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Fecha: septiembre, 2016
El WhatsApp
Alfredo Barbero 21-09-2016 | 11:21 | 0

[Entrevista semi-imaginaria]

Quedan ya muy pocos días, ocurrirá el próximo 25, para saber qué hará finalmente Mark Zuckerberg con los clientes que no acepten las nuevas condiciones de privacidad y de intercambio de información entre su mundialmente famosa aplicación de mensajería, WhatsApp, y su no menos famosa mundialmente red social, Facebook. La duda es inevitable: ¿inundará más de publicidad a quienes acepten sus condiciones o a los que no las acepten…?

Este precoz empresario norteamericano, considerado como Persona del Año por la revista Time en 2010 y como el multimillonario más joven del mundo por la revista Forbes, no terminó su carrera universitaria en Harvard al ser acusado de “hackear” después de un enfado adolescente la web de la ilustre institución académica publicando de manera no autorizada imágenes de sus compañeras. Lo cual no le ha impedido en absoluto convertirse en uno de los seres humanos más poderosas e influyentes del planeta. Todo lo contrario.

El WhatsApp hizo furor desde el principio en la mediterránea, muy locuaz y comunicativa España. Ante este hecho, me he puesto en contacto con el gran experto mundial, Mercury Messenger, Jefe del Departamento de Psicología de la Vida Cotidiana en la Universidad Fast Rabbit (California), que está realizando un nuevo estudio de próxima e instantánea difusión internacional a través de Internet.

—En principio lo vamos a llamar: “Características cualitativas, y otras características, de la comunicación interpersonal en grupo a través de Whatsapp”, pero no sabemos cómo terminará el asunto.

De lo que se trata, según el profesor Messenger, es de arrojar un poco de luz humanista sobre las nuevas tecnologías de la comunicación, si es que esto es posible.

—Queremos conocer qué opinan los adultos de todas las razas, edades, niveles económicos, religiones, ideologías y prejuicios. Nuestra investigación es seria. Queremos saber cómo estas tecnologías influyen en sus vidas, cómo las modifican. Hasta qué punto generan cualificaciones fiables, trabajos, amistades y enemistades, parejas y divorcios. No queremos centrarnos sólo en el mundo de los adolescentes, aunque a veces el comportamiento de unos y de otros sea indistinguible.

—¿Qué quiere decir con eso?

—La comunicación por Whatsapp sin duda tiene grandes ventajas, la instantaneidad y la simultaneidad comunicativa con muchas personas en cualquier lugar del mundo, la interconexión de entornos laborales, la proximidad a la familia, a los amigos, es algo asombroso, no tiene precedentes, pero también está empezando a poner de manifiesto algunos problemas.

—¿Cuáles…?

—A usted mismo le habrá pasado, a veces los mensajes llegan cuando estamos en el servicio haciendo alguna necesidad fisiológica, o cocinando, o haciendo sexo, o cuando tenemos un horrible dolor de cabeza. Son algunos ejemplos, ya me entiende. Esto impide contestar en ese momento, y luego, cuando intentas responder, han surgido en el chat nuevos mensajes y temas que vuelven viejos en un pispás los anteriores, y hacen casi imposible retroceder en el diálogo. Por otra parte, si pretendemos responder “todo a todos” se producirán efectos claramente adversos.

—Ponga algún ejemplo de esos posibles efectos.

—Un exponencial crecimiento de la tasa comunicativa hasta alcanzar un nivel inabordable e interminable. Quiero decir, hablar y hablar sin parar. En la vida real hasta ahora nunca nadie había ido a todos los sitios con varios grupos de personas a cuestas, si se me permite expresarlo así (familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc.). Éste es el que hemos llamado “efecto mochila”. También se puede producir un uso adictivo que nos lleve a gastar más y más horas conectados, restando tiempo a las otras actividades de la que hasta ahora considerábamos “una vida normal”. O un trastorno del control de los impulsos del tipo de la tricotilomanía, que consiste en tirarse de los pelos.

—¡No nos asuste!

