregación”, “escisión” o “fragmentación” psíquicas, siguiendo la etimología de la palabra esquizo/frenia introducida por Bleuler en 1908, son los que caracterizan a las psicosis esquizofrénicas. En cambio, el término “disociación” se relaciona con el antiguo concepto de neurosis, y tiene otra naturaleza psicopatológica. En las actuales clasificaciones hay un grupo de trastornos que se conoce, precisamente, con el nombre de Trastornos Disociativos. Este grupo conecta con el antiguo concepto de histeria disociativa: cuadros sintomáticos semejantes a un trastorno mental psicótico o de otro tipo, sin serlo (la otra forma de histeria, la conversiva, la que tanto le gustaba a Freud, se caracterizaba por la aparición de síntomas semejantes a un trastorno físico -parálisis, convulsiones, etc.-, sin serlo). La característica esencial de los Trastornos Disociativos consiste en una alteración de las funciones integradoras de la conciencia, la identidad, la memoria y la percepción del entorno (¡una definición que parece hecha pensando en Pessoa!). Este grupo de trastornos incluye la amnesia, la fuga y el trastorno de identidad (o personalidad múltiple) disociativos, y también el trastorno de despersonalización (cuyo cuadro de síntomas encaja casi como un guante con varios de los textos de autoanálisis del poeta). Los Trastornos Disociativos no son trastornos psicóticos, como lo es la esquizofrenia. Aunque ambas tengan el denominador común de ser ya conceptos históricos, una cosa es la “disgregación psicótica” y otra la “disociación histérica”. El médico portugués no realiza en su ensayo esta distinción psicopatológica, ni plantea en ningún momento el obligado diagnóstico diferencial entre Esquizofrenia y Trastornos disociativos.

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Racimito 5

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Las personas con esquizofrenia u otras psicosis no tienen conciencia de enfermedad. Sus ingresos hospitalarios se producen con frecuencia bajo presión, con carácter involuntario y Autorización Judicial. Pessoa, en cambio, no dejó de escribir y hacer manifestaciones a familiares y amigos en el sentido de sentirse al borde de la “locura”, de estar “loco” o de temer “volverse loco”, algo que es muy típico de las personas a las que se ha venido llamando “neuróticas”. Su hermana Henriqueta decía: “Toda su vida Fernando tuvo pavor a enloquecer como la abuela o a morir tuberculoso como el padre”. Incluso llegó a consultar los trámites legales que debía seguir para internarse por voluntad propia en un sanatorio psiquiátrico, un proceder inaudito en una persona con enfermedad psicótica. Lejos de no tener conciencia de enfermedad, lo que tuvo Pessoa fue una hiperconciencia de trastorno. La vivencia que hizo de sus tormentosas experiencias psíquicas, sin embargo, fue ambivalente: al mismo tiempo sufría y gozaba, sufría y dramatizaba, sufría y fingía poéticamente. Siempre tuvo un potente goce interno derivado del ejercicio de su gran talento creativo y del alto valor de su obra literaria, de los que era también plenamente consciente. Pessoa no buscó remedio práctico a su tormento psíquico: esto hubiese sido mortal para su obra. Decía, escribía, repetía, que estaba enfermo y que iba a internarse en un hospital psiquiátrico, pero ni siquiera realizó consulta ambulatoria o psicoterapia. Lo que hizo realmente fue instalarse y recrearse en su sufrimiento, exprimirlo hasta la última gota. Afortunadamente, para el arte de la Literatura.

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Grupo 6

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Por lo que se conoce de su biografía, Pessoa mostró signos claros desde niño de ser una persona muy sensitiva e inteligente. De adulto, descubrió un extraordinario talento literario, para escribir tanto en prosa como en verso. A esta actividad se entregó con absoluta dedicación. Tuvo un trabajo convencional de oficinista para mantenerse económicamente. Es muy probable que cumpliese criterios de abuso o dependencia de alcohol. El consumo crónico de alcohol, aunque cuenta con una evidente complicidad social salvo en los casos extremos, puede producir importantes daños cerebrales y un amplio abanico de alteraciones psicopatológicas. Pessoa tuvo una gran fobia a las tormentas, que producían en él cómicas -aunque muy reales- reacciones de pánico. Con toda probabilidad, tuvo también una fobia a las relaciones sexuales tan intensa, o más, que a las tormentas. Fue soltero, no tuvo hijos. Su declarada misantropía por “incompatibilidad espiritual” con otras personas podría ocultar una fobia social, pero no necesariamente.

