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Fecha: julio, 2016
In memoriam
Alfredo Barbero 27-07-2016 | 9:19 | 0

La cultura clásica grecolatina y el cristianismo son los dos pilares, el fundamento, sobre el que empezó a construirse la civilización occidental. Al menos 2500 años de Historia a lo largo de los cuales Homero escribió la Odisea, Aristóteles su Lógica y su Poética, Leonardo pintó La dama del armiño e ingenió máquinas voladoras que siglos después han empezado a explorar los planetas, Miguel Angel aproximó la mano del hombre y la de Dios en la Capilla Sixtina, Galileo escudriñó las estrellas del firmamento mediante un extraño tubo con lentes, Mozart compuso Le nozze di FigaroLa flauta mágica, Shakespeare escribió El rey Lear y don Miguel Don Quijote, Watson y Crick descubrieron el código de ADN que hay en los cromosomas de nuestra especie, Turing un código binario que se podía computarizar hasta conseguir una gigantesca Omniteca digital accesible en todo el mundo, Einstein inventó una elegante y sencilla fórmula sobre la materia y la energía, relativizando la comprensión del espacio-tiempo, y la democracia y la igualdad entre hombres y mujeres se han desarrollado como nunca antes en toda la historia de la Humanidad.

Hace dos días fue degollado sobre la tierra de Europa por el islamismo fanático y salvajemente violento el primer ciudadano occidental, un sacerdote francés, el padre Jacques Hamel, que oficiaba ante menos de media docena de personas una más que humilde misa católica, su pacífica creencia, su trabajo diario con 86 años.

En este siglo XXI Occidente vive una múltiple, mestiza y muy compleja realidad social y cultural. La inmigración y las oleadas de refugiados desde África y Oriente Medio hacia Europa han sido utilizadas por el terrorismo yihadista para expandirse y penetrar en nuestro territorio. Sin embargo, no creo que la xenofobia que representa un número creciente de los partidos políticos que están surgiendo sea la respuesta adecuada. En los extremos no están las soluciones, ni en la extrema izquierda ni en la extrema derecha. No me parece que deba establecerse ningún tipo de paralelismo -ni siquiera como licencia retórica o “literaria”- entre las Cruzadas cristianas contra los musulmanes en la Edad Media, y la actualidad. Fomentar una épica idealizada sobre nuestro pasado y el consecuente “ardor guerrero” antimusulmán es erróneo. No estamos ante hechos que tomar como base narrativa para hacer una novela o una película de aventuras y conflictos bélicos, aunque seguramente haya más de un avispado escritor de éxito que quiera aprovechar la situación en este sentido. Hacer referencia a las Cruzadas estableciendo un paralelismo directo o indirecto, algo que he escuchado a varios analistas, me parece una desproporción falaz.

Estamos en guerra, es cierto, y no sólo en la “guerra de intereses económicos” de la que ayer por la tarde habló el Papa Francisco saliéndose un tanto por la tangente (una guerra ésta última tan vieja como el hombre, y quizá tan eterna como la divinidad). Me refiero a la guerra de la que habló sin evasivas el presidente de la República francesa, François Hollande. El Estado Islámico ha declarado abiertamente la guerra a Occidente, y cada vez nos ataca más con acciones violentas crueles. Tenemos derecho a defendernos, aunque no seamos en conjunto inocentes. La guerra es una constante histórica de dinámicas entrelazadas que en cierto modo nos convierten a todos en “culpables”. Occidente ha hecho y sigue haciendo mal muchas cosas, en particular en el Tercer Mundo. Hemos colonizado, explotado, robado y matado. En la actualidad nuestros ejércitos participan en diversas acciones militares que originan en ocasiones eso que con un horrible eufemismo para no herir nuestros oídos llamamos “daños colaterales”. Es decir, la muerte cruenta de niños y civiles. Estos comportamientos que debiéramos reconocer y evitar no justifican, sin embargo, que un camión arrolle fríamente la vida de 84 personas, ni que se tirotee una discoteca, ni que se degüelle a un anciano sacerdote. Tanto si la lógica de los terroristas es: “vosotros matáis a los nuestros, nosotros a los vuestros”, como: “sois infieles, tenéis que morir”, los terroristas terminarán encontrándose con las últimas consecuencias de su lógica. Y muchas más personas concretas e inocentes habrán de morir de forma violenta.

