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Fecha: agosto, 2014
La Omniteca de Babel
Alfredo Barbero 15-08-2014 | 10:18 | 4

Un sueño de verano tras releer a Borges (versión beta) .

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La Omniteca (que otros llaman exageradamente “el mundo”) es una gigantesca esfera de grafeno transparente que ha hecho variar por completo la imagen de la Tierra.

El material avanzado que se utilizó en su fábrica tiene una serie de propiedades que pueden modificarse por computador. Entre ellas, destacan la flexibilidad máxima (que la hace irrompible, salvo que se programe la desintegración de sus átomos); la capacidad de aumentar de tamaño; y la capacidad de adaptarse a las condiciones externas e internas más hostiles. Desde su fundación a comienzos del siglo XXII, el diámetro de la Omniteca -que empezó siendo de tan sólo un kilómetro- no ha hecho más que crecer. Hoy seguramente alcance ya los mil kilómetros, y pronto superará el tamaño de nuestro planeta y podrá separarse definitivamente de él. Como un monumental embarazo, como dos pompas de jabón creciendo la una a expensas de la otra, como el parto de Atenea saliendo de la cabeza de Zeus, así ven ambos mundos los viajeros de las naves que se dirigen al espacio. Un planeta azul estático, y una inmensa burbuja (de un ligerísimo azul bebé apenas perceptible) creciendo y agrandándose sin cesar. Imagen de la muerte y también de la vida. Silenciosa cópula -o succión- en mitad del vacío.

Hubo un proyecto en el lejano siglo XX, muy sesgado en su diseño de contenidos, que sin embargo sirvió como germen a los (Supra)ingenieros para crear “el mundo”. Fue una Biblioteca que se concibió como espacio indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales comunicadas por escaleras en espiral. En aquel entonces, se decidió de modo axiomático que cada hexágono tuviese veinte anaqueles, y que en cada uno de ellos se depositasen treinta y dos libros de cuatrocientas diez páginas, que cada página contase con cuarenta renglones, y cada renglón con unas ochenta letras de color negro. En esos miles de millones de libros, una suerte de ADN del tiempo, se pretendió albergar (y todavía hay ciudadanos de mentalidad proclive a las Artes que siguen persuadidos de que en realidad se consiguió) las infinitas variaciones posibles de todos los textos escritos desde el remoto origen de la consciencia y la memoria, en todas las lenguas, códigos y alfabetos. ¡Una desmesura! ¡Un despropósito! El tiempo no tiene ADN. El tiempo no está escrito, salvo que lo dicte la ebriedad de un dios. Cualquier promesa, cualquier sueño de eternidad o infinito, oculta una ficción (que pretende aliviar nuestro miedo). O una estafa.

Paraíso, Purgatorio e Infierno en la Tierra de escritores, eruditos, bibliófilos y bibliotecarios, delirio colectivo de la brevísima era Gutenberg (y su canto del cisne), la Biblioteca muy pronto se convirtió en un inconmensurable e inútil almacén de significantes. Por otra parte, los problemas técnicos no dejaron de acumularse. Los desagües de los pequeños gabinetes en los que los bibliotecarios satisfacían las necesidades finales, dada su intrincada red, se atascaban con facilidad por desajustes de presión. Los espejos que duplicaban fielmente las apariencias, en el zaguán de los hexágonos, tuvieron que retirarse para evitar la confusión entre textos reales e ilusorios, entre verdad física y verdad imaginada. La luz de las lámparas era incesante e insuficiente. Los cuerpos de los bibliotecarios, y los de las bibliotecarias, que al morir eran arrojados al vacío de la galería para corromperse y disolverse en el viento generado por la caída, chocaban a menudo antes de que concluyese el proceso, produciendo un continuo estrépito. Pero sobre todo, y a pesar del diseño de vastos pozos, las galerías no disponían de un sistema eficiente de calefacción ni de ventilación. Lograr resultados prácticos de trabajo aplicables a la materia real de la que están hechos el mar, las manos o la flor de los almendros, era casi imposible. En La Biblioteca había poco oxígeno y hacía frío, mucho frío. Finalmente, fue clausurada. Los bibliotecarios recibieron orden de abandonar la instalación, dejando ese espacio (quizá infinito) al albur del tiempo.

Eran épocas de axiomas. En aquel entonces se creía al menos en dos. El primero, la dualidad del origen. El hombre (o bibliotecario), imperfecto, mortal, inconstante, débil, debía ser fruto del azar o de demiúrgos malévolos. La Biblioteca (o Universo), simétrica, elegante, bella, con sus ordenados libros (aunque nada humano significasen, o precisamente por ello) no podía ser sino la eterna obra de un dios. El segundo axioma establecía la existencia de una Ley Fundamental de La Biblioteca, basada en las variaciones ilimitadas de veinticinco símbolos ortográficos (veintidós letras, el punto, la coma y el espacio) que permitirían que todo, absolutamente todo, pudiese escribirse en cuantos dialectos, jergas e idiomas se conocen o están por conocer. Toda la Historia y todo el Porvenir. Y también todos los errores, lagunas, interpolaciones, repeticiones, cacofonías, textos caóticos, series absurdas de letras, falacias, páginas en blanco, fárragos e incoherencias. Y todas las correcciones y contracorrecciones de esas incoherencias, fárragos, páginas en blanco, falacias, series absurdas de letras, textos caóticos, cacofonías, repeticiones, interpolaciones, lagunas y errores. Todo. Incluidas las autobiografías de los arcángeles… y de las sirenas. La Biblioteca era la soñada materialización de lo que Los Metafísicos denominaban con alborozo “un ente total y totalizante”.

¡Qué tiempos! La gente, y más que nadie los llamados sabios, creía con firmeza en varios axiomas (o en varias hipótesis no verificadas) a lo largo de toda su vida. No importaba mucho en cuál de ellos, ni su ubicación simbólica en la naturaleza o en el plano sobrenatural. Lo importante era que fuesen trascendentes. Sin alguna forma de trascendencia (religiosa o arreligiosa) la vida es y equivale a nada, se pensaba entonces. La esperanza sin límite era considerada claro patrimonio de fanáticos y necios, pero la elegante esperanza metafísica en la que solían refugiarse filósofos y estetas se entendía como signo de alta distinción intelectual.

El problema con las elaboraciones mentales de tipo metafísico siempre fue su difícil ajuste con la realidad física. En el caso de La Biblioteca, si (como se afirmaba) era eterna, ningún plazo de tiempo resultaría suficiente para hacer una comprobación empírica fiable de su Ley Fundamental. De este sencillo modo, con una discordancia tan obvia entre universo teórico y mundo empírico, se originaron serias dudas sobre la axiomática existencia de una única Ley, así como respecto a la inferida eternidad del laberinto de hexágonos, anaqueles y libros. ¿Por qué no tres, o mil, o incontables leyes y fundamentos? ¿Con qué tinta y papel se editaron los libros para ser eternos…?

La Biblioteca fue concebida al modo clásico de los físicos idealistas (o Metafísicos) como una esfera en la que cualquier hexágono podía ser su centro cabal, al tiempo que la superficie resultaba sorprendentemente inaccesible. Su bella simetría hexagonal marcaba de inmediato una precisa conexión con el universo de los insectos más disciplinados. La intuición por medio del éxtasis que alcanzó el grupo de Los Místicos de una inabarcable cámara redonda, con un único libro circular y continuo en sus paredes (es decir, de un eterno libro cíclico), fue rechazada por parecerse de modo sospechoso a la idea de Dios. El idealismo arreligioso es un mal menor frente a la mística, se creyó en aquel momento.

