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Fecha: abril, 2017
En un lugar de la Mancha…
Alfredo Barbero 26-04-2017 | 8:53 | 0

El profesor Parra Luna ha tenido alguna dificultad técnica para enviar su respuesta a mi anterior artículo (quizá no se haya registrado en la página web de EL NORTE DE CASTILLA), y me pide que la incluya en el blog. Le agradezco mucho la amabilidad de responderme, aunque como explicaré a continuación los argumentos que da sobre su supuesto descubrimiento científico del “lugar” de La Mancha me parecen insuficientes. Dice el profesor Parra:

Sr. Barbero:
Cuando intento hacer un comentario en su blog del Norte de Castilla, de pronto desaparece, lo que me ha ocurrido dos veces. Le agradeceré por tanto incluya en dicho Blog la respuesta siguiente:

Primero, constato que estamos bastante de acuerdo en el tema VALORES del Quijote, lo que a la postre es mucho más relevante que las cuestiones metodológicas y otras en las que disentimos. Sobre los “valores” si que me gustaría conocer su opinión posiblemente más autorizada que la mía. ¿Podría darle un vistazo a los cap. 6 y 7 de nuestro último libro “El lugar de la Mancha: un irónico Cervantes a la luz de la crítica científica?.Si no tiene el libro se lo puedo enviar porque este tema merece la pena.

Y sobre el resto, permítame  resumir los cuatro temas que toca:
1., James Iffland: Puede ver nuestra respuesta en el próximo número de la revista CERVANTES que es el órgano oficial de la Cervantes Society of America y en cuyo consejo de redacción está el propio Iffland. Le informaré cuando aparezca.
2. Canavaggio: Resulta más decisiva la siguiente frase( pag. 106, de nuestro último libro):
“En efecto,en vista de los argumentos aducidos por los defensores de Villanueva de los Infantes, no creo que ningún otro pueblo del Campo de Montiel esté en condiciones de defender una candidatura que se pueda comparar a esta”. Y como ha de ser un pueblo del Campo de Montiel, la opinión de Canavaggio no puede ser más positiva.
3.RAE. Nadie espera que la RAE se pronuncie sobre la validez de todos los descubrimientos científicos que en mundo aparecen cada día. Su silencio es lógico. Otra cosa es que apareciera un comentario negativo.
4. El silencio de los colegas. No es cierto. Una gran parte de los más reputados cervantistas del mundo está de acuerdo con nuestra teoría. Puede verificarlo en nuestro último libro citado. Concretamente en el Curso del Escorial estuvo Guillermo Serés, el más próximo colaborador del prof. Rico, quien con anterioridad ya había mostrado su respeto por la investigación realizada sin formular crítica alguna.

Pero en el fondo, Sr. Barbero, estos desacuerdos son pequeñeces al lado de la enjundia política y moral que actualmente tienen los valores expresados en el Quijote. En este tema, repito, si que me gustaría y mucho, conocer su opinión.
Un cordial saludo
Francisco Parra Luna

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Siguiendo las pautas de brevedad de los medios de comunicación, intentaré sintetizar de nuevo mis argumentos (una “metodología” que también está al alcance de muchos académicos que escriben en Prensa para el público general, y en este caso pensando en los lectores del Quijote):

1) Además del comentario sobre los muchos y diversos valores del texto cervantino, con el que me dice que está bastante de acuerdo, en lo que se refiere al tema del “lugar” de La Mancha no menciono cuatro sino cinco puntos. El primero de ellos, del que parece haberse “olvidado”, son los cinco errores lógicos que hay en el planteamiento de su estudio y metodología. Errores que permiten, a mi entender, refutar su supuesta “tesis científica”. Sería de interés que responda sobre cada uno de estos 5 errores con razones que los lectores puedan comprender. Por ejemplo, por qué calcula una “velocidad media” de marcha a Rocinante y al rucio siendo dos personajes de ficción (a los que usted trata como si fuesen cabalgaduras de carne y hueso). Y por qué hace lo mismo con el espacio literario de La Mancha de Cervantes, sobre el que se pone a hacer cálculos como si fuese un espacio geográfico real utilizando los “datos” de tardanzas y distancias que hay en el texto, “datos” que sorprendentemente entiende de manera literal, etc.