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Aunque por temperamento tendiese a ellos, los fenómenos de despersonalización que con tanta minuciosidad exploró y describió tenían un componente voluntario, deliberado, pues eran su material de trabajo. Refiriéndose a un poema atribuido al heterónimo Alvaro de Campos -que éste habría compuesto supuestamente antes de conocer al heterónimo Alberto Caeiro y caer bajo su influencia literaria- Pessoa dice en una carta que envió el mismo año de su muerte a su amigo, Casais Monteiro: “De los poemas que he escrito fue el que me dio más que hacer, por el doble poder de despersonalización que tuve que desarrollar. Pero, finalmente, creo que no salió mal, y que muestra a Álvaro en capullo…” ¿EL DOBLE PODER DE DESPERSONALIZACION QUE TUVO QUE DESARROLLAR…? Leyendo esta frase se podría creer que Pessoa incurre en un tremendo lapsus que le deja al descubierto, y que al fin hemos pillado al gran fingidor. Un lapsus que desvela que los heterónimos no son más que un juego de su calenturienta imaginación, una gran pantomima literaria al margen de cualquier problema psíquico, la gran mascarada de quién pretendió quedar como el sufridor número uno de la historia de la Humanidad. No lo pensamos así. Entre la más completa, calculada, inteligente, artística y descarada SIMULACIÓN, y la esquizofrenia, creemos que hay estados intermedios.

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Interesado por la Psiquiatría y buen lector, él mismo hizo su autodiagnóstico: “soy un histero-neurasténico con predominio del elemento histérico en la emotividad y del elemento neurasténico en la inteligencia y en la voluntad (…) el elemento neurasténico domina al elemento histérico, y de ello resulta que no tenga signos histéricos exteriores (…) Mi histeria es sólo interior y solamente mía; en mi vida conmigo mismo tengo toda la inestabilidad de sentimientos y sensaciones, toda la oscilación de voluntad que caracterizan la neurosis proteiforme”. En mi opinión, esta hipótesis diagnóstica es una aceptable síntesis de partida. Más consistente que la hipótesis de la esquizofrenia. Si Pessoa hubiese decidido en vida consultar con un psiquiatra de Lisboa, el diagnóstico diferencial entre ambas hipótesis sería obligado para ese profesional. Como también lo sería evaluar la hipótesis de un diagnóstico múltiple, un tipo de diagnóstico cada vez más frecuente en la moderna clínica psiquiátrica -y que guarda una curiosa simetría con la pluralidad de Pessoa-. Por ejemplo: Trastorno distímico, Fobias múltiples, Alcoholismo, Trastorno disociativo (despersonalización y/o personalidad múltiple) y Trastorno de personalidad (evitativa y/o narcisista y/o límite). El hipotético psiquiatra portugués, desde luego, tendría trabajo para rato. Hoy, por mucho que le leamos -y aconsejamos vivamente hacerlo- ya no es posible diagnosticar al poeta.

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Grupo final

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¡Los heterónimos!

Todo empezó como un juego infantil en un niño inteligente e imaginativo que se sentía solo. “Soy el niño triste a quien la consciencia golpeó. Me colocaron en una esquina desde donde se oía jugar.” “Desde niño tuve la tendencia a crear en torno a mí un mundo ficticio, a rodearme de amigos y conocidos que nunca existieron. Esta tendencia, que tengo desde que recuerdo ser un yo, me ha acompañado siempre, cambiando un poco el tipo de música con que me encanta, pero no alterando nunca su manera de encantar. Recuerdo, así, el que me parece haber sido mi primer heterónimo, o, antes, mi primer conocido inexistente: un cierto Chevalier de Pas de mis seis años, por quien escribía cartas suyas a mí mismo, y cuya figura, no enteramente vaga, todavía conquista la parte de mi afecto que confina con la saudade.”