La filosofía y la praxis de la guerra han evolucionado mucho desde los tiempos más oscuros de la Edad Media en los que se ha instalado la mentalidad de estos terroristas teocráticos. Ahora predominan la tecnología, los servicios de inteligencia, los aliados sobre el terreno y las acciones muy selectivas. Y también es de gran importancia la “guerra psicológica” en los medios de comunicación. Sería equivocado utilizar su mismo lenguaje. No estamos ante una guerra de religiones, una nueva guerra entre “cristianos” y “moros”. En este punto creo que Francisco tiene razón. No podemos ponernos a la misma altura mental que los terroristas del Daesh respondiendo a su Yihad con una Cruzada. Debemos hacerlo mejor. ¡Ya les gustaría a esos fanáticos que nos convirtamos mentalmente en el enemigo especular de su Yihad! ¡Menuda victoria! La mentalidad occidental está muy por encima, a pesar de nuestras divisiones internas y del ingenuo pacifismo de buena parte de los europeos. No se trata de no defenderse renunciando a hacer la guerra que nos han declarado y ejecutan un día sí y otro también, esto sería suicida, sino de hacer la guerra mejor que ellos. El mundo musulmán fanático y violento no es ni mucho menos todo el mundo musulmán. Tenemos que aliarnos con la parte mayor de ese mundo que es primera destinataria y víctima principal del terrorismo yihadista. No hay que olvidar que han asesinado a muchos más musulmanes que occidentales, aunque éste sea un dato cuantitativo sin otra relevancia. Occidente está por encima del Estado Islámico en todos los sentidos. Debemos demostrar que no sólo les superamos en libertad, valores, derechos humanos, democracia, inteligencia, conocimientos y cultura, sino también en los más eficaces y eficientes usos del arte y ciencia de la guerra, y en todo tipo de gestiones diplomáticas, programas socioeconómicos y acciones cooperativas entre naciones.

Descanse en paz el sacerdote Jacques Hamel, y que la tierra le sea leve.

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La guerra
Alfredo Barbero 15-07-2016 | 7:30 | 2

[El Presidente de la República francesa, François Hollande, ha apostado con decisión en estas primeras 24 horas tras el salvaje asesinato de 84 personas anoche en Niza, y sin que los expertos de los servicios de inteligencia y policiales hayan tenido tiempo suficiente para reunir pruebas y confirmarla, por una concreta hipótesis de autoría: la del terrorismo yihadista.

Tanto si esta hipótesis termina confirmándose como si otras hipótesis cobran más fuerza (por ejemplo, la autoría de un desequilibrado no religioso con problemas personales, económicos, divorcio, etc. que decide suicidarse matando a muchas otras personas, al modo de lo que hizo el copiloto Andreas Lubitz cuando estrelló su avión en los Alpes quitando la vida a 150 pasajeros) la reflexión que voy a hacer a continuación entiendo que puede considerarse igual de válida… o de errónea]

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No es sólo terrorismo, es la guerra. El terrorismo no es más que la forma.

El terrorismo yihadista (con sus dos variantes principales, la “oficial” que ejecuta actos violentos muy elaborados por orden de las jerarquías de varias organizaciones muy conocidas, Estado Islámico, Al Qaeda, etc., y la variante autónoma de lobos solitarios y células que se autorradicalizan llevados del rencor y el odio) es la forma que ha adoptado la guerra que a comienzos de este siglo declaró a Occidente un “Estado” sin fronteras integrado por violentos fanáticos de religión musulmana. Un colectivo extremista internacional que procede de varios países, y que ha logrado introducir focos internos de desarrollo en muchas ciudades de Europa.

El Pearl Harbor de esta nueva guerra en la que vive Occidente —que aún es pronto para saber si a la larga los historiadores, después de la Fría que sucedió a la Segunda, terminarán llamando Tercera Guerra Mundial— fue el gravísimo atentado con dos aviones llenos de pasajeros con los que estos “soldados terroristas” derribaron las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del año 2001.