2) Sus planteamientos lógicos, sistémicos y cálculos matemáticos se podrían aplicar de manera acertada al contenido de una crónica histórica, con cabalgaduras reales, un espacio físico real y datos reales, pero es erróneo aplicarlos al contenido de una obra de ficción como El Quijote. Que la novela de don Miguel sea una novela de carácter realista con muchos datos auténticos (Puerto Lápice y El Toboso existen, los molinos de viento existen, Barcelona existe, Jerónimo de Pasamonte existió, etc.) para buscar precisamente que sea lo más intenso posible ese efecto literario, el realismo, es una cosa, y otra muy distinta que sea real al completo el espacio de La Mancha que describe la narración. En su conjunto, éste es un espacio que hay que entender como espacio imaginario creado por el autor, en el que las cabalgaduras no cabalgan a ninguna “velocidad media”, ni de las distancias y tardanzas dadas puede afirmarse con certeza que sean igual de precisas que los datos empíricos que obtendría un geógrafo o un cartógrafo sobre el terreno real. No hay pruebas (su interpretación sistémica de dos frases del Quijote deduciendo la existencia de un “acertijo” localizador en el texto, no es una prueba de certeza) de que Cervantes describiese su paisaje literario escuadra y cartabón en mano con intención de dejar en la novela “datos” precisos sobre tardanzas y distancias. Lo que sí sabemos es que la escribió mediante una genial y muy libre pluma.

3) Que el profesor Canavaggio diga en la cita que usted menciona que no cree que ningún otro pueblo del Campo de Montiel esté en condiciones de defender una candidatura que se pueda comparar a la de Villanueva de los Infantes no significa, ni mucho menos, que piense que Villanueva es “El Lugar”. Si vuelve a leer con detenimiento la cita que yo transcribí se dará cuenta de que el profesor Canavaggio, uno de los más reputados cervantistas del mundo, nos dice de una muy elegante manera que Villanueva no es más que “un lugar” entre otros: “(…) Villanueva de los Infantes bien pudo ser un referente implícito entre muchos para Cervantes, lo mismo que otros pueblos manchegos (…)”. Esto sí es decisivo.

4) Sobre el prolongado silencio de la RAE, resulta completamente inverosímil que si la Real Academia Española creyese que usted ha descubierto científicamente cuál es “el lugar” de La Mancha de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse, permaneciese en silencio ante la opinión pública española y mundial. Este silencio no sería lógico. En cambio, el silencio actual y de tanto tiempo de la RAE sí resulta lógico entendido en un sentido de no aprobación, algo a lo que coloquialmente llamamos “dar la callada por respuesta”. De todas formas, seguiremos en espera de que la RAE encargue los informes técnicos correspondientes, cuando recupere un poco la economía, a fin de evaluar su “tesis científica” sobre El Quijote.

5) Guillermo Serés y el profesor Rico, director de la última edición del Quijote del pasado año 2015 y también uno de los más prestigiosos cervantistas del mundo, son personas distintas. ¡Y menudo es el académico Francisco Rico para que alguien hable por su boca…! Su silencio me parece muy significativo.

6) En relación al silencio de sus colegas quería referirme al de otros expertos en Teoría de Sistemas, expertos que hasta la fecha —que yo sepa— no han analizado ni sometido a revisión crítica su trabajo para darlo por válido o por erróneo.

