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Roberto Carbajal

La aventura humana

El tablero de ajedrez

La ciudadana Letizia Ortiz Rocasolano renunció a sus convicciones políticas y religiosas para convertirse en Reina de España. Se casó por lo civil, se divorció, se desenvolvía entre ideas republicanas y aparcó en un rincón todo su bagaje profesional para iniciar una nueva vida plena de esplendor y privilegios vitalicios abrazando todo lo contrario. Su nueva situación le otorgó el dómine nobiliario de Doña, el tratamiento de majestad y una existencia sufragada con los impuestos que paga todo quisque. A cambio solo se le pedía ejemplaridad y dignidad en el desempeño de su cargo. Todo parecía desenvolverse según el guion cuando, oh sorpresa, ante las cámaras Letizia le hizo un feo gesto a su suegra, la reina emérita que durante cuarenta años jugó su papel ejemplarmente, a pesar de tener que bregar con Don Juan Carlos, que resultó ser un pájaro de cuidado en su vida privada. Doña Sofía nunca afeó a la monarquía en público; todo lo contrario: le dio esplendor.

Hoy en día, Letizia Ortiz está desempeñando un papel beligerante, como su sosias en una partida de ajedrez, que se juega con unas reglas en las que la figura de la reina tiene un papel preponderante. Disfruta de libertad de movimientos y acaba echando de la partida a otras figuras de forma implacable. El rey se mantiene acogotado desplazándose un pasito hacia adelante y otro hacia atrás, blindado para asegurar su supervivencia y ganar la partida. Un jugador avezado juega sus cartas en esta lid y avanza hasta plantear un jaque al rey. El contrincante ha de blindar a la máxima autoridad del juego. Por mor del triunfo, los contendientes no dudan en sacrificar a la reina si la estrategia así lo exige. Lo que no sucede en el ajedrez es que la reina blanca plantee un jaque a su rey. Así no se juega. Esas no son las reglas y nunca deberían cambiarse, porque de ese modo el juego se desmorona irremisiblemente. Tampoco es creíble el fingimiento, la simulación y la hipocresía trasplantados a la vida real, entre otras razones porque los espectadores que forman parte del espectáculo no son estúpidos.

Publicado en El Norte de Castilla el 11 de abril de 2018

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Sobre el autor

Tenía siete meses cuando asesinaron a John F. Kennedy. De niño me sentaba en los parques a observar a la gente, pero cuando crecí ya no me hacía tanta gracia lo que veía. Escribo artículos de opinión en El Norte desde 2002, y críticas musicales clásicas desde 1996. Amo la música, aunque mi piano piense lo contrario. Me gusta cocinar; es decir, soy un esclavo. Un esclavo judío a vuestro servicio.

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