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De adolescente, con 14 años, inventó un equipo completo de personas que supuestamente trabajaba en su periódico manuscrito, distribuido entre familiares y amigos, O Palrador (El Hablador): Pedro da Siva Salles, redactor, Luiz Antonio Congo, secretario de redacción, José Rodriquez do Valle, dirección literaria, y Antonio Augusto Rey da Silva como administrador. Lo imaginó, y lo escribió.

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Ya de adulto, Pessoa manifestó creer que existía una influencia psicopatológica en la génesis de los heterónimos. Lo explica de este modo: “En el origen de mis heterónimos está el profundo rasgo de histeria que existe en mí. (…) El origen mental de mis heterónimos está en mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación. Estos fenómenos, felizmente para mí y para los demás, se materializan en mí, quiero decir, no se manifiestan en mi vida práctica, exterior y de contacto con los otros; hacen explosión hacia adentro y los vivo yo a solas, conmigo mismo. Si fuese mujer, en la mujer los fenómenos histéricos se manifiestan en ataques y cosas parecidas, cada poema de Álvaro de Campos (el más histéricamente histérico de mí) sería alarmante para el vecindario. Pero soy hombre, y en los hombres la histeria asume principalmente aspectos mentales; y así todo se queda en silencio y poesía.”

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En otra ocasión escribe: “El autor de estas líneas -no sé bien si el autor de estos libros- nunca tuvo una sola personalidad, ni pensó nunca, ni sintió sino dramáticamente, esto es, en una persona o personalidad, supuesta, que más propiamente que él mismo, pudiera tener esos sentimientos (…). A cada nueva personalidad, que el autor de estos libros consiguió vivir dentro de sí, le dio una índole expresiva e hizo de esa personalidad un autor con un libro, o libros, con las ideas, emociones y el arte de los que él, el autor real (o quizá aparente, porque no sabemos lo que es en realidad), nada posee, salvo haber sido, al escribirlas, el “medium” de figuras que él mismo creó. (…) como si se lo dictara un amigo (…). Que esta cualidad en el escritor sea una forma de histeria, o de la llamada disociación de la personalidad, el autor de estos libros ni lo contradice ni lo sostiene.”

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Aunque el origen de los heterónimos tuviese relación con la psicopatología -fuese ésta cuál fuere- que la compleja mente de Pessoa pudo haber tenido, esto no desmerecería su carácter de gran invención literaria. El debate teórico sobre en qué medida una psicopatología concreta puede influir o determinar una forma concreta de creatividad artística es muy antiguo en Psiquiatría, pero la realidad es que hasta el momento no se han hecho estudios científicos que demuestren relaciones específicas de causa-efecto. Incluso si aceptamos que la psicopatología pudo alcanzar el nivel de condición necesaria en el caso de Fernando Pessoa, desde luego no fue condición suficiente. A lo largo de la Historia ha habido millones de personas histéricas y psicóticas, pero sólo él consiguió con sus heterónimos una obra creativa de tal magnitud. El universo literario concebido por su gran talento puede entenderse, y funcionar, de manera independiente de cualquier psicopatología. Los heterónimos cumplen la misma función que en otros escritores cumplen los personajes: permitir al autor desdoblar, desarrollar y proyectar las distintas facetas de su personalidad e imaginación. Los novelistas y dramaturgos crean cuantos personajes quieren (Shakespeare: Hamlet, Otelo, Falstaff, Yago, Macbeth, Lear y un muy largo etc.) pero los poetas líricos que hacen de la propia intimidad y de las propias vivencias su obra, no disponen de ese recurso. Se ven obligados a hablar en primera persona, con una única voz. Esta es una limitación muy importante. Pessoa encontró la solución para expresar la personalidad múltiple de un autor mediante unos nuevos personajes: los escritores fingidos, los heterónimos y semi-heterónimos. Y les construyó minuciosamente -como lo están los grandes personajes de la historia de la Literatura-, con su propia biografía, obra literaria, ideas, emociones, desengaños, vértigos, deseos y sufrimiento, es decir, con su propia identidad dramática: Bernardo Soares -el supuesto autor del Libro del desasosiego-, Ricardo Reis, Alvaro de Campos, Alberto Caeiro, “el maestro” -en el que puso “todo mi poder de despersonalización dramática”-, y así hasta más de setenta. ¡Casi tantos como personajes creó Shakespeare! Con la diferencia de que Pessoa creó y al mismo tiempo representó, en carne y “alma” propias, sus personajes. A este singular invento literario le puso el nombre de “drama em gente”. Es una invención literaria que se explica y entiende perfectamente como tal. No necesita base psicopatológica (cosa distinta es que Pessoa tuviese, o no tuviese, una u otra psicopatología concreta). Concebido el modelo literario, cualquier escritor podría imitarlo. Y este es el problema, que inmediatamente se diría de él que es un mal imitador de Pessoa.