7) Conozco su último libro que cita, El lugar de la Mancha. Un irónico Cervantes a la luz de la crítica científica (le agradezco el ofrecimiento de enviármelo), de cuya lectura no se desprende la conclusión de que “una gran parte” de los más reputados cervantistas del mundo esté de acuerdo con su teoría. Para que no se confunda en este punto es necesario que distinga entre: a) apoyar la hipótesis de Villanueva de los Infantes a sabiendas de que es sólo una hipótesis, y b) apoyar la consideración que usted hace de su hipótesis como “tesis científica verificada”. No es lo mismo. El profesor Canavaggio vuelve a ser de nuevo un inmejorable ejemplo: ha formulado una brillante hipótesis sobre la construcción del “lugar” de La Mancha por Cervantes, pero ninguno de los cervantistas que la comparten creo que llegue a afirmar que la suya es una tesis científica. ¡Ni aun siendo la del profesor Canavaggio! Es decir, se puede apoyar una hipótesis como tal hipótesis pero no el pretendido carácter científico de la misma. Un pronunciamiento claro en el sentido de considerar su tesis —del mismo modo que usted está completamente persuadido de ello— como una “tesis científica verificada” no recuerdo en este momento que lo haya hecho ningún cervantista de prestigio ajeno a su equipo y al entorno de Villanueva. Si lo hay, sería bueno que nos recordase quién o quiénes son, e hiciese algún breve entrecomillado de sus palabras al respecto.

Éste no es un foro académico de discusión, profesor Parra, por lo que no podemos alargar en extensión ni en tiempo nuestro debate. Entiendo que la réplica que acabo de hacer le da derecho, si quiere, a una contrarréplica de similar extensión (descontando el espacio de su primera respuesta), que me parece suficiente para que intente contraargumentar los cinco errores lógicos que le señalé en mi artículo anterior y he ampliado en los puntos 1) y 2) del presente. En total, siete puntos concretos a los que responder y que si no consigue rebatir con buenos argumentos dejarían refutada su supuesta “tesis científica”. Hecho esto, podemos dejar el debate para que los posibles lectores saquen sus propias conclusiones. En su pueblo, Villanueva de los Infantes, tendrá ocasión en junio de continuarlo con los expertos interesados en disfrutar de las bellas palabras, los certeros pensamientos, el sabio sentido común, los valores, la diversión, la ironía, el atemperado escepticismo y, en definitiva, todo el espléndido contenido del Quijote. Saludos cordiales.

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Los valores del `Quijote´
Alfredo Barbero 18-04-2017 | 10:14 | 0

Profesor Parra Luna, me alegra tener noticias suyas de nuevo.

Le agradezco la invitación que me hace en un reciente correo electrónico para asistir, junto a varios críticos de su hipótesis sobre “el lugar” de La Mancha, a una mesa-coloquio especial anexa al II Congreso Internacional Europa-América, América-Europa: los valores del Quijote, que se celebrará a finales del próximo mes de junio en Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), su pueblo y el pueblo que usted cree es también el de Don Quijote (según el modelo sistémico y de cálculos matemáticos que desde hace años viene publicando). Le contesto a su correo en este blog, como ya hice en los años 2014 y 2015, debido al interés público que tiene todo lo relacionado con Cervantes y con el Ingenioso Caballero. Por los comentarios que hace, compruebo que sigue manteniendo su particular sentido del humor, aunque también su desenfoque lógico en relación con la hipótesis de Villanueva.

(Nota.- El profesor Parra es catedrático emérito de Sociología —ya jubilado— de la Universidad Complutense de Madrid, presidente de la Sociedad Española de Sistemas Generales (SESGE), y autor de varios libros en los que ha intentado desentrañar científicamente a qué lugar de La Mancha se refiere Cervantes desde la primera frase del Quijote, si es que se refiere a un lugar concreto).

