Enfrentarse al “fuego”

Animales huyendoCada vez que abro un periódico y leo unas cuantas líneas, me apetece cerrarlo de golpe debido a las noticias tan desagradables que contiene. Pero no es conveniente cerrar los ojos a la realidad, cual avestruz escondiendo su cabeza. Estamos atravesando una época muy dura en nuestro país, todos lo sabemos. La alta tasa de desempleo y el número de deshaucios son demoledores, y aunque en los medios de comunicación se muestra un simple número o una gráfica, somos conscientes de que representan a seres humanos cuyo futuro se oscurece día a día, como si una gran tormenta hubiera echado el ancla sobre ellos y se resistiera a marcharse. Parece que la desilusión y la desesperanza han venido para quedarse. Y el único modo de lograr que esas nubes negras se desvanezcan es actuar al unísono por el bien común. Somos muchos; lo único que hace falta es un poco de organización.

Cuando se produce un incendio en un bosque, los animales salen huyendo en dirección opuesta para salvar su vida, mientras las llamas avanzan sin control. Pero nosotros tenemos un cerebro que nos diferencia de los animales, y sabemos que huyendo o ignorando la situación, no desaparecerá. Hay que enfrentarse al fuego, no queda otro remedio.

Un dedo de la mano apenas puede hacer gran cosa, mientras que la unión de todos ellos nos permite coger objetos, saludar, tocar el piano, acariciar, construir, escribir… Lo mismo sucede a gran escala en este mundo que habitamos. Por separado apenas somos nada, mientras que todos unidos podemos mover montañas. Sin embargo, en esta época de desasosiego y dificultades, cada vez hay más división. La sociedad se dedica a marcar las diferencias entre unos y otros, en lugar de buscar los puntos en común. Izquierdas contra derechas, trabajadores de la privada contra empleados públicos, españoles contra inmigrantes… Pero la realidad de nuestro país nos envuelve a todos y deberíamos comenzar a actuar de forma inteligente, en lugar de parecer gallos de pelea luchando entre sí sin saber por qué.

Y lo peor es que, mientras nos peleamos, agotamos la energía que necesitaríamos para enfrentarnos a los abusos, a la pérdida de derechos, y a la disminución de ese estado de bienestar que tantos años ha costado construir. Tenemos que darnos cuenta de que nos estamos endeudando y perdiendo derechos para que unos pocos, los mismos de siempre, continúen con sus vidas de lujo.  Por favor, no nos resignemos. ¿Somos capaces de reaccionar y unirnos? ¿Podemos salir a la calle y gritar todos juntos ¡Basta ya!? Olvidémonos de las diferencias, que al fin y al cabo también nos enriquecen. Demos un paso al frente y luchemos todos juntos por lo nuestro, por lo que nos pertenece. Que nuestros dedos dejen de señalar el ombligo y comiencen a actuar al unísono para defender la sociedad que queremos tener, la que nos merecemos. Los demás ciudadanos no son el enemigo sino nuestro mejor aliado. Hay un fuego que apagar y todos debemos arrimar el hombro; ¡no huyamos como los animales del bosque!

 

 

Capturando el momento

En estas semanas, los almendros visten su traje de gala y sus delicadas flores se abren por fin, despidiendo al frío invierno. Esta explosión de color dura muy poco tiempo y si no estamos atentos, perderemos la ocasión de disfrutar de un bello espectáculo que nos regala la naturaleza.

La vida está repleta de instantes como éstos, preciosos y fugaces, pero hay que tener los ojos y el corazón bien abiertos para darnos cuenta de su presencia. No los dejemos pasar como si jamás hubieran existido, y no permitamos que la rutina diaria nos absorba hasta tal punto que nos impida disfrutarlos. Unos son más intensos que otros, unos son irrepetibles y otros se ponen a nuestro alcance varias veces, pero todos merecen la pena. Desde el susurrar del viento cuando caminamos por la calle o el reflejo del arcoiris en un charco hasta la paciencia de quien siempre está ahí para escucharnos o la mano que se tiende hacia nosotros cuando tropezamos. Vivamos esos bellos momentos y que en nuestra mente se graben del mismo modo que la cámara captura una fotografía. Así el álbum de nuestra vida será más colorido y alegre.

