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Fecha: abril 13, 2017
El error de Hollywood
Alfredo Barbero 13-04-2017 | 9:40 | 2

La última ceremonia de entrega de premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas norteamericana pasará a la historia por algo que no había sucedido nunca: la confusión en directo, ante millones de personas, de la película ganadora. El dubitativo Warren Beatty tuvo un gesto nada valiente al pasar la tarjeta equivocada a la muy decidida Faye Dunaway, que lanzó a los cuatro vientos el nombre de una de las dos películas favoritas: La La Land. Pronto se produjo un revuelo sobre el escenario, entendiendo la intrépida pareja, Bonni and Clyde, que… ¡se habían confundido de Banco!

Moonlight, el film realmente ganador, y La La Land. La Ciudad de las Estrellas, me parecen dos películas aceptables, de buen nivel medio, aunque por motivos bastante diferentes. Cualquiera de las dos pudo haber ganado el Oscar a ‘Mejor Película’.

Las historias de jóvenes con ilusiones que tienen toda la vida por delante para materializarlas siempre resultan estimulantes, incluso para las personas maduritas con una vida ya hecha y desarrollada. Si a esto le añadimos buenas actuaciones, música agradable, una bonita canción (también premiada), elegantes pasos de claqué, y un punto de amargura por la separación de las trayectorias vitales de los dos protagonistas para seguir sus carreras (sin que por ello pierdan su afecto, incluso cierto sentimiento de amor), la película adquiere un indudable y suave encanto. El guión original por el que también fue nominado el joven Damien Chazelle, de 32 años, y el cuidado trabajo formal que le permitió ganar el otro gran premio de la gala, el Oscar a ‘Mejor Director’, hacen de La La Land un musical meritorio.

Moonlight es un drama, individual y social, una narración sobre la difícil vida de un homosexual de raza negra víctima de los ataques de su propia comunidad. Agredido no sólo por su condición erótica sino por su temperamento introvertido y pacífico. En un entorno marginal y violento en el que a él y a su madre —prostituta y drogadicta— les ubica el azar, debe aprender a sobrevivir modificando su innata personalidad sensible. La dureza de la vida le cambia. El niño ‘Little’ pasa a ser el adolescente ‘Chiron’, y éste el joven hombre ‘Black’ al que todos respetan ahora por la fuerza de los músculos adquirida en largas sesiones de gimnasio. ‘Black’ ya no teme, es temido, pero interiormente conserva el resplandor azul que tienen los niños negros a la luz de la luna. Dirección de Barry Jenkins, ganador también del premio al ‘Mejor Guión Adaptado’ junto al autor de la obra de teatro original.

Cualquiera de estos dos films pudo haber ganado el Oscar a ‘Mejor Película’ del año 2017. Sin embargo, el gran error que en mi opinión cometió Hollywood en la pasada 89 Edición de los Premios de la Academia no fue el anecdótico que se produjo sobre el escenario del Dolby Theatre de Los Ángeles, sino un lamentable error de contenido al ningunear a una película de proporciones clásicas, tanto estéticas como épicas y éticas, que en el palmarés sólo recibió la nominación a ‘Mejor Fotografía’. Me refiero a Silencio, del veterano maestro Martin Scorsese.

En línea con las lecturas posmodernas del “hecho religioso” cristiano que priman absolutamente la naturaleza humana de Jesús de Nazaret sobre la condición divina, Scorsese plantea en su narración con extraordinaria crudeza las dudas de la fe y el silencio de Dios. Un silencio estruendoso, estremecedor, brutal. A diferencia de su otra gran película religiosa, La última tentación de Cristo (1988) —con guión adaptado de la novela de Nikos Kazantzakis— que se detenía en las dudas terribles del “dios-hombre”, en esta ocasión el director toma ciertos hechos históricos —con guión adaptado de la novela de Shusaku Endo— sobre la vivencia de la fe que tuvieron seres humanos de carne y hueso. Unos, humildes campesinos y pescadores recibiendo en su tierra, Japón, la buena nueva de un lejano personaje divino que habla de paz y amor, por el que están dispuestos a morir. Otros, los jesuitas portugueses (en la ficción, el padre Rodrigues y su compañero el padre Garupe), alejados de la civilización conocida para predicar en un extraño país pantanoso en el que hasta ese momento sólo había logrado florecer el budismo, gracias a sus “raíces de agua”. La despiadada lucha por el poder entre distintas religiones, culturas, sociedades, reinos e imperios es el trasfondo de la tragedia que se desencadena cuando los propios japoneses deciden eliminar a los compatriotas cristianos que se niegan a hacer apostasía de su nueva fe. Y en medio de la muerte y de un inmenso dolor humano, el silencio de Dios. El duelo dialéctico entre el joven, bienintencionado e ingenuo sacerdote jesuita (que tanto nos recuerda la personalidad de Cristo en el relato bíblico) y el anciano y sutil inquisidor nipón, resulta inmisericorde. El padre Rodrigues, como antes su maestro el padre Ferreira, finalmente apostata, hereda mujer e hijo de un japonés fallecido, delata a otros cristianos y vive una larga vida. Pero en el momento de su incineración según el rito budista, dentro del tonel-útero vemos entre llamas el pequeño símbolo, un crucifijo, que da a entender que mantuvo en su interior la fe en sus creencias.

Dejando a un lado los intereses comerciales de Hollywood, obviamente no coincidentes con este tipo de cuestiones, nuestro mundo hedonista y tecnológico muestra cada vez menos interés por la religión y por el psiquismo interno de la experiencia religiosa. En Occidente la mayor parte de las personas tiene su mente y su corazón en otros asuntos, en otras películas. Los Papas del Vaticano todavía conservan un gran tirón mediático popular, pero los análisis de autores y artistas como Martin Scorsese interesan a un escaso público. No se trata de proselitismo heterodoxo por una religión concreta, sino de enfocar la fe desde la reflexión cultural y antropológica. Al fin y al cabo, la fe religiosa no es más que una de las muchas formas que adopta la fe humana. Las creencias religiosas son respetables, las creencias humanas inevitables. A poco que hablásemos con el más escéptico, descreído, amoral y ateo de los seres humanos, nos daríamos cuenta del sistema de potentes creencias que le anima, por pequeño que sea. Un sistema integrado por todo aquello que daría por válido, bueno para él, conveniente, acertado o verdadero sin la menor comprobación empírica, ni posibilidad de comprobación, de tales cualidades. La “fe cero” no existe, y de existir sería paralizante. Operar en la realidad requiere algún tipo de creencias, religiosas o laicas. Creer en el hombre, en la razón, en el progreso, en una ideología, en una metodología, en el poder, en el dinero, en alguna persona, en nuestros ideales, proyectos o propias ilusiones, en la utilidad o el sentido de nuestros actos, en uno mismo, etc. Que la religión interese cada vez menos en las sociedades occidentales no es, en principio, algo necesariamente malo. Que sea la cultura la que cada vez interese menos, sin duda sí lo es.

Además de la habitual prolijidad y fronda de imágenes del director de procedencia italo-americana, que hacen demasiado larga la narración incurriendo en reiteraciones innecesarias, hay una segunda razón —a mi juicio de más peso— para que la obra de Scorsese no sea redonda y pueda alcanzar la altura del sobrio misticismo de Ordet (La palabra) (1955), de Carl T. Dreyer, o del vital existencialismo de El séptimo sello (1957), de Ingmar Bergman. El director de Silencio permite que en un momento de su experiencia límite el joven sacerdote jesuita oiga la voz de Dios. Es decir, y aunque sea para pedirle paradójicamente que reniegue de Él a fin de salvar vidas humanas, su Dios le habla. De este modo se rompe la premisa fundamental del discurso narrativo, que además da título esencial a la obra. El silencio desaparece debido de una experiencia extrasensorial ajena a la fisiología cerebral humana que alivia la desesperación y la culpa del protagonista, pero que por contra genera un gran problema al espectador: la inmensa mayoría de los creyentes no accede en su vida real a esa forma de “elevada comunicación”.

Con pleno acierto Scorsese elige un bello icono de Cristo para mostrarlo en la película. El rostro inocente, apenas herido por la tortura física, pintado por El Greco en su cuadro, La Verónica con la Santa Faz (1577-1580), cuya contemplación puede disfrutarse en el Museo de Santa Cruz de Toledo.

¡Feliz Semana Santa!

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Sobre el autor Alfredo Barbero
Psiquiatra del Centro de Salud Mental "Antonio Machado" de Segovia