Voy a empezar por hacer un comentario acerca de lo que me parece principal. Como lector, entiendo que los valores del Quijote, además de los que aportan las sustanciosas citas y alusiones a la cultura clásica grecolatina del texto cervantino, son en gran parte los valores de la cultura cristiana: igualdad, justicia, verdad, honradez, espiritualidad frente a materialismo, ayuda al prójimo, etc. Cervantes hace una versión de todos estos valores por medio de su peculiar “apóstol hispano”, a cuya condición de cristiano viejo se refiere en múltiples ocasiones. Un apóstol idealista, caballero, caballeresco, laico, tenaz, solterón, apasionado (o “sobreimplicado”) y muy tozudo en sus ideas (o “delirante”). Las sociedades de humanos no suelen basarse tanto en los valores éticos y del conocimiento como en la fuerza, la lucha de intereses, el poderoso caballero Don Dinero, la ambición y el ejercicio del Poder. Estos factores llevaban varios milenios siendo clásicos —desde la civilización sumeria, al menos— antes de escribirse “la Biblia” cervantina. Y quizá por ello Cervantes decidió que el personaje que representa nuestros valores más nobles sea fantasioso, ingenuo y alocado, al ser consciente de que los lectores de su tiempo no creerían que una defensa a ultranza, innegociable, de este tipo de valores la pudiese encarnar un personaje en su sano juicio, cuerdo y sensato. ¡La sabiduría y el escepticismo de don Miguel son magníficos, además de su ironía! (y estos también son grandes valores literarios). No se vislumbra ni intuye que en un futuro más o menos próximo puedan triunfar los valores del Quijote, ni los valores de Cristo, sobre todos esos demás factores que condicionan la naturaleza y la realidad social humanas. Lo que no quita para que las personas sigan teniendo en su vida, incluso necesitando, ciertos ideales. En El Quijote los hay muy bellos y en abundancia, contrapesados con la amarga lección que nos dan los repetidos fracasos del “héroe”.

Referente al tema del “lugar” de La Mancha, ya sabe que pienso que está usted muy equivocado. Pero también pienso que tiene todo el derecho a creer que la hipótesis de su pueblo, Villanueva de los Infantes, es una “tesis científica verificada” merced a los procedimientos académicos que ha empleado. A mi juicio, en cambio: 1) su interpretación sistémica de dos frases del texto del Quijote no permite conocer con certeza que Cervantes tuviese la intención de dejar “un acertijo” localizador, esto es hipotético (cosa distinta hubiese sido el hallazgo de un documento o testimonio escrito que así lo acreditase), 2) el procesamiento matemático que hace su equipo de los “datos” literarios sobre tardanzas y distancias que aparecen en el texto, como si fuesen datos precisos extraídos de la realidad empírica, es una confusión evidente de nivel de análisis o epistemológico; es erróneo entender de manera literal las distancias y tardanzas de la novela utilizándolas para hacer cálculos como si fuesen datos reales, 3) al considerar a Rocinante y al rucio como dos cabalgaduras de carne y hueso que desarrollan una supuesta “velocidad media”, velocidad que usted calcula, está realizando un cálculo imaginario, irreal, 4) la agigantada metodología sistémico-matemática que utiliza para identificar “el lugar” estaba por completo fuera del alcance racional —y de los sueños— de los sencillos y no tan sencillos lectores del siglo XVII, destinatarios naturales del supuesto “acertijo” contenido en la narración, y 5) Cervantes, por muy sabio y genial que sea, ¡y ya lo creo que lo es! no pudo dejar “un acertijo” en su texto cuya resolución sólo pueden alcanzar los expertos en Teoría de Sistemas y Sociocibernética del siglo XXI. En definitiva, con erróneos planteamientos lógicos como los que hay en su estudio, en el que se mezcla la realidad con la ficción, la conclusión a la que llega en ningún caso puede ser científica.

No obstante, insisto, me parece que tiene todo el derecho a creer que su bonito pueblo, capital histórica del Campo de Montiel, es “el lugar” de La Mancha de cuyo nombre Cervantes no quiso acordarse. Y también a creer que la Teoría de Sistemas es una especie de Ley física universal, o Teoría del Todo, con capacidad para explicar científicamente desde las intenciones psíquicas individuales y las conductas grupales o sociales, hasta la Ética, la Historia, la Literatura, etc. ¡La mente es libre!