Y de paso, tomemos ejemplo de esas flores del almendro, que a pesar de su delicadeza se abren desafiantes, dispuestas a defender su existencia ante el frío y la lluvia.

Mercados financieros y marionetas

Estamos en tiempos difíciles. Nadie lo duda. Cada día nos llegan noticias sobre la alta tasa de desempleo, previsiones pesimistas relacionadas con nuestro país y la economía, rescate de países europeos, temor a que nosotros también necesitemos ayuda, etc. Y parece ser que lo más importante en estos momentos es “calmar a los mercados”. Cada dos por tres se anuncia desde el Gobierno paquetes de medidas, que unos critican y otros alaban, encaminadas a que la llamada “prima de riesgo” descienda.

El paro está en niveles lamentables, se rebajan salarios, se congelan pensiones, cada vez hay más gente que necesita acudir a comedores sociales, aumentan las ejecuciones de hipotecas y los desahucios, baja el consumo porque hay menor poder adquisitivo y subida de impuestos, muchas familias están desesperadas porque no consiguen llegar a fin de mes… ¿Y el mayor problema es calmar a los mercados? ¿Y qué ocurre con los ciudadanos? ¿Qué sucede con la pobreza, el paro o la desesperación de las personas? Habitamos en España más de 45 millones de seres humanos, pero es evidente que para quienes nos gobiernan (o los que desean gobernarnos), nosotros no somos lo importante.

Está claro que hoy en día el dinero es lo que mueve el mundo, pero se van superando unos límites intolerables. Estamos en el punto de mira de una serie de personas o entidades llamados “inversores”, que nos dicen qué tenemos que hacer en nuestro país, como si fuésemos unas simples marionetas a merced de hilos invisibles, que en el fondo no sabemos quién maneja. Y bailamos al son que nos toquen, recortando derechos y limitando esperanzas, todo con tal de que dejen de apuntarnos esos amenazantes ojos sin nombre.

Resulta evidente que las reglas del juego no son las adecuadas. Entonces, ¿por qué no cambiar el modelo en lugar de seguir inmersos en estas batallas contra invisibles enemigos? ¿Es posible que seamos decenas de millones de personas en nuestro país y no podamos cambiar la situación ni un ápice? Lamentablemente, la Unión Europea y el euro, aunque nos han aportado ciertas ventajas, también han limitado enormemente nuestro margen de maniobra. Además, los representantes políticos que hemos elegido o los que tenemos a nuestra disposición para escoger, no tienen demasiado interés en que el modelo cambie, pues se ven beneficiados personalmente. Y si a todo esto le sumamos la pasividad de los ciudadanos, el resultado es el que estamos viviendo. Así que aquí seguiremos, impasibles, observando cómo los gobiernos intentan “calmar a los mercados” para que la gran pirámide del dinero no se venga abajo, y para que quienes manejan los hilos puedan seguir jugando con sus marionetas, mientras el resto del mundo se desmorona. Pintan bastos. ¿Barajamos de nuevo?

¿Huelga? El que calla, otorga

Hacía nueve meses que no escribia en mi blog, por cuestión de prioridades, como indicaba en mi último artículo. Todavía estoy inmersa en una serie de asuntos que me quitan la mayoría de mi tiempo libre, y no puedo pararme demasiado a reflexionar sobre la vida y el ser humano. Pero ante la proximidad de una huelga general, no me puedo quedar callada.

A lo largo de estas semanas, he escuchado los argumentos de quienes no están a favor de la huelga: no servirá para nada, los sindicatos están comprados, me quitarán un día de sueldo, tendría que haberse organizado mucho antes, etc. Además, un gran número de funcionarios dicen que como muchos ciudadanos se alegraron de que les bajasen el sueldo, ahora ellos no van a apoyar la huelga.

