La Señora Emilia

En mi pueblo cuando trato con personas de generaciones anteriores a la mía no soy Juan Antonio, ni Juan, ni tan siquiera Juanan. Desde el ‘Y tu, ¿de quién eres?’ hasta el ‘¡Coño, cuánto tiempo, ya no te conocía!’ solo media una respuesta posible: “Soy el nieto de la Señora Emilia”.

Y es que mi abuela era sin duda mi seña de identidad en Pereruela de Sayago. Mujer castellana donde las haya, no regalaba un halago ni un gesto cariñoso, pero los que daba le salían del corazón. Era una todoterreno que igual montaba en moto con mi tío Emilio y sorteaban juntos los caminos más empedrados, que cogía una bolsa con una fiambrera y la llevaba caminando a su hijo que trabajaba en medio del campo y no había tenido tiempo de acercarse a casa a comer.

Recia, sí, pero divertida sobre todo cuando se veía rodeada por todos sus nietos, dieciocho ni más ni menos, a los que habían dado vida sus nueve hijos. Una familia extensa que en las celebraciones conjuntas pasaba religiosamente, y nunca mejor dicho, por las mejillas y los labios de Emilia, a la que todos queríamos besar y saludar y contarle cómo iban evolucionando nuestras vidas, cada vez más lejos de la quietud del pueblo.

No era mi abuela amiga de socializar en eventos festivos más allá de los ceñidos a la familia, pero cuando las campanas tocaban a misa se apresuraba a levantarnos y llevarnos a la iglesia. Ella se sentaba en los primeros bancos, atendía a la homilía con los ojos y los oídos bien abiertos y comulgaba siempre la primera de la fila. A veces nos caía alguna pregunta comprometedora sobre la temática de la misa cuando estábamos ya comiendo y casi siempre mirábamos al plato y seguíamos dando cucharadas, porque no habíamos estado demasiado atentos.

De medio lado, tumbada en el sofá durante la hora de la siesta de las tardes de verano, retumbaban en el comedor los diálogos sudamericanizados de las telenovelas de La 1, pero, pobre del que quisiera siquiera acercarse al mando a distancia para cambiar de canal. No dormía, dormitaba, y siempre estaba alerta para que nadie borrara de su sobremesa aquellas míticas ‘Agujetas de color de rosa’, ‘Topacio’ o cualquiera de esos soporíferos seriales.

Hace ya algunos años que nos dejó pero aún hoy, en cualquier evento familiar la mirada busca a aquella mujer fibrosa, fuerte de físico y de carácter que se deshacía cuando sus nietos se acercaban a verla.

Permítanme que en esta ocasión firme a pie de página como quien soy, el nieto de la Señora Emilia. Hasta siempre abuela.

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El Norte de Castilla

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