
En el cine de este realizador canadiense existe un estudio entorno al retrato de un espacio – ya sea abierto; unos parajes remotos, inquietantes; como interior, un reducido espacio-, en intima consonancia –interrelación- con unos personajes preñados de cierto autismo social, que parecen debatirse entre la seguridad que ofrece la soledad y el confinamiento – confinamiento y soledad como imposición educacional hacia los hijos, como contraste una sociedad cuya forma de organización está basada en la propiedad, motivada por una apropiación indebida de la misma donde nacen las rencillas y el odio, la no felicidad-, y una irreprimible y extraña atracción hacia el otro – el cineasta desarrolla un tratamiento distanciado, al tiempo irónico, como un ejercicio de observación de comportamientos, que utiliza en ocasiones requerimientos del documental-. Idea que funciona como una metáfora entre el famoso juego y la vida de sus protagonistas.
Solo la naturaleza propicia la imaginación –de ahí la presencia, un tanto surrealista de ese tigre que habita en un espacio nevado, gélido-, frente al ostracismo, al que se une la muerte –la existencia de la muerte, la aparición de un cadáver- posibilitando una reacción