Cierto es que los sindicatos a nivel general, no han estado a la altura en los últimos años. Dentro de estas organizaciones, hay gente que merece la pena y que son sindicalistas de verdad, todo hay que decirlo, pero la imagen global que se aprecia desde fuera no es la que había hace años. Sin embargo, no se trata de una huelga de los sindicatos sino de los ciudadanos, pero ha sido convocada por los sindicatos porque hoy en día (nos gusten o no) son los únicos que pueden organizarla. No podemos dejar de hacer huelga como castigo a los sindicatos, pues en tal caso no sólo les hacemos daño a ellos, sino también a nosotros mismos. Si queremos decirles que no estamos de acuerdo con su actuación, debemos ir directamente a ellos y exponerlo. Yo ya les he expresado mi descontento personalmente en varias ocasiones, del mismo modo que le he agradecido a ciertos sindicalistas su apoyo con varios temas que he vivido de cerca. Además, al Gobierno le ha interesado desprestigiar a los sindicatos para que los ciudadanos no nos sintamos representados y no hagamos huelga. Por ejemplo, se ha hablado en prensa este año por activa y por pasiva sobre las subvenciones que reciben, pero ¿acaso no las recibían el año pasado o el anterior? ¿acaso los partidos políticos no las reciben? ¿y muchas asociaciones? ¿y la SGAE?. En fin, que no es mi intención defender a los sindicatos, sino que quisiera que no perdiésemos el punto central de para qué sirve la huelga y por qué conviene hacerla.
Es que si la mayoría de gente piensa hoy en día que la huelga no sirve para nada y que los sindicatos, que son los únicos legitimados para representarnos, no sirven para nada, entonces que quiten directamente de la Constitución el derecho de huelga. ¿Es lo que queremos?

Cierto es que nos quitarán el día de sueldo, con el prorrateo de la extras. Pero si comparáis esa cantidad con el salario anual (no el mensual, puesto que no sólo nos quitan ese día del mes y no se puede comparar con la nómina mensual), no es tanto, aunque nos duela perderlo, pues a nadie nos sobra el dinero y menos en esta época. Más dinero se puede gastar uno en irse de copas el fin de semana, en unos días de vacaciones, o en comprar algo de ropa. Y sin embargo, es mucho más lo que se pierde en derechos y seguridad, y en dignidad. Además, ¿acaso no quitaban el día de sueldo por la huelga hace años, y se hacía igualmente?

También es verdad que cuando bajaron el sueldo a los empleados públicos, a la mayoría de ciudadanos les pareció bien. Yo soy funcionaria de carrera, me han bajado el sueldo y también he oído esos comentarios de gente que se alegra, o que nos tacha de vagos, o que dicen que deberían echarnos a todos a la calle… Pero la solución no es decir: “ahora no voy yo a la huelga, y que se fastidien los que nos critican”. Seamos realistas, lo que está sucediendo en nuestro país nos afecta a TODOS, y quienes estamos siendo perjudicados, somos todos, cada uno en su pequeña parcela de vida. Si hoy en día, con la situación que tenemos, no nos ponemos en huelga y salimos todos a la calle a expresar nuestro malestar, ¿cuándo lo haremos? Además, si bien nosotros los funcionarios de carrera no somos personal contratado y no podemos ser despedidos, nuestra familia y amigos sí que lo son, y nuestros hijos y las generaciones venideras podrán serlo, por lo que se verán afectados por lo que ahora se está decidiendo en el país. Y no sólo se trata del tema del despido, sino de muchos derechos que estamos perdiendo de golpe y de la rebaja en calidad de vida.

Y he escuchado también eso de que “la huelga no sirve para nada”, que luchando no se consigue nada porque la batalla ya está perdida de antemano. ¿Qué habría sucedido si quienes lucharon por la democracia hubieran pensado que no valía para nada esforzarse? ¿y aquéllos gracias a los que hoy en día la mujer puede votar y tener los mismos derechos que el hombre? Me pregunto qué le diremos a nuestros hijos y a las generaciones futuras cuando a ellos el trabajo les vaya mal: ¿les aconsejaremos que se queden en casa quejándose, a ver si cae el maná del cielo algún día?, ¿o tendremos la cara de decirles que luchen por lo suyo, cuando nosotros no lo hicimos en su momento? Somos el ejemplo de los que vienen detrás, del mismo modo que nuestros padres y abuelos lo fueron para nosotros.