Algunos de los críticos que menciona en su correo hemos hecho, en tono académico o humorístico como en mi caso, el análisis más directo de su trabajo. En particular, me parece muy destacable el del cervantista norteamericano, profesor James Iffland. Pero esta crítica nuestra activa, explícita, entiendo que es, con diferencia, la menos importante.

El prestigioso cervantista, Jean Canavaggio, eludió al fin tras conocerla de cerca —después de haber aceptado la invitación que usted le hizo para acudir a Villanueva de los Infantes— su “tesis científica”, y ha ofrecido a los lectores y estudiosos de todo el mundo una hipótesis sobre “el lugar” llena de sabiduría literaria y sentido común. Esta hipótesis es muy conocida y cuenta con un amplio respaldo entre los cervantistas españoles e internacionales. La suya fue sin duda una elegante y contundente forma de crítica hacia la hipótesis de Villanueva. Dice el profesor Canavaggio: “considero que, en el proceso que originó la localización manchega de la patria de don Quijote, Villanueva de los Infantes bien pudo ser un referente implícito entre muchos para Cervantes, lo mismo que otros pueblos manchegos, ya que nos encontramos ante un lugar que viene a ser una construcción verbal, síntesis artística de múltiples experiencias.”

Junto a la indirecta del profesor Canavaggio, otras dos críticas de carácter pasivo me parecen importantes. La primera, el silencio, el muy llamativo silencio después de tantos años, de la Real Academia Española. Una callada por respuesta (que usted me parece que interpretó de manera equivocada en un correo que intercambió conmigo como: “el que calla, otorga”) de la institución colegiada máxima conocedora de la obra de Miguel de Cervantes, en España y fuera de España, de su actual Director, Darío Villanueva, de los anteriores, José Manuel Blecua García de la Concha, responsables ante la opinión pública mundial, y de uno de los mayores expertos en El Quijote, el académico Francisco Rico.

(Nota 2.- La mayor parte de los académicos no son científicos experimentales ni científicos sociales, pero pueden encargar todos los informes técnicos que necesiten a reputados expertos de cualquier país, o comités de expertos, para elaborar junto con sus propios conocimientos un juicio profesional… ¡espero que a la RAE le quede algún dinero en sus fondos para solicitar estos informes!).

La segunda, el no menos llamativo silencio de los profesores, catedráticos y expertos nacionales e internacionales en Teoría de Sistemas. Si alguna vez se deciden a analizar su supuesta “tesis científica verificada” y a publicar las conclusiones críticas, poco dudo que pondrán en evidencia desde ese enfoque teórico los errores lógicos de base en los que usted ha incurrido. Con los modestos conocimientos que tengo al respecto gracias al profesor Castilla del Pino, la suya me parece una aplicación de la Teoría de Sistemas claramente sobredimensionada y errónea.

Por tanto, profesor Parra Luna, en espera de que la RAE y otros expertos en Teoría de Sistemas se pronuncien, le agradezco su invitación, pero no podré acudir en el mes de junio a ese lugar de La Mancha. Deseo que lo pasen bien y se diviertan debatiendo en Villanueva de los Infantes, pues la diversión es sin duda uno de los grandes valores del Quijote.

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El error de Hollywood
Alfredo Barbero 13-04-2017 | 9:40 | 2

La última ceremonia de entrega de premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas norteamericana pasará a la historia por algo que no había sucedido nunca: la confusión en directo, ante millones de personas, de la película ganadora. El dubitativo Warren Beatty tuvo un gesto nada valiente al pasar la tarjeta equivocada a la muy decidida Faye Dunaway, que lanzó a los cuatro vientos el nombre de una de las dos películas favoritas: La La Land. Pronto se produjo un revuelo sobre el escenario, entendiendo la intrépida pareja, Bonni and Clyde, que… ¡se habían confundido de Banco!

Moonlight, el film realmente ganador, y La La Land. La Ciudad de las Estrellas, me parecen dos películas aceptables, de buen nivel medio, aunque por motivos bastante diferentes. Cualquiera de las dos pudo haber ganado el Oscar a ‘Mejor Película’.

Las historias de jóvenes con ilusiones que tienen toda la vida por delante para materializarlas siempre resultan estimulantes, incluso para las personas maduritas con una vida ya hecha y desarrollada. Si a esto le añadimos buenas actuaciones, música agradable, una bonita canción (también premiada), elegantes pasos de claqué, y un punto de amargura por la separación de las trayectorias vitales de los dos protagonistas para seguir sus carreras (sin que por ello pierdan su afecto, incluso cierto sentimiento de amor), la película adquiere un indudable y suave encanto. El guión original por el que también fue nominado el joven Damien Chazelle, de 32 años, y el cuidado trabajo formal que le permitió ganar el otro gran premio de la gala, el Oscar a ‘Mejor Director’, hacen de La La Land un musical meritorio.

Moonlight es un drama, individual y social, una narración sobre la difícil vida de un homosexual de raza negra víctima de los ataques de su propia comunidad. Agredido no sólo por su condición erótica sino por su temperamento introvertido y pacífico. En un entorno marginal y violento en el que a él y a su madre —prostituta y drogadicta— les ubica el azar, debe aprender a sobrevivir modificando su innata personalidad sensible. La dureza de la vida le cambia. El niño ‘Little’ pasa a ser el adolescente ‘Chiron’, y éste el joven hombre ‘Black’ al que todos respetan ahora por la fuerza de los músculos adquirida en largas sesiones de gimnasio. ‘Black’ ya no teme, es temido, pero interiormente conserva el resplandor azul que tienen los niños negros a la luz de la luna. Dirección de Barry Jenkins, ganador también del premio al ‘Mejor Guión Adaptado’ junto al autor de la obra de teatro original.

Cualquiera de estos dos films pudo haber ganado el Oscar a ‘Mejor Película’ del año 2017. Sin embargo, el gran error que en mi opinión cometió Hollywood en la pasada 89 Edición de los Premios de la Academia no fue el anecdótico que se produjo sobre el escenario del Dolby Theatre de Los Ángeles, sino un lamentable error de contenido al ningunear a una película de proporciones clásicas, tanto estéticas como épicas y éticas, que en el palmarés sólo recibió la nominación a ‘Mejor Fotografía’. Me refiero a Silencio, del veterano maestro Martin Scorsese.

En línea con las lecturas posmodernas del “hecho religioso” cristiano que priman absolutamente la naturaleza humana de Jesús de Nazaret sobre la condición divina, Scorsese plantea en su narración con extraordinaria crudeza las dudas de la fe y el silencio de Dios. Un silencio estruendoso, estremecedor, brutal. A diferencia de su otra gran película religiosa, La última tentación de Cristo (1988) —con guión adaptado de la novela de Nikos Kazantzakis— que se detenía en las dudas terribles del “dios-hombre”, en esta ocasión el director toma ciertos hechos históricos —con guión adaptado de la novela de Shusaku Endo— sobre la vivencia de la fe que tuvieron seres humanos de carne y hueso. Unos, humildes campesinos y pescadores recibiendo en su tierra, Japón, la buena nueva de un lejano personaje divino que habla de paz y amor, por el que están dispuestos a morir. Otros, los jesuitas portugueses (en la ficción, el padre Rodrigues y su compañero el padre Garupe), alejados de la civilización conocida para predicar en un extraño país pantanoso en el que hasta ese momento sólo había logrado florecer el budismo, gracias a sus “raíces de agua”. La despiadada lucha por el poder entre distintas religiones, culturas, sociedades, reinos e imperios es el trasfondo de la tragedia que se desencadena cuando los propios japoneses deciden eliminar a los compatriotas cristianos que se niegan a hacer apostasía de su nueva fe. Y en medio de la muerte y de un inmenso dolor humano, el silencio de Dios. El duelo dialéctico entre el joven, bienintencionado e ingenuo sacerdote jesuita (que tanto nos recuerda la personalidad de Cristo en el relato bíblico) y el anciano y sutil inquisidor nipón, resulta inmisericorde. El padre Rodrigues, como antes su maestro el padre Ferreira, finalmente apostata, hereda mujer e hijo de un japonés fallecido, delata a otros cristianos y vive una larga vida. Pero en el momento de su incineración según el rito budista, dentro del tonel-útero vemos entre llamas el pequeño símbolo, un crucifijo, que da a entender que mantuvo en su interior la fe en sus creencias.

Dejando a un lado los intereses comerciales de Hollywood, obviamente no coincidentes con este tipo de cuestiones, nuestro mundo hedonista y tecnológico muestra cada vez menos interés por la religión y por el psiquismo interno de la experiencia religiosa. En Occidente la mayor parte de las personas tiene su mente y su corazón en otros asuntos, en otras películas. Los Papas del Vaticano todavía conservan un gran tirón mediático popular, pero los análisis de autores y artistas como Martin Scorsese interesan a un escaso público. No se trata de proselitismo heterodoxo por una religión concreta, sino de enfocar la fe desde la reflexión cultural y antropológica. Al fin y al cabo, la fe religiosa no es más que una de las muchas formas que adopta la fe humana. Las creencias religiosas son respetables, las creencias humanas inevitables. A poco que hablásemos con el más escéptico, descreído, amoral y ateo de los seres humanos, nos daríamos cuenta del sistema de potentes creencias que le anima, por pequeño que sea. Un sistema integrado por todo aquello que daría por válido, bueno para él, conveniente, acertado o verdadero sin la menor comprobación empírica, ni posibilidad de comprobación, de tales cualidades. La “fe cero” no existe, y de existir sería paralizante. Operar en la realidad requiere algún tipo de creencias, religiosas o laicas. Creer en el hombre, en la razón, en el progreso, en una ideología, en una metodología, en el poder, en el dinero, en alguna persona, en nuestros ideales, proyectos o propias ilusiones, en la utilidad o el sentido de nuestros actos, en uno mismo, etc. Que la religión interese cada vez menos en las sociedades occidentales no es, en principio, algo necesariamente malo. Que sea la cultura la que cada vez interese menos, sin duda sí lo es.

Además de la habitual prolijidad y fronda de imágenes del director de procedencia italo-americana, que hacen demasiado larga la narración incurriendo en reiteraciones innecesarias, hay una segunda razón —a mi juicio de más peso— para que la obra de Scorsese no sea redonda y pueda alcanzar la altura del sobrio misticismo de Ordet (La palabra) (1955), de Carl T. Dreyer, o del vital existencialismo de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman. El director de Silencio permite que en un momento de su experiencia límite el joven sacerdote jesuita oiga la voz de Dios. Es decir, y aunque sea para pedirle paradójicamente que reniegue de Él a fin de salvar vidas humanas, su Dios le habla. De este modo se rompe la premisa fundamental del discurso narrativo, que además da título esencial a la obra. El silencio desaparece debido de una experiencia extrasensorial ajena a la fisiología cerebral humana que alivia la desesperación y la culpa del protagonista, pero que por contra genera un gran problema al espectador: la inmensa mayoría de los creyentes no accede en su vida real a esa forma de “elevada comunicación”.

Con pleno acierto Scorsese elige un bello icono de Cristo para mostrarlo en la película. El rostro inocente, apenas herido por la tortura física, pintado por El Greco en su cuadro, La Verónica con la Santa Faz (1577-1580), cuya contemplación puede disfrutarse en el Museo de Santa Cruz de Toledo.

¡Feliz Semana Santa!

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia