
Surge un fantasma, el de la mujer amada, este se hace presente, su figura viene a filtrarse en la tormentosa mente de Frédéric -tantas son las abstracciones como sugerencias que se infiltran provenientes de los espectros, ahí está ese sufrimiento que nunca cesa, ese amor desmesurado; la feminidad, el cuerpo esquivo huyendo-. Se trata de obsesiones como consecuencias emocionales que quedaron quebrantadas en el Estío y como aquel fuego se fue consumiendo. He aquí un tiempo para la reflexión que viene a ser evocado. Surgen esos sentimientos contradictorios, absurdos, apasionantes, brutales, el hombre va envejeciendo frente a los combates del pasado.
El realizador se adentra en un espacio plano, abriéndose a los claroscuros formales, emocionales. Vuelve su mirada sobre las fronteras del amor, las más extremas si cabe, así mismo viene a plantear las posibilidades utópicas que marcan las revoluciones y los límites de la responsabilidad cuando la vida se inmiscuye. Claro este no es un diario de autor, sino una mirada con sus propias perspectivas, aunque se hable de constantes ya abordadas en anteriores trabajos.
Un verano ardiente viene a situarse en la mejor tradición literaria. Esta vida de bohemia, esos personajes bohemios cuya vida transita fuera de su país –parisinos en Roma-. Acude sin embargo Garrel a un punto de vista externo para hablarnos de la vida de los otros, aunque su misión radica en narrarnos la vida atormentada de Frédéric –el artista-, su deriva, perseguido por sus demonios, perseguido constantemente por la figura esquiva de su mujer, y como el reflejo deformado –envenenado- de todo esto constituye la propia evolución de Paul, que pasa de ser testigo de esta historia de autodestrucción a protagonista, involuntariamente involucrado finalmente en una narración de aprendizaje.
Un coche a toda velocidad va por una carretera, a modo de flashforward, sigue un plano de un cuerpo de mujer desnudo, el de Angéle –esposa de Frédéric-. Esta mira al espectador, nos está mirando, nos intenta atraer al interior del film. La oscuridad siniestra de la noche parece quedar atrás. Todo comienza a acontecer en un estado de casi penumbra, los personajes se mueven como sonámbulos, son sombras, el mundo parecen haberlo dejado de lado. Paul y Frédéric sufren un desgarro que se debate entre la política y lo artístico, entre el amour fou y el deseo de conseguir una estabilidad –el deseo tanto amoroso como político indaga entre las líneas fronterizas que separan la vida de la muerte-, entre una personalidad esquizoide siempre cerrada y la promesa de conseguir un futuro que aunque no sea ideal sea posible. En ese crepúsculo habitan siempre los fantasmas, los del pasado, los que surgen de la mente, pero también apreciamos como una ficción, en definitiva bebe de su propia realidad –verosímil- como de otras ficciones que se infiltran