A este respecto, me da igual la manipulación que hace el gobierno y la oposición, me da igual si los sindicatos actúan o no como deben… Lo que sí me importa es que estamos en un punto tremendamente complicado en nuestro país, y no estoy de acuerdo con las medidas que se están tomando, cuando hay muchas otras que podrían hacerse y que no se hacen porque no les conviene a ellos. ¿No pensáis lo mismo vosotros? No me puedo quedar en casa callada e ir al trabajo como si nada pasase. Al menos, expresémonos, como mínimo para eso sirve la huelga, para expresar nuestro malestar.

Y tomemos la decisión que tomemos, por favor, respetemos la decisión de los demás. Cada uno que haga lo que considere oportuno, pero dejando espacio a los demás para que tomen su propia decisión.

Los seres humanos somos demasiado individualistas, tenemos que aprender a sentirnos parte de un todo y actuar conjuntamente con los demás para mejorar las cosas. En caso contrario, en lugar de evolucionar, seguiremos involucionando. No pongamos excusas, pensemos realmente en cómo nos sentimos con lo que está sucediendo en el país y tomemos la decisión de hacer huelga o no basándonos en el problema de fondo, no en todo el “ruido” que se escucha alrededor. Y recordad que quien calla, otorga.

En busca de las prioridades

En ocasiones, es difícil determinar las prioridades en nuestra vida, porque nos cuesta trabajo escoger, y no disponemos de todo el tiempo que quisiéramos. Todo sería más fácil si las opciones fuesen solamente blanco o negro, pero lamentablemente suele ser más complicado, pues existe una amplia escala de grises. ¿Cómo elegir lo más importante?

No hay guía de usuario, así que tenemos que hacerlo a ciegas y confiar en que nos decantamos por lo que es mejor para nosotros y los que nos rodean. La elección resulta fácil si las opciones a escoger son muy diferentes o una es más acuciante que la otra. Yo por ejemplo, esta temporada estoy envuelta en una “cruzada” que apenas me deja tiempo libre, y como corre prisa, no me ha costado decidirme. Es por eso que no estoy escribiendo cada miércoles como era mi costumbre. Me gusta reflexionar sobre la vida y los seres humanos, me encanta escribir y compartir esos pensamientos con vosotros, y por supuesto, valoro mucho esas líneas que vais depositando cada semana en este blog y que reflejan vuestra opinión sobre el tema tratado. Pero cuando alguno de los aspectos prioritarios de mi vida (salud, amor, familia, etc.) requiere mi atención, no me importa dejar aparte temporalmente todo lo demás. Pero quiero que sepáis que no me he olvidado de vosotros, mis queridos lectores.

A veces, el problema no es realmente determinar lo que consideramos más importante, sino que nuestras prioridades no coincidan con las de nuestros seres queridos, y surjan enfrentamiento. Así por ejemplo, hay parejas que se rompen porque para ambas partes es diferente el aspecto de la vida que consideran más importante. También muchas riñas entre padres e hijos tienen su origen en la disparidad entre lo que cada uno estima como preferente.

O puede suceder que nos surja un conflicto interno porque lo que queremos difiere mucho de lo que sabemos que nos conviene. E incluso, muchas veces pensamos que queremos algo, pero no actuamos en consecuencia… ¿tal vez es que no lo deseamos de verdad? En esos casos, creo que lo mejor es aprender a conocerse mejor a uno mismo y averiguar qué es lo que realmente queremos y cómo debemos orientar nuestros pasos para obtenerlo y mantenerlo. Por ejemplo, no podemos considerar prioritaria en nuestra vida la salud y sin embargo, dedicarnos a comer desenfrenadamente, no dormir, evitar hacer las revisiones médicas oportunas, etc. O no tiene lógica considerar prioritarios a nuestros hijos, sin saber a quién tienen de amigos, qué sueños persiguen, qué miedos les asaltan… Esas contradicciones hay que intentar solucionarlas, aunque lamentablemente, no siempre depende de nosotros.

