Con esta entrega se cierra definitivamente este corpus tenebrista, como un todo que parece necesitar irremediablemente de sus dos capítulos anteriores, una composición que se construye por movimientos musicales superpuestos unos sobre los otros.
De nuevo el caos y el infierno regresan esta vez de la mano del villano Bane, liderando una especie de revolución oligárquica, donde el espantapájaros- villano que aparecía en la primera entrega- dicta sentencia. Una oligarquía que pretende erradicar una falsa democracia participativa, ésta falsaria democracia que estaba diseñada por la globalización, donde la economía es partícipe de la especulación, denegando los derechos más elementales a los más necesitados, es en esta crisis, en esta quiebra de valores donde surge el populismo
Es aquí donde el realizador construye su historia, una narración basada en crescendos cortantes, una sucesión de hechos, en definitiva, cuyo recorrido se encadena finalmente hacia una nueva situación, puede que última, manteniendo un ritmo repetitivo, no solo gracias a la composición sonora, sino a la cadencia de las imágenes que modulan un relato, en ocasiones inverosímil, que fluye disperso aunque seguro.