Casi dos siglos después,  ya sin el menor deseo, los viejos Místicos y Metafísicos proporcionaron a los (Supra)ingenieros el pensamiento práctico de que “el mundo” tuviese estructura esférica. Este fue el germen de la forma que tiene la Omniteca. En cuanto al contenido, la idea originaria partió de un hombre de blanca cabellera, alto, enjuto, soltero, con perilla, sonriente y de ojos avispados, seis carreras universitarias, aficionado a los caballos y a leer cómics de superhéroes en sus ratos libres, doctor honoris causa en Física, Biología, Matemáticas, Informática, Historia y Filosofía, conocedor erudito de al menos doce idiomas y premio Nobel en tres ocasiones. Muchos de sus colegas le consideraban, en relación a la época, más sabio que Aristóteles y más inteligente que Einstein. Esto escribió el Dr. Sir John Rice (Juan Arroz) en su Twitter : “En el principio fue el verbo, pero sólo en el principio. Las palabras no son más que muletas de la realidad. Ningún lenguaje de símbolos puede explicar los misterios de la Humanidad, ni el origen del tiempo. Quién reduce el Universo a palabras, asume la ceguera de los dioses. El arte de escribir con total precisión y máxima belleza, no logra evitarla.”

(Por entonces, debido a la agobiante proliferación de redes sociales, Twitter llevababa seis meses admitiendo más de 140 caracteres).

¡Imágenes, hacían falta imágenes…! Imágenes del mundo real, concretas, no sólo las imágenes mentales que pueda tener un metafísico, un místico o un ciego. Imágenes y sonidos. Sonidos y olores. Y sabores, y tacto. Todos los sentidos debían tener canales de información abiertos. No bastaban los archivos de texto. De todos los sentidos debían llegar flujos de datos que pudiesen transformarse en nuestro cerebro en significados plausibles. Sólo así tendríamos información total. Sólo así podría construirse una auténtica Omniteca.

El amanecer del siglo XXII se vio gratificado con un extraordinario desarrollo de la ciencia, la tecnología y las artes. No fue una revolución científica, ni tampoco un cambio de paradigma, sino algo más profundo: un auténtico salto, cuantitativo y cualitativo, a una nueva dimensión cognitiva de la mente humana. En poco más de veinte años la Humanidad consiguió triplicar el conocimiento que había acumulado muy lentamente a lo largo de la Historia. Nuevos nombres propios se sumaron en todas las disciplinas de conocimiento a la lista formada por don Juan Sebastián Bach, Newton, Einstein, Mozart, Shakespeare, Leonardo, Planck, Copérnico, Sófocles, Beethoven, Homero, Arquímedes, Hipócrates, Hua Tuo, Miguel Ángel, Dante, Euler, Mendeléyev, Kurosawa, Giotto, Milton, Darwin, Gell-Mann, Mendel, Piero della Francesca, Velázquez, Tarkovski, Orson Welles, Tolstói, Dostoyevski, Leibniz, Gödel, Picasso, Galileo, Luria, El Bosco, Lao-Tsé, Wittgenstein, Liu Hui, Fidias, Koolhaas, Crick y Watson, Ibn Hazm, Al-Jwarizmi, Maimónides, Josquin Desprez, Dowland, Kant, Maxwell, Goethe, Byron, Praxíteles, Donatello, Purcell, Matisse, Dreyer, Ozu, Miles Davis, Whitman, Blake, Le Corbusier, Pessoa, Avicena, Omar Jayam, Fellini, Bergman, Caravaggio, Joyce, Beckett, Schrödinger, Haydn, Berners-Lee, Cerf, Coltrane, Cervantes, Montaigne, Turing, Feynman, Borges, Duke Ellington y tantos otros, tomándoles la delantera. Tal cúmulo de cerebros no se había observado en ninguna época histórica: ni durante la Ilustración, ni en el Renacimiento, ni siquiera en la Grecia de Aristóteles y Heráclito, Demócrito y Epicuro.