Analicemos nuestro comportamiento, y tratemos de que nuestros actos sean consecuentes con lo que pensamos y queremos. Tal vez hay cosas que antes nos parecían importantes y ahora ya no lo son; o puede que hayan aparecido otras prioridades en nuestro día a día con las que antes no contábamos… Fijémonos en los peldaños de la escalera, y vayamos de uno en uno, en el orden adecuado. Y si la nuestra no tiene escalones, nunca es tarde para empezar a fabricarlos.

Dejando huella

A veces no somos conscientes de que cada acción que llevamos a cabo en nuestra vida, deja una huella en la de los demás. Puede que para nosotros, un simple saludo o una sonrisa carezcan de importancia, pero es posible que le ilumine el día a la persona que la ha recibido. Puede también que esas malas palabras o esa expresión de indiferencia que a veces nos sale sin pensar y que después se nos olvida, haya afectado profundamente a su receptor.

Miremos hacia atrás y analicemos las huellas que vamos dejando… ¿nos gustan? Si nos sentimos satisfechos, estupendo, vamos por buen camino. Pero si ese rastro que dejamos tras nosotros no es positivo, aún estamos a tiempo de cambiarlo. Esas huellas pasadas, marcadas en los demás como pisadas hechas en el cemento antes de que se seque, difícilmente pueden borrarse, pero es posible colocar al lado o encima otras más adecuadas que las contrarresten.

No pensemos solamente en nosotros, observemos alrededor para ver las consecuencias de nuestros actos. No vivimos solos en el mundo, sino que interaccionamos con familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, e incluso personas que nos acompañan día a día en el autobús, o hacen cola en el mismo supermercado. Tal vez una sonrisa y unas palabras amables, que no cuestan dinero, pueden alegrarle a alguien la mañana. Así de sencillo es aportar algo a nuestro entorno para mejorarlo… ¡Ojalá todo fuese tan fácil en la vida!

Derribando muros

Si observamos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que vivimos rodeados de muros: unos más altos, otros más gruesos, de diferentes materiales, unos impuestos y otros elegidos.

Es evidente que nos gusta delimitar espacios a nuestro alrededor, para separarnos del resto de personas. Por ejemplo, al trozo de tierra existente entre cuatro paredes, que hemos adquirido o alquilado, lo llamamos hogar y allí nos encerramos, creyéndonos a salvo. Además, como esas paredes son un poco asfixiantes, abrimos ciertos huecos que denominamos ventanas, y así parece que tenemos algo de libertad porque podemos ver el mundo exterior a través de ellas, pero en realidad, constituyen una separación igual que el resto. Sin embargo, son muros que necesitamos, pues a nadie le gusta permanecer a la intemperie cuando hace frío, o dormir al raso por la noche.

Lo peor de todo son los muros que creamos en nuestro corazón o en nuestros pensamientos: el miedo, el egoísmo, la envidia… Son invisibles pero nos aíslan de tal manera que se asemejan a gruesos muros de piedra, imposibles de horadar. A un lado de la muralla estamos “yo y lo mío”, y al otro lado, el resto del mundo. Preferimos vivir sumergidos en una especie de vacío, y separar a quien es diferente, a quien no piensa como nosotros, a quien ha escogido otras opciones en su vida, a quien no sigue las normas establecidas… Siempre hay alguna excusa para separar. Y al final, excluímos a tanta gente, que apenas queda ya nadie dentro del círculo. ¿Merece realmente la pena?

¿Por qué tenemos tanta manía de separar un todo que debería permanecer unido? No nos queda más remedio que aceptar que algunos muros son necesarios, pero los que no hagan falta, intentemos derribarlos. ¿Acaso se acabará el mundo si tumbamos unas cuantas paredes?

El baúl de los recuerdos

El baúl de los recuerdos, en el que guardamos todas las experiencias vividas, carece de fondo. Es como una inmensa cueva, que cada año que pasa se hace más y más profunda. Desde niños, acumulamos dentro de él, las sorpresas recibidas, las caricias, las alegrías, mas también las tristezas, los desengaños, los sueños rotos. Todas esas vivencias van perfilando quienes somos, pero en ocasiones, este baúl constituye un lastre porque lo abrimos demasiado a menudo en lugar de mirar hacia delante.

Tal vez pensemos que sería conveniente hacer un poco de limpieza y borrar todos los recuerdos negativos, las desilusiones, los errores, y de esta manera, aligeraríamos el peso y podríamos avanzar más fácilmente. Sin embargo, no es la mejor solución, ya que sin nuestro pasado no seríamos quien somos. Si eliminamos los errores, borraremos también lo aprendido de ellos; si eliminamos las tristezas, borraríamos además el punto de referencia para apreciar las alegrías.

Todo tiene una razón de ser, tanto los sucesos positivos que suceden en nuestra vida, como los negativos, y cada uno de ellos merece un espacio en nuestro baúl de los recuerdos. Pero no tienen por qué estar todos revueltos, sino que es posible distribuirlos en diferentes niveles. Lo que nos hace sentir bien, sonreír o vivir con ilusión lo podemos almacenar en la parte superior, mientras que los sucesos que preferimos olvidar porque nos han causado daño, tristeza o desesperanza, se pueden ir directamente al fondo, donde es más difícil encontrarlos. De esta manera, los recuerdos agradables florecerán fácilmente, iluminando nuestra vida diaria, mientras que los más duros permanecerán escondidos, pero servirán de base y enseñanza para el resto del camino.

No nos anclemos en el pasado, pero tampoco intentemos borrarlo, pues es una parte de nosotros. Simplemente, aprendamos de él y sepamos situar cada recuerdo en el lugar que le corresponde: en el pasado, no en el presente. Dejemos que ese baúl que portamos cumpla su función: un espacio personal donde ir depositando todo lo vivido para avanzar más ligeros y saber orientarnos a lo largo del camino. Y sobre todo, vivamos el presente, pues al fin y al cabo, es el regalo que día a día nos otorga la vida.

Qué sabrán ellos…

Aceptar las críticas es un arte difícil de dominar, pues tenemos cierta tendencia a no querer escuchar a quienes nos comentan algo negativo sobre nosotros. De hecho, cuando la gente nos dice que tenemos tal o cual defecto, tendemos a pensar “qué sabrán ellos…”, pues nadie nos puede conocer mejor que nosotros mismos. Sin embargo, la imagen que cada uno tiene de sí mismo no suele ser idéntica a la que los demás perciben, así que tal vez sería interesante escuchar con más atención lo que tienen que decirnos.

Por supuesto, hay críticas y críticas. En ocasiones, personas maliciosas tratan de ponernos en ridículo ante los demás mediante críticas destructivas. En esos casos, lo más adecuado sería evitar que nos afecten y tener la suficiente seguridad en nosotros mismos como para que nuestra autoestima no se tambalee. Lamentablemente, a veces no es tan fácil, y se puede sufrir mucho cuando no somos capaces de quitarle importancia a esos comentarios hechos con mala fe.

Sin embargo, los familiares y buenos amigos nos pueden dedicar algún comentario constructivo, que nos ayude a conocer nuestras propias carencias, para así ser conscientes de ellas y ponteciarlas. Si no fuesen sinceros con nosotros con respecto a lo que piensan u opinan, significaría que no nos quieren lo suficiente. Por ello, creo que es esencial para nuestra propia evolución, dejar de lado el orgullo, tener en cuenta lo que los demás tienen que decir con respecto a nosotros, y considerar esas críticas como oportunidades para mejorar. Al fin y al cabo, no somos perfectos, y si podemos pulir un poco algunos aspectos de nuestro carácter o comportamiento, ¿por qué no hacerlo?

Una crítica sincera hacia nuestra persona implica que algo no funciona bien y que es necesaria una modificación de nuestra conducta para poder mejorarlo. Pero lo cierto es que, en general, no nos gustan los cambios, pues nos asustan y requieren un esfuerzo que muchas veces no estamos dispuestos a realizar. Resulta más sencillo ignorar lo que nos han sugerido y negar la posibilidad de que ese cambio sea necesario, pues de esa manera no hay que hacer absolutamente nada.

Si en lugar de ignorar o descalificar a quien nos ha criticado, nos paramos a reflexionar, tal vez podamos obtener alguna conclusión útil para superarnos un poco y mejorar. Y si además, conseguimos darnos cuenta de que nosotros también solemos criticar a los demás, puede que logremos aceptar las críticas recibidas con un poco más de naturalidad. No pongamos límites a la crítica constructiva, pues nos permitirá ver más allá de nuestros ojos. Critiquemos y seamos criticados, pero siempre desde el corazón y con buenas intenciones.

El negocio del miedo

Estos días en mi oficina, al igual que en muchos otros lugares públicos, han colgado unos carteles explicando cómo “lavarse” correctamente las manos. ¿No se supone que sabemos lavarnos desde niños? La causante de esta indicación y de muchas otras medidas que se están tomando en un gran número de países, incluido el nuestro, es la gripe A. La alarma generada por esta variante de gripe es una buena muestra de lo sencillo que resulta influir sobre las personas, si se tiene el poder suficiente, y meterles miedo para que actúen sin reflexionar.

Por supuesto, a nadie nos gusta caer enfermos, pero estaría bien que nos parásemos a pensar un poco antes de dejarnos llevar por ese temor colectivo que está invadiendo la sociedad. ¿Acaso no muere cada año mucha gente por la gripe estacional (la “normal”)? ¿Y es esto motivo para colgar carteles sobre cómo lavarse las manos, o para sugerir que deberían cerrarse colegios si enfermasen varios niños? Creo que es positivo ser cautos, pues con la salud no se juega, pero a veces nos dejamos llevar demasiado por la información que se muestra en los medios de comunicación, sin filtrarla mediante el sentido crítico.

Recuerdo cuando hace un tiempo nos asustaban con la gripe aviar y con los millones de muertos que iba a haber en todo el mundo. Al final, parece que todo quedó en mucho menos de lo esperado. ¿Sucederá lo mismo con la gripe A? De todas formas, independientemente de lo que suceda, hay quienes ya están obteniendo beneficios de esta alarma social que se ha creado: los fabricantes de los medicamentos para tratar esta enfermedad y la vacuna de reciente creación. ¿Cuánto pueden estar ganando estos meses a costa de dichos productos? Al respecto de ello, me pregunto si con las prisas que se han dado para preparar y comercializar esa nueva vacuna, han tenido tiempo de comprobar al 100% su eficacia, efectos secundarios futuros, etc, dado que existen una serie de mecanismos de control que debe atravesar cualquier sustancia que se comercialice con fines medicinales, y en este caso, da la sensación de que todo ha ido muy rápido. De hecho, ahora recomiendan que las embarazadas no se vacunen porque se desconocen todavía los posibles efectos sobre el feto. ¿Los conocerán con total seguridad dentro de uno o dos meses? ¿Y qué ocurriría si los problemas apareciesen a los 6 ó 7 meses de haberse inyectado la vacuna, o más tarde del alumbramiento, por ejemplo?

En fin, simplemente quisiera animar a todos a reflexionar un poco y a actuar con sentido crítico. Cada uno es libre de tomar las medidas que considere oportunas, pues nadie está libre de coger esta enfermedad y hay personas más proclives a ello debido a determinados factores de riesgo. Pero por lo menos, mantengamos los pies firmemente enraizados en la tierra, y así no nos veremos arrastrados por esos “vientos” que a veces soplan cerca de nosotros con dudosas intenciones.

El Norte de Castilla

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