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El cura de la linterna
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Roberto Carbajal | 21-02-2017 | 18:59

La Iglesia católica tiene que ponerse las pilas. Debe ser implacable con los abusos sexuales porque el daño que este tipo de delitos le inflige es intolerable. El más reciente es el caso sucedido hace años en el seminario de La Bañeza y alumbrado hace unos días. El sacerdote denunciado se pasaba por las habitaciones de los seminaristas linterna en mano y con las pilas bien puestas, a la caza de un adolescente que le proporcionase un oscuro placer. El obispo de Astorga compareció ante los periodistas para dar explicaciones. Dijo que lo que desea es “acabar con todo esto, porque se le hace un daño enorme a la infancia”. Los testimonios de los denunciantes afectados ponen los pelos de punta. Se acostaban temblando y haciéndose los dormidos, a ver si el hombre de la linterna no los abordaba en sus camastros. Estas víctimas viven con ese estigma desde que despertaron a la pubertad. La violación de su intimidad y de sus derechos como seres humanos les ha provocado un daño tremendo, no han logrado disfrutar de una vida plena y este estigma no tiene forma de ser reparado. Los afectados reclaman un resarcimiento económico, aunque esta demanda no puede mitigar tanto sufrimiento. En Irlanda asuntos como este fueron un escándalo en todo el país. Pero una vez llegados a este punto, la Iglesia tiene que aplicar medidas profilácticas. Benedicto XVI inició la lucha y el papa Francisco ha sido lo suficientemente sensible para ampliar su cruzada y buscar el fin de este tipo de comportamiento. Otro asunto incomprensible es la prescripción del delito. Es difícil hacer comprender a la gente el porqué de esta figura jurídica cuando un delincuente, con sotana o no, pueda irse de rositas como en el caso de La Bañeza. El tipo ha sido jubilado, según afirmó el Obispado, y todos lo hemos visto por televisión mariposeando ante las preguntas de los medios de comunicación. El obispo asegura que este sujeto no volverá a ejercer como sacerdote y que, en todo caso, podría hacerlo como un mero ayudante. En qué quedamos, ¿está o no apartado del cuidado del rebaño? Lo veremos.

Publicado en El Norte de Castilla el 22 de febrero de 2017

Sobre el autor Roberto Carbajal
Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.

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