Circularon por Multinternet varias hipótesis para explicar tan portentoso fenómeno. Entre otras, la de un persistente y solapado escape radioactivo que se produjo en una macrocentral nuclear china en el año 2058, y que pudo afectar de algún modo a la mayor parte de las mujeres embarazadas del planeta. Esta verosímil hipótesis nunca fue admitida por el poderoso grupo de ciudadanos hiperecologistas. Para ellos, triplicar el conocimiento de la Humanidad en 20 años no podía deberse al plutonio.

Lo cierto es que el avance tecnológico de la especie humana, junto a su estancamiento moral, permitió la construcción de la Omniteca. La primera decisión que hubo de tomarse fue qué parte (o cantidad) de la vieja Biblioteca era aconsejable conservar para ser integrada en el nuevo sistema. El criterio que al fin triunfó, tras muy largos debates con el grupo de (Supra)ingenieros llamado genéricamente “sector trascendentalista”, fue el de salvar todos aquellos libros que tuviesen al menos una palabra, una sola palabra, con significado.

(Debemos recordar que en La Biblioteca no había ningún libro idéntico a otro, y que la mayoría se diferenciaba de los demás por un punto, una coma, o una o varias letras, en alguna de sus páginas. Encontrar un libro distinto por completo era un raro privilegio del que muy pocos, de entre los miles y millones de bibliotecarios, lograba disfrutar en el transcurso de sus monótonas vidas).

Aunque el infinito no sea parcelable, el criterio operativo adoptado suponía en la práctica conservar no más que una mota de polvo de todo El Universo (según su propio cálculo estimativo). Para cercenar la realidad de tan drástico modo era necesario eliminar todos los libros que sólo contuviesen series repetidas de letras, sin significado aparente, en las cuatrocientas diez páginas. Por ejemplo: aaa, FFFFE, cccggg, LLMMM, ASFGGHJ, ñlkjhgfd, kkkkkkko, etc. Los Trascendentalistas dijeron entonces que desde el momento en que las series de letras fueron escritas por alguna mano, su valor era el mismo tanto si respetaban, como si no, la utilitaria convención humana del significado. Cada letra, para ellos, era átomo de un desorden que, eternamente repetido, revelaba El Orden. Lo sagrado que había en aquellas letras se debía al hecho de existir, y esa inmanente sacralidad del misterio de la existencia iba a ser arrasada sin el menor escrúpulo, conduciendo a una abrumadora simplificación del Universo. Añadieron, entre lágrimas y cólera, que asistiríamos a la peor quema de libros de la Historia, que dejaba ínfimas la de los más negros episodios que alcanza el horizonte de los siglos (con excepción de la purga de libros de caballería que le hicieron a don Quijote, que esa sí estuvo bien hecha y mejor justificada). Pero se quedaron en minoría en un macrocomité en el que desde hace tiempo abundan los (Supra)ingenieros de perfil gestor, nietos y tataranietos de la antigua secta de los Purificadores. Los Gestores coincidieron unánimemente en que las interminables series de letras de significado no comunicable, o sin significado conocido, que encerraba la antigua Biblioteca no eran más que basura semántica y obsesiva tautología. De su atenta lectura sólo podían derivarse dos caminos: el de la locura o el del caos. Eliminar todos esos libros era una obligación cívica.

Debido a que las mutilaciones de origen humano resultarían en su conjunto infinitesimales, se colocó en uno de los hexágonos de La Biblioteca (cualquiera de ellos era su centro cabal, gracias al diseño idealista) un pequeño ordenador cuántico de última generación dotado con un potentísimo wifi-escáner. Su sistema operaba con los más recientes principios de Supramecánica descubiertos, y era capaz de penetrar hasta el más íntimo recodo de la materia y modificarla. La materia es la plastilina del tiempo. Y el pequeño ingenio conocía los secretos de su transformación. Podía comunicarse hasta el infinito de átomo en átomo usando todo tipo de material próximo. En nuestro caso: ¡el papel de los libros! Así pues, la red necesaria se hallaba establecida, la proximidad igualaba la de los amantes (eternamente juntos), y el material era óptimo como conductor de emociones y mitos.

