En estas semanas, los almendros visten su traje de gala y sus delicadas flores se abren por fin, despidiendo al frío invierno. Esta explosión de color dura muy poco tiempo y si no estamos atentos, perderemos la ocasión de disfrutar de un bello espectáculo que nos regala la naturaleza.
La vida está repleta de instantes como éstos, preciosos y fugaces, pero hay que tener los ojos y el corazón bien abiertos para darnos cuenta de su presencia. No los dejemos pasar como si jamás hubieran existido, y no permitamos que la rutina diaria nos absorba hasta tal punto que nos impida disfrutarlos. Unos son más intensos que otros, unos son irrepetibles y otros se ponen a nuestro alcance varias veces, pero todos merecen la pena. Desde el susurrar del viento cuando caminamos por la calle o el reflejo del arcoiris en un charco hasta la paciencia de quien siempre está ahí para escucharnos o la mano que se tiende hacia nosotros cuando tropezamos. Vivamos esos bellos momentos y que en nuestra mente se graben del mismo modo que la cámara captura una fotografía. Así el álbum de nuestra vida será más colorido y alegre.
Y de paso, tomemos ejemplo de esas flores del almendro, que a pesar de su delicadeza se abren desafiantes, dispuestas a defender su existencia ante el frío y la lluvia.