Aquel día los estadounidenses aprendieron en una única y brutal lección que la guerra había comenzado. En Europa, aun siendo salvajes y deshumanizados —¡estos robóticos asesinos, estos bárbaros, siempre nos escalofrían con sus matanzas!— los atentados han tenido hasta ahora otra magnitud. Este factor, junto a lo que pudiéramos llamar “la civilizada ideología europea”, está haciendo más lento el proceso de digestión de una realidad que lleva camino de imponerse en nuestra conciencia colectiva a base de ocurrir una y otra vez: Madrid, Londres, París, Bruselas, quizá Niza…

Nosotros contamos con los valores, actitudes y deseos mejor intencionados, con la visión más pacífica, con el enfoque más complejo, que derivan del bagaje cultural europeo y de forma muy especial de la Ilustración Francesa: libertad, igualdad, fraternidad, pero no conviene olvidar que a la guerra le basta para ponerse en marcha con que una parte lo quiera. Y toda guerra exige la muerte atroz de seres humanos.

Es probable que nuestras autoridades comunitarias de máximo nivel, políticas, de seguridad interior y militares, tengan claro el carácter de guerra que hay detrás y en el fondo de los actos de terrorismo que Europa y el mundo occidental venimos padeciendo desde que comenzó el siglo XXI. Los mensajes públicos de muchos de ellos, sin embargo, no reproducen con claridad esta idea, quizá porque no quieren alarmar demasiado a la población ni generar una “psicosis” que perturbe la plácida y placentera vida cotidiana que llevamos, en general, los ricos ciudadanos europeos.

Es probable que las máximas autoridades, aunque no reconozcan abiertamente ante la opinión pública que estamos en guerra, trabajen como si realmente lo estuviésemos, poniendo todos los medios internos y externos, activando todas las estrategias elaboradas por la Inteligencia Contraterrorista, para defender con la mayor eficacia posible a hombres, mujeres y niños inocentes que son masacrados de manera fría e indiscriminada.

Es probable que, además del combate técnico y específico bien hecho al que obliga la guerra, las autoridades occidentales y los más prestigiosos think tank estén pensando en algún tipo de reorganización política, social y económica, difícil pero factible, que pueda mejorar la relación entre Occidente y el mundo musulmán, que no es sino una parte importante de nuestro mundo.

En fin, es probable.

 

 

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Toros
Alfredo Barbero 08-07-2016 | 11:53 | 0

¿Cuántas generaciones de tecnológicos y civilizados ciudadanos españoles en este país al que también se llama “La Piel de Toro” tendrán que pasar todavía para que, no ya las Administraciones Públicas prohíban los festejos populares con estos animales: el Toro de la Vega secularmente alanceado en Tordesillas, y al que, salvo decisión en contra del docto Tribunal Constitucional, ya no se podrá herir de muerte junto al Duero —la más salvaje de todas las celebraciones que hasta ahora se venían realizando—, los Sanfermines que corren estos días veloces por las calles de Pamplona más seguros que nunca gracias a un eficaz producto que el Ayuntamiento ha esparcido sobre los adoquines para no resbalar, los “pequeños Sanfermines” que se corren por las calles de cientos, de miles de pueblos en nuestra celtibérica y veraniega península, los chispeantes toros de fuego, el profundo rejoneo, el arte, artesanía y espectáculo de la lidia con brillantes trajes de luces en grandes plazas de albero, en definitiva, todos y cada uno de los distintos “juegos con toros” que el ingenio español ha producido para su festivo solaz y entretenimiento, sino que los propios ciudadanos, dándose cuenta y reflexionando sobre el carácter y características de estas antiguas tradiciones colectivas, decidan voluntariamente, sin presión política alguna, ni ideológica, ni ecologista, ni animalista, dejar este tipo de diversiones por considerarlas no poco toscas y brutas, aun cuando la violencia, la muerte y la lucha con animales sigan activando alguna parte de nuestro filogenéticamente muy veterano cerebro…?

¿Dos o tres generaciones? ¿Un siglo? ¿Quizá más…?

 

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia