Saber mirar es saber amar
Se dice que la asistencia de los espectadores a una sala cinematográfica es un acto de comunión. Sin embargo, debemos pensar que una vez que las luces de la sala se apagan, cada espectador se encuentra solo, queda aislado, concentrado, distanciado de los otros, justo en silencio (aunque si es verdad que en ocasiones podemos percibir los contornos de los otros espectadores a nuestro alrededor), y por tanto cuando se muestra la representación, que es la película, a esta audiencia, cada uno aprende un universo personal a través de la experiencia de la riqueza de su propia experiencia (estas últimas palabras escritas en negrita, son parte de algunas declaraciones efectuadas por el propio Kiarostami, en referencia a la cinta que nos ocupa). Por tanto considera el realizador iraní al público no como un simple voyeur pasivo, sino todo lo contrario, activo, pues un film debe concebirse incompleto, de tal manera que el público pueda intervenir, rellenar los espacios vacios, construir, intervenir, ser partícipe en una sola palabra, pero para ello debe ser estimulado. Así se concibe Shirin, un experimento cinematográfico que rinde tributo, no solo al cine, sino al espectador – en este caso a la mujer-, planteando el arte como liberación.
Como espectadores solo veremos en Shirin a ciento diez rostros (primeros planos fijos y sostenidos de ciento diez mujeres absortas), mirando, más que eso, contemplando una pantalla en la que se está proyectando una película, que no alcanzamos a ver; si a escuchar -una narración ausente pero insistentemente presente, no solo en nuestros oídos, sino a través del reflejo del público espectador-, y son las emociones de estas que se traslucen (atentos siempre a los mínimos gestos de las actrices como a los matices de luz que se han de reflejar en los rostros, esta es la labor del orfebre, de ahí de su perfecta combinación y adecuación deriva la emoción que son capaces de trasmitir las miradas, en cuyo reflejo nosotros los espectadores de la cinta nos vemos implicados -más allá de una simple narración oral-, dejando de ser simples voyeurs, siendo constructores de la propia historia, multiplicando la experiencia y para ello se concentra la narración en off en el plano sonoro, desplazando las texturas y el contrapunto a la imagen), y las que nos acercan a la historia, un romance persa de Nizami escrito en el siglo XII, que conforma parte de un corpus épico titulado Shahnameh. De esta manera Kiarostami consigue una ficción metanarrativa en la que las mujeres que conforman el público terminan por identificarse con lo que acontece, dejando de ser simples espectadoras para convertirse en sujeto y objeto de la creación fílmica, lo mismo ocurre en nosotros, una experiencia, como hemos citado con anterioridad, que se multiplica, más allá de la mera contemplación.