En el primer día, La Biblioteca fue escaneada y digitalizada en toda su inmensidad. Los libros descartados por Los Gestores fueron eliminados de manera definitiva mediante una suave señal de dilución de moléculas que se encargó de transmitir de página en página el pequeño ordenador. Otros millones y miles de millones (en especial, los que reunían el conocimiento triplicado de la Humanidad de los últimos veinte años) se almacenaron en La Macronube que se había instalado recientemente en la ionosfera, aprovechando la levedad de su campo energético.

En el segundo día, se digitalizaron todos los sonidos: el vaivén de las olas en medio del océano, el viento meciendo un campo de heno, una caricia, el llanto de un niño celoso, los suspiros de felicidad, un choque de trenes, todos los choques, todos los conciertos para piano de Mozart, todos sus divertimentos, las suites francesas e inglesas de Bach, los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven, Ascension de Coltrane, toda la música de la Historia, el metro de Nueva York en hora punta, un cepillo deslizándose pausado por la cabellera de una joven mujer, todas las palabras, en todos los idiomas, en todos los tonos, en todas las voces, los jadeos del sexo (tantos como personas, tantos como ocasiones), los pasos sobre la arena, el engañoso silencio de la noche… Todo, todo cuanto suena, y puede oírse o escucharse.

En el tercer día, se digitalizó el olor del azahar y la hierbabuena, y la totalidad de los olores. Y en el cuarto, el de la sal marina y todos los demás sabores.

En el quinto, le tocó el turno a las sensaciones del tacto: desde el dolor de una uña aplastada en sangre, hasta el dubitativo contacto de un copo de nieve sobre la mejilla.

En el sexto día, se digitalizó el canal considerado por los (Supra)ingenieros Gestores como el más “trascendente” (dicha esta palabra en su boca con la única intención de diferenciarlo por elevación del resto): el canal de las imágenes. Imágenes de todo el mundo, de todas las personas, de todos los lugares, de todas las ciudades, de todos los caminos, de la profundidad de todos los mares, tomadas a todas las horas del día y de la noche, o bajo la lluvia, todos los rostros, todas las manos. Todas las fotografías, y todas las ediciones digitales posibles de esas fotografías. Y también todas las películas de la historia del cine: Amanecer, La palabra (Ordet), Luces de la ciudad, Metrópolis, Tiempos modernos, La jungla de asfalto, La sortie des usines Lumière, La dolce vita, El manantial de la doncella, Madame de…, La condición humana (I, II y III), Duck Soup (Sopa de ganso), Ser o no ser, La gran ilusión, La cueva de los sueños olvidados, Cuentos de la luna pálida de agosto, Cuentos de Tokio, Las noches de Cabiria, Amarcord, Amor, Los sueños (de Akira Kurosawa), La canción del camino, La regla del juego, Campanadas a medianoche, Lo viejo y lo nuevo, Edipo, el hijo de la fortuna, El evangelio según San Mateo, Teorema, El gatopardo, El tercer hombre, L´Atalante, Stalker, Dersu Uzala, Barry Lyndon, Fausto, Los olvidados, Persona, El crepúsculo de los dioses, La caída de los dioses, Stromboli, terra di Dio, Dublineses (Los muertos), Viaje a través de lo imposible, 2001: Una odisea del espacio, El navegante, Intolerancia, Avaricia, Cero en conducta, Sed de mal, Macbeth, Los 400 golpes, La jauría humana, Las uvas de la ira, Al final de la escapada, Vértigo, El ángel exterminador, El caballo de Turín, El espejo… Todas. Y todos los miles y miles de millones de vídeos de PoliYouTube. Y los porno. Y todas las pinturas y cuadros de todos los museos del mundo: El fresco de los defines del palacio de Knossos, La creación del hombre, La expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal, La persistencia de la memoria, La noche estrellada, La primavera, La escuela de Atenas, El jardín de las delicias, La Torre de Babel, El paso de la laguna Estigia, El triunfo de la muerte, La lechera, Niña con Paloma, Dama con armiño, La libertad guiando al pueblo, La masacre de los inocentes, La batalla de Issos (o de Gaugamela), El caminante sobre el mar de nubes, La tempestad, Tormenta en el mar de Galilea, Anciano en traje militar, La bacanal, Baco enfermo, Autorretrato con un amigo, La embriaguez de Noé, El sueño de Constantino, Puerto con Villa Médici, El pago del tributo, El lavatorio, La donación de la capa, La Venus del espejo, los Desnudos recostados de Modigliani, Mujeres de Tahití, Y el esposo, Beneficios del supervisor de sueño, Maternidad, Minotauro ciego guiado por una niña, El sueño de la razón produce monstruos, Saturno devorando a un hijo, El festín de los dioses, El juicio final, El quitasol, Gato y pájaro, Peces rojos, Nenúfares, todos los Bodegones de Cezanne, Almuerzo de remeros, Niños en la playa, Las espigadoras, Dos viejas comiendo sopa, Vieja friendo huevos, El bufón Calabazillas, La gran odalisca… y los 17 bisontes de Altamira.