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Del mismo modo que Freud popularizó la idea -que no era suya- de que la mente humana no es un todo homogéneo y estático, sino que está dividida en diferentes partes o instancias (sus famosos ELLO, YO y SUPERYO) que entran en relación dinámica, a menudo conflictiva, Fernando Pessoa aplicó ese mismo principio a una de las partes, el YO, mostrando con sus heterónimos que nuestra mente es mucho más compleja, divisible y cambiante de lo que todos habíamos pensado. Este es el mensaje esencial, la genial intuición, de su gran obra literaria. Un mensaje que quizá empiecen a confirmar las neurociencias a lo largo del siglo XXI.

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El modelo de átomo contemporáneo de Pessoa, el modelo clásico de Bohr-Rutherford, distinguía, bello en su simplicidad, un núcleo formado por protones y neutrones, y una corteza de electrones. Esto supuso un extraordinario avance histórico: ¡el átomo no era indivisible, como pensaba Demócrito! Menos de cien años después, la Física de partículas actual nos dice que el neutrón está integrado por 2 quark abajo y 1 quark arriba (hay descritos 6 tipos de quark: arriba, abajo, encanto, extraño, cima y fondo), que el protón lo integran 2 quark arriba y 1 quark abajo, y que el electrón, junto con el muon, el tauón y tres tipos de neutrinos, componen la familia de los leptones que, a su vez, junto a la familia de los quarks, da lugar al grupo de los fermiones, sujetos al principio de exclusión de Pauli, mientras que el grupo de los bosones (fotón, gluón, bosón W, bosón Z y el recientemente confirmado bosón o campo de Higgs, que permite que adquieran masa el W y el Z cuando interactúan fuertemente con él) no están sujetos a ese principio, por lo que dos de estas partículas pueden tener un mismo estado cuántico en el mismo momento. Sin olvidarnos de las antipartículas, un notable número de partículas hipotéticas y cuasipartículas están siendo investigadas en todo el mundo: supercompañeras, diquarks, bariones y mesones exóticos, taquiones, la bola de gluones, plasmarón, el neutrino estéril, la camaleón, los campos fantasmas, excitón, solitón, la hueco, etc. De la energía y la materia oscuras, que un reciente trabajo de la nave espacial Plank ha estimado en 68.3% de energía oscura y 26.8% de materia oscura -frente al 4.9% de materia ordinaria-, apenas tenemos información.

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¿Pasará algo parecido a lo que ocurre con la materia, en el cerebro y la mente humana?

¿No sienten, al pensarlo, un cierto vértigo pessoano…?

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La palabra portuguesa pessoa significa persona. La palabra persona tiene su etimología griega en la palabra máscara (que llevaban los actores en el teatro). Fernando Pessoa, Fernando Persona, Fernando Máscara… El poeta parecía llevar la dualidad de su naturaleza, y de la nuestra, grabada en el nombre: ¡Persona y Máscara!

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“No sé quien soy, qué alma tengo.” “Tengo más almas que una.” “Me siento múltiple.”

Ser o no ser”, dijo Shakespeare con impecable lógica aristotélica.

Ser y no ser, nos recuerda Pessoa con la extraña lógica heraclítea del continuo fluir y la simultaneidad de contrarios.

Pero cuidado: Pessoa era un poeta. Si, como dejó escrito en sus versos más conocidos: “El poeta es un fingidor./ Finge tan completamente/ que fingirá que es dolor/ el dolor que en verdad siente”, los lectores no debemos olvidar nunca que, aunque sea verdadero el dolor que siente, no por eso deja de fingir el poeta.

Así es, así ha de ser, la Literatura.

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Alfredo Barbero - Psiquiatra del Centro de Salud Mental “Antonio Machado” de Segovia

 

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia