Te dejo acariciar mi cuerpo de guitarra
mientras pulsas las clavijas de mi alma,
y desfallezco,
dando al traste con mis planes de adorarte
cuando pisas sobre ceja con las cuerdas
sutiles y arrogantes que me atas.
La encordadura hecha suspiros
de mis tardes sin tus tardes,
desafina en ésta, mi vida tranquila y sedentaria.
Rasgueas, rasgueas… y haces cosquillas
la planta de mis suelos,
arrancando sonidos de hojas secas aplastadas
cuando bailo al son que tú punteas,
cuando espero asida cada noche
al mástil, nodriza de madera,
nave que trasteas bajo el puente,
llevando del bordón a la más fina
la nota de tu adiós que siempre desentona
en esta partitura del amor,
canción a media voz y a media luna,
la balada más triste, más sonora, más divina.