Todos los cuadros, dibujos, fotografías, vídeos, series, documentales, informativos y películas de la Historia les parecieron insuficientes a los (Supra)ingenieros. La vida privada de las personas, su intimidad, no quedaba reflejada en tan descomunal archivo. Durante diez años, millones de personas de todo el mundo accedieron a llevar dos nanocámaras GoPro SUPERHERO 33 maxigran angular de resolución 44K, multienfoque 3D (en todos los planos de profundidad) y nanomicrófonos con captación ultrasensible de sonido, adheridas a la piel de sus pómulos. Parecían minúsculos lunares epidérmicos, dos puntitos, y grabaron todas las horas del día y de la noche, todos los minutos, todos los segundos, de la vida de cuantas clases y tipos sociales, económicos, culturales y morales de ciudadanos se conocían en aquel momento (incluidos jefes de Estado, líderes espirituales, poetas, funcionarios, labradores y asesinos en serie).

A todas las imágenes se les aplicó la revolucionaria tecnología óptica VP (Virtual Perspective), que permite introducirse literalmente en el campo visual captado (estático o en movimiento) y reconstruir el espacio con exacta precisión desde cualquier punto de vista. Todo, finalmente, fue procesado y almacenado en La Macronube por el pequeño ordenador cuántico.

El séptimo día no hubo descanso, y se procedió a integrar los seis grandes canales del sistema mezclando en todos los grados y combinaciones posibles el gigantesco torrente de información procedente de cada uno de ellos. Hecho. La Omniteca ya tenía su software, ya tenía contenido.

La noticia voló por Las Redes. Más todavía, cuando Los Gestores (muchos de ellos, antiguos bibliotecarios reconvertidos) anunciaron la inauguración para la semana siguiente del hardware de la Omniteca: una gigantesca esfera de grafeno transparente de un kilómetro de diámetro. Su interior era ingrávido, y la temperatura y saturación de oxígeno inmejorables. En el centro se situó el pequeño ordenador (Supra)cuántico, que de inmediato activó su función bio-wifi. Era un disco ligeramente abombado de trece centímetros de diámetro con una carcasa de aleación de diamante-aerogel y nanotubos de grafeno. Solía adoptar de modo variable todas las irisaciones del espectro de color, aunque predominaba un raro azafrán. Ningún otro material en el mundo era tan flexible, resistente, ligero y ultraconductor. Sus dos caras tenían un gran ojo negro con el que obtenía una percepción global, en 360º, sin límite de profundidad. Innumerables flujos de iones podían transformarse a su alrededor en todo tipo de objetos aéreos: un violín stradivarius interpretando una partita de Bach, o pantallas de entre una a un millón de pulgadas. El pequeño disco conocía todos los lenguajes, todos los idiomas, todos los significados. Su memoria era casi infinita. Conocía la totalidad de los datos de la historia de la Humanidad, todas las fórmulas matemáticas, todas las miradas. Sabía del alma genuina de la materia, y podía modificarla. Ninguna otra estructura artificial o natural era comparable. Su procesador operaba con los últimos principios y leyes de Mecánica (Supra)cuántica e Inteligencia Artificial de nivel 3 (muy superior a un cerebro humano con un CI teórico de 360). Algunos le llamaban “la nueva forma de vida” o “el nuevo eslabón evolutivo”. Otros, “la materia perfecta”.