—Estamos hablando de cosas muy serias entre bromas y veras. Me refiero al “phubbing” (incomunicación y menosprecio en un grupo de personas que en vez de hablar entre ellas cada una utiliza por su lado el móvil), “nomofobia” (miedo a no tener el móvil disponible o a quedarse sin batería), “ciberbullying” (acoso escolar mediante mensajes agresivos, intimidatorios o difamatorios), “FOMO” (ansiedad al pensar que podríamos habernos perdido algún mensaje importante o algún suceso muy seguido en las redes), “vibración fantasma” o síndrome de la “llamada imaginaria” (por el que cualquier pequeño ruido o roce se interpreta como un sonido o vibración procedente del teléfono), “sexting” (envío de mensajes, fotos o videos de contenido sexual que después pueden ser utilizados como chantaje), “whatsappitis” (tendinitis o artritis de la muñeca y de las falanges), “iposture” (encorvamiento prolongado de la columna vertebral al volcar la cabeza sobre la pantallita), etc.

El profesor Messenger se queda un rato pensativo.

—Cuando se lleva usando durante un cierto tiempo hay gente que empieza a sentir que necesita defenderse del Whatsapp, que el Whatsapp puede convertirse en un enemigo muy absorbente y poderoso, como una madre posesiva…

—¿Y qué ocurre entonces?

—Hay quien lo deja y se sale de los chats porque literalmente se pone de los nervios, no resiste ese continuo vaivén de información, esa fronda de mensajes, el bullicio, ese voraz consumo de tiempo. Y menos aún las vibraciones y los soniquetes. ¡Todavía existen en este planeta personas de pocas palabras a las que les gusta el silencio! Otros, pasado el efecto novedad al cabo de un tiempo, terminan aburriéndose. Para los que continúan, es habitual que muchos mensajes y miembros del chat a los que te gustaría haber contestado al final se queden sin respuesta. Quedan, como si dijéramos, “en el aire”. Da un poco de pena. Unas veces se quedan en el aire un@s, y otras, otr@s. Va por turnos, pero le toca a todo el mundo. Es una especie de “comunicación interruptus”.

—¿Y esto es malo?

—Bueno, no necesariamente. Tengo una sensación parecida cuando viajo por el sur de Europa: Grecia, Nápoles, Cádiz. La gente habla mucho y en grupo, las palabras se cruzan entre unas personas y otras, vuelan de aquí para allá, cada cual saca su tema, o varios temas, ¿cómo dicen ustedes…? “cada loco con su tema”, aparentemente estamos en medio de un caos comunicativo, pero, oh sorpresa, resulta que… ¡SE ENTIENDEN!

—¡Increíble!

—Lo puede creer. Vaya sino una mañana al barrio de la Viña a comprobarlo. Y de paso tómese unas acedías, que están estupendas. Es sin duda una maravilla del lenguaje y de la mente humana. Quizá estemos ante la mayor traslación histórico-lingüística de la cultura mediterránea a la anglosajona. Y todo gracias a estos vivaces intercambios electrónicos casi infinitos.

—Los adultos, que tienen experiencia, supongo que asumirán mejor que los adolescentes la “comunicación interruptus”.

—Pues no. La ventaja de los adolescentes es que han mamado este tipo de comunicación, nacen con el smartphone bajo el brazo, matan zombis en los videojuegos a velocidad de vértigo. Para ellos es algo natural. Ni las interrupciones, ni esa jerga de abreviaturas, ni la mezcla de palabras en español e inglés, ni los emoticonos (que son como ideogramas egipcios elementales), parece que les molesten lo más mínimo. El caso es estar conectado. Aunque todavía no sabemos lo que les ocurrirá a medio y largo plazo. No es lo mismo conectarse a un libro que a un smartphone, por muy “smart” que la empresa que lo vende diga que es. Mediante sus usos habituales, un teléfono inteligente puede estar usted seguro que no convertirá en cultas ni inteligentes a las personas que lo utilizan. Los libros, en cambio, ayudan más en este sentido.

—Muchas gracias por su claridad científica, profesor Messenger.

—No hay de qué, son cosas prácticamente de sentido común, y en EEUU tenemos buena financiación para investigar todo el tiempo que queramos.

—Me despido desde España, que en este ratito de conversación ya se me han acumulado 47 WhatsApps.

—¡Qué me va usted a contar a mí!

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia