¿Qué tienen en común Lars Von Trier y el prerrafaelita Millais? He de reconocer que aún no he visto Melancolía pero, cada vez que me enfrento al cartel de la película, mi mente viaja hasta el S.XIX y se ins
tala en Inglaterra para contemplar el maravilloso cuadro de Ofelia. ¿Por qué? Porque Kirsten Dunst me recuerda obligatoriamente a Elizabeth Siddal, la protagonista del cuadro.
Millais creó esta obra maestra entre 1851-1852, después de buscar arduamente el paraje natural perfecto para retratar la muerte del trágico personaje de Shakespeare. El sitio finalmente escogido fue cerca de Ewen en un remanso del río Hogsmill. La modelo para la obra había sido encontrada por Deverell mientras trabajaba como modista de sombreros en una tienda de Londres. La belleza de la joven, con el rostro inmaculado y frágil y el pelo cobrizo encandiló a los prerrafaelitas.
La paciencia de Elizabeth Siddal fue inmensa. Se pasó todo el invierno sumergiéndose diariamente en la bañera de la casa de MIllais. Se enfundaba el mismo vestido y penetraba lentamente en el agua que la acogería durante las próximas horas. Unas velas bajo la bañera hacían posible la espera. Hasta que un día las velas se apagaron y Elizabeth se enfrió. El pintor estaba demasiado concentrado en el lienzo y la modelo no quiso molestarle.
Lo malo es que ella enfermó gravemente y su padre obligó al pintor a darles una compensación económica para pagar al médico. Elizabeth ya no volvió a posar para Millais.
El hermoso rostro de Elizabeth, que cautivó a todos los miembros de la hermandad, se retrata ausente con la sombra del gesto patético de la muerte sobre él. Los labios entreabiertos y las manos en posición de ofrenda mientras va dejando escapar las flores subrayan la trágica historia contada a pinceladas.
La muerte de Elizabeth llegó demasiado pronto. Ella solo contaba con 31 primaveras. Las causas de su fallecimiento nunca se pudieron llegar a saber a ciencia cierta. Se especuló con un posible suicidio, con una profunda anorexia o incluso con la adicción al láudano.
Rossetti convirtió su relación con Elizabeth en una obsesión, limitando los posados a su esposa y prohibiendo a esta que fuese modelo para otros artistas. Con todo, la obra de Millais con Elizabeth asumiendo el papel de Ofelia es uno de los cuadros más importantes y famosos de los prerrafaelitas.



Os cuento un poco la historia de ‘El Mundo de Chistina’, uno de los más bellos lienzos que cuelgan de las paredes del MoMA. Andrew Wyeth, apodado ‘El Pintor del Pueblo’, se mantuvo fiel al realismo, lejos del expresionismo abstracto de la época impuesto por Rothko y Pollock.
deterioraron y perdió la capacidad de andar. Cuando Andrew Wyeth pintó este cuadro Christina ya contaba con 55 primaveras, razón por la cual Betsy –la esposa del pintor– posó para la obra.
Volví a tener el mismo ritual de asombramiento gestual que otras veces: primero, boca abierta; segundo, media sonrisa. Y, por tercero y último, movimiento lateral de cabeza y varios minutos de lentitud, mientras mis ojos recorren cada esquina del lienzo en busca de inmortalizar la obra en mis retinas.
Police Verso, lienzo que brilla con luz propia por su color, sus reflejos y sus sombras…es espeluznante ponerte frente a este cuadro. Te engulle y estás, de repente, en mitad del anfiteatro…hasta se puede llegar a oír el rugido del público. Ridley Scott también sufrió el hechizo de esta obra, ya que se inspiró en este cuadro para captar la decadencia romana en Gladiator.
Este año me toca Dublín de destino, y ya encontrado-siempre económico- el vuelo, los hoteles y el coche de alquiler, sólo me queda lo más divertido de la preparación: sentarme con una coca-cola y unos nachos a realizar paseos virtuales por los sitios que no puedo dejar de ver en mis merecidas vacaciones.
No es la primera vez que bordeo la Estación de Autobuses de Valladolid, ni es la primera vez que mi mente evoca la pintura de Hopper al mirar a través de la cristalera del restaurante pero, por primera vez, me he decidido a contarlo y tal vez así, sólo tal vez, me entienda y consiga encontrar el motivo de tener ese fogonazo, esa especia de flashbacks colectivos que me remiten a la obra del artista estadounidense.
Tengo una mente muy simple, al menos para ciertos aspectos, ya que puedo ser capaz de simplificar un viaje en un cuadro. El Grito me espera en Oslo, Londres me recibirá por La Venus ante el Espejo y volaré hasta Chicago para enfrentarme al cuadro de Los Halcones de la Noche que es, para mi mente imaginativa, la versión estadounidense de mi estación de buses vallisoletana.
sombras que acompaña a cada persona que cruza esa puerta y pide un café, una caña o lo que les apetezca hacen el resto y siempre me encuentro pensando en Hopper mientras evalúo el día de la semana que es y continúo mi rutinario camino hasta el trabajo.
Puedo decir tantas cosas de La Madonna que voy con el freno de mano puesto, mordiéndome la lengua y ralentizando mis dedos para no abarrotar este texto con miles de ideas. Sólo quiero dejar constancia de una cosa. Munch no es un pintor cualquiera, al igual que su Madonna no es una madonna cualquiera. 
Me gusta retornar al álbum de fotos de New York y ver el cuadro de Van Gogh. De las cuatro fotos que tengo de este lienzo, mi espalda aparece en tres y no me di ni cuenta de que compartía protagonismo con el trabajo del holandés hasta que retorné a mi patria y revelé mis carretes (sí lo reconozco ahora tengo digital, pero es que eran otros tiempos). En conclusión, que mi madre inmortalizó varias veces la obra de Van Gogh mientras yo seguía sin poder cerrar la boca y con el corazón a doscientos.
Me explico: Mi prima me regaló de cumpleaños una postal preciosa de un cuadro de un pintor francés que compró en un mercado de flores en París. Cambio de continente, paso de París a Estados Unidos: subía las escaleras al último piso del Metropolitan Museum lentamente, estaba cansada y hacía calor. Sólo quería dar una vuelta por la planta y bajar a la tienda para ojear todas las postales y los libros de arte. Y entonces fue apareciendo a medida que ascendía cada escalón. No aceleré el paso, disfrutaba viendo aparecer aquel enorme lienzo lentamente. Era tremendamente grande y bonito. También gasté parte de mis vacaciones ante la trasformación de escultura en mujer de Gerome. Me gusta gastar el tiempo frente a cosas que despiertan mi sonrisa.
El Lamento de Portnoy fue la primera obra que leí de Philip Roth y después de leerme todas las demás, a falta de la última que me está esperando en mi mesilla de noche, puedo decir sin miedo que es, para mi, la mejor obra de todas las que ha creado y con diferencia.