Llegó el histórico día. Las primeras mil personas de ambos sexos que habían sido elegidas al azar en todo el mundo despidieron a sus familias. Desnudos, les rasuraron el cabello y todo el vello corporal, aplicándoles una suave crema que impediría el nuevo crecimiento. Luego les pusieron una finísima segunda piel de poliuretano isotérmico con una sonda que conectaba la uretra, la vagina y el recto con el esófago, a través una de las comisuras de la boca. A mitad de trayecto, un minúsculo reciclador transformaría la orina, las heces y los líquidos sexuales en saludables sustancias alimenticias de todo tipo de sabores (clonación perfecta de los productos ecológicos de mayor calidad). Dentro ya de la Omniteca, quedaron suspendidos en estado de flotación. Al cerrar los ojos, el bio-wifi conectó en un instante las ondas cerebrales de todos los ciudadanos con el pequeño ordenador y con La Macronube situada en la ionosfera. Impacto. Total impacto. En pocos segundos volvieron a nacer. Murieron poco después.

Se produjo un inesperado y masivo fallo cardíaco de las mil personas. El planeta entero, que contemplaba el acto en directo a través de todos los canales de telecomunicación, se quedó sin habla. Desde entonces, el suceso ha sido considerado como el error tecnológico más grave y previsible de la historia de la ciencia. El sistema no había programado la cantidad ni, sobre todo, la cualidad de la información que cada mente humana es capaz de asimilar. La autorregulación de los ciudadanos falló por completo. No todo el mundo soporta contemplar, oír y oler la sangre derramada por un pederasta asesino en su loca orgía de poder, o la música dodecafónica y el serialismo integral. Hoy, la Omniteca regula en perfecta sincronía con los cerebros individuales la “dosis” adecuada para que cada Habitante (así se llama a quienes permanecen conectados por un periodo de tiempo superior a tres meses) obtenga el entretenimiento, el placer y el conocimiento que prefiera. El deseo de cada ciudadano dirige de forma directa la psico-navegación por La Macronube, mientras el pequeño ordenador azafrán regula el flujo y los contenidos idóneos para lograr un resultado de excelencia continuo. Un resultado al que una mayoría de ciudadanos-usuario, sin caer en pretenciosos idealismos, no duda en calificar como “la felicidad”.

¡La felicidad…! El objeto de deseo más perseguido por la vulnerable especie humana. Y el más huidizo.

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Túneles
Alfredo Barbero 06-08-2014 | 5:40 | 1

¿Qué clase  de lógica política y militar puede justificar que decenas de niños inocentes tengan que morir para que se destruyan unos túneles del enemigo?

La lógica fanática de la supervivencia mediante el terror recíproco: antes tus niños que los nuestros.

“Israel debe ser expulsado de la madre tierra palestina”. Ahí van los cohetes.

“Si intentan expulsarnos, arrasaremos al pueblo palestino”. Ahí van los misiles dirigidos por ciegos satélites que no entienden de edad escolar.

Milicias de Hamás, Estado de Israel -Estado de Israel, milicias de Hamás-, tantos años en guerra han convertido sus mentes en auténticos túneles. A su través, dan vueltas y vueltas en una interminable espiral de odio.

Necesitan ustedes una cura de reposo.

Digamos… 100 años de reposo.

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia