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Expresarse en Internet (y IV): El feminismo en redes
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Samuel Regueira | 08-10-2017 | 14:20| 0

De entre todos los activismos existentes, entre todas las teorías políticas y los movimientos sociales hoy activos, el feminismo es el que mejor ha encontrado el modo de expresarse en Internet. Su internacionalidad, su agilidad para suscitar una movilización fuera de las redes y su capacidad persuasiva, de diálogo y de pedagogía le han aupado, con una velocidad vertiginosa, a una posición clave en la agenda mediática. Pero en torno a él también se cierne no solo la sombra de la censura sino, paradójicamente, la acusación, por parte de sus más fervientes detractores, de ser uno de los aparatos más potentes de intimidación, acoso y ataques a la libertad de expresión. Sus dos principales referentes dentro y fuera de la Red, la activista Barbijaputa y la periodista y escritora Nuria Varela, tratan de desmontar mitos, de denunciar diariamente el sexismo imbricado en la sociedad y de combatir a los llamados posmachistas.

Antes de convertirse en bandera del feminismo, Barbijaputa era solo el seudónimo de una azafata que contaba su vida en un blog: «Más por miedo a que mi nombre llegara a oídos de la compañía», declara; «la aviación es un mundo muy reaccionario». Cubierta su espalda, Barbi comenzó a tener una comunidad de seguidores notable a partir del 15M… pero ella aún no estaba satisfecha. Algo echaba de menos: «Por aquel entonces leía muchos artículos de feminismo que daban por hecho muchas cosas, como qué era el heteropatriarcado o en qué consistían las opresiones que sufríamos. Estaban escritos para las mujeres convencidas, y yo percibí que faltaba interpelar a los hombres, señalar de qué eran culpables…». Admite que en su momento se sintió un poco temeraria, pero hoy se encuentra cómoda en el papel que tanto admiradores como detractores le achacan como emblema en el feminismo digital: «Eso sí», señala, «para que yo haya podido convencer a otras, muchas antes me han convencido a mí».

barbijaputa

Avatar con el que se muestra en Internet la activista Barbijaputa

Pero… ¿De dónde nació su conciencia feminista? «Fueron las pequeñas cosas que nos pasan en la vida por ser mujeres las que me hicieron reaccionar», explica la autora de Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima. Un día escuchó una conversación entre dos azafatas donde una se lamentaba de tener que reducir su jornada laboral, y su salario, pese a ganar más que su pareja. En otra ocasión, percibió cómo en los campos de fútbol, espacios netamente masculinos, las gradas utilizaban cantos hirientes sobre las madres, hijas y parejas de los jugadores visitantes. «Son historias que, pese a que muestran realidades normalizadas, te rechinan», apunta. Con esta premisa empezó a presionar teclas, y a ligar así su seudónimo, indefectiblemente, al movimiento feminista.

El secreto de su éxito pasa por combinar la réplica a la actualidad con la teoría. A sus textos sobre Le Pen, los vientres de alquiler, las asesinadas por violencia de género o las declaraciones sexistas de los políticos españoles se suman artículos sobre los falsos aliados feministas, los micromachismos, la violencia simbólica o la cultura de la violación. «Hay que visibilizar cualquier cosa que nos parezca una nimiedad porque, si no lo hacemos, estaríamos negando que eso supone la base de todo lo demás».

Portada del libro de Barbijaputa: 'Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima'

Portada del libro de Barbijaputa: ‘Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima’

Prejuicios y posmachistas

Muchos hoy aún no saben definir, con propiedad, en qué consiste exactamente este movimiento. Nuria Varela, autora de Feminismo para principiantes, lo explica: «El objetivo fundamental es acabar con el patriarcado, un sistema de desigualdad, y generar uno de igualdad». A partir de ahí, se abren campos de batalla como la violencia de género, la lucha contra la pobreza o los derechos reproductivos de las mujeres, mientras combaten prejuicios en torno a su físico y calumnias sobre un supuesto odio a los varones; marca de la casa de lo que Varela llama los neomachistas o posmachistas: «Son mucho más sutiles que los tradicionales, pero poco más cambia: tienen escasa capacidad dialéctica y se sirven de la neolengua para hallar formas mucho más sutiles de continuar discriminándonos».

En su obra Cansadas identifica varios de estos fenómenos, como el mito del amor romántico, el sincretismo de género (confinar a la mujer a los cuidados domésticos), el velo de la igualdad (mantener que hoy ya no existen los privilegios por el hecho de haber nacido hombre) o la cultura del simulacro (uso inadvertidamente sexista del lenguaje, que también documenta Yadira Calvo en su ensayo De mujeres, palabras y alfileres). «Utilizar la violencia es algo endémico en el machismo», sostiene la autora, «probablemente las feministas son las más ávidas de conocimiento, y en mis clases reclaman argumentos más contundentes para evitar esa violencia que surge en las redes».

Portada del libro de Nuria Varela 'Cansadas'

Portada del libro de Nuria Varela ‘Cansadas’

Otra de las principales acusaciones que recaen sobre el colectivo feminista es su ánimo censor en general, y a la comedia en particular. «Lo que no tenemos es sentido del humor machista», aclara Varela, para quien esta acusación implica que se está asimilando el masculino por el global. «Nos dicen que estudiamos Historia Universal pero estudiamos Historia del Hombre, se toma la parte del varón por el todo: sucede en literatura, en la universidad, en el lenguaje.. Si tú, hombre, defines qué es humor, y yo no entro en ese cuadro; no es que no tenga sentido del humor… Es que no comparto tu código». Barbijaputa enumera numerosas monologuistas del feminismo: Pamela Palenciano, Isa Calderón, Alicia Murillo, Malena Pichot, Charo López… «Ellas chocan en un ámbito donde los altavoces siempre los han tenido ellos, pueden ser tan agudas como los hombres, pero se quedan fuera de sus debates», asume.

En cuanto a los actos de protesta para impedir que humoristas como Jorge Cremades lleven a cabo sus actuaciones, Barbi aclara que en el debate se ha visto al feminismo acusado, injustamente, de querer prohibir esa clase de espectáculos: «No pedimos que sea ilegal, solo que con nuestro dinero no se pague a un tipo haciendo bolos humorísticos sobre mujeres violadas en un país donde se agrede a una de nosotras cada siete horas». En la misma línea, resulta significativo su rechazo al análisis de Juan Soto Ivars sobre estas dinámicas en Internet, así como a su neologismo poscensura: «Se ha inventado un concepto que no existe para poner al mismo nivel que una mujer pueda recibir una amenaza a que una petición ciudadana solicite no tener un humor machista». De igual modo, la activista señala que el principal problema de la poscensura pasa porque, en su defensa de la libertad de expresión, no señala esos límites ya marcados que, consensualmente, parecen estar bien donde están: «Nada dice la poscensura sobre el derecho a la publicidad de la pedofilia, o a que se emita por la televisión cierto contenido en horario infantil», apunta, maliciosa. «Fomenta lo que ya tenemos y no se atreve a problematizar en lo normalizado; tan solo en lo emergente, en aquello que puede amenazar a lo que sí afecta a lo establecido». El debate, al contrario que esta serie de reportajes, queda, de este modo, abierto.

 

Este artículo fue publicado en la edición en papel de El Norte de Castilla el 27 de agosto de 2017

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Expresarse en Internet (III): Ciberacoso y linchamientos digitales
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Samuel Regueira | 02-10-2017 | 21:23| 0

No hay mayor epítome de la perversión en Internet contra la libertad de expresarse que un linchamiento digital. Sin embargo, allí las horcas no se afilan ni las antorchas se prenden, son los ánimos los que se caldean y las palabras las que se aguzan… La turba levanta, en lugar de los puños, los dedos, dispuesta a dejarlos caer, implacables, sobre sus teclados. La víctima ya ha sido atisbada por uno de ellos, que llama la atención del resto de la masa. Muchos no saben el contexto, ni les interesa saberlo. Pronto todos están ofendidos: hay que destrozar a una persona, y no importa cruzar todos los límites en pos del más “noble” fin: hacerla callar.

Imagen de María Frisa proporcionada por su autora

Imagen de María Frisa proporcionada por su autora

Hace trece meses, la escritora María Frisa (Barcelona, 1969) sufrió un linchamiento digital después de que circulasen fragmentos descontextualizados de su libro 75 consejos para sobrevivir en el colegio. En la novela, la adolescente Sara asesora al lector con las recomendaciones que ni a ella misma le funcionan en la vida, pero que, en el conjunto del texto, se entienden como un mecanismo tanto de humor como necesario para la evolución posterior de su protagonista como personaje.

«Siempre, siempre tiene que haber alguien con quien meterse: mejor que ese alguien no seas tú. Sí, es una pena que tenga que ser tu mejor amiga, pero… ¿prefieres que se metan contigo?, ¿en serio?». Estas frases, extraídas de aquel libro, fueron gasolina para la hoguera digital de María Frisa, prendida en julio de 2016, cuatro años después de haberse publicado una obra que ahora se consideraba toda una apología del bullying escolar (y del machismo). Se había despertado la indignación en la Red, y no dejó de percibirse como una justa retribución el hecho de que una escritora, acusada de fomentar el acoso escolar, se estuviera viendo, precisamente, acosada. «Ojalá revienten a tus hijos a patadas a la puerta del colegio para que sepas qué es el bullying», rezaba uno de los comentarios más salvajes entre todos los que la autora recuerda haber recibido.

Una de las páginas difundidas de '75 consejos para sobrevivir en el colegio'

Una de las páginas difundidas de ’75 consejos para sobrevivir en el colegio’

«Hasta entonces me parecía imposible que nadie sintiera el odio que yo recibía continuamente, era algo desmesurado», confiesa Frisa. «Vivir un linchamiento en carne propia es muy duro. Después de que haya una campaña en Internet contra ti, da mucho miedo decir cualquier cosa, porque todo puede ser malinterpretado». La autora de literatura juvenil, que llegó a enfrentarse una petición en Change.org de más de 34.000 firmas para que Alfaguara retirase el libro, confiesa que, durante aquellas semanas, experimentó «indefensión, impotencia y miedo», pero que en ningún momento se sintió rabiosa ni dudó de aquello que había escrito. El linchamiento se extendió durante los meses de verano, hasta que la atención mediática, siempre de corta duración, fijó su foco en otros asuntos una vez que ni la editorial reaccionó ni el tema parecía dar más de sí.

En junio de este año [2017], María Frisa ha publicado 75 consejos para sobrevivir a las redes sociales, en el que incorpora, a modo de catarsis, sus propias vivencias en carne de su protagonista. «Por primera vez, un nuevo personaje, el abuelo de Sara, dará consejos reales para aquellos que se vean alguna vez en una situación como la mía», adelanta Frisa. «Piensa en las consecuencias de tus actos», «No te vengas arriba para conseguir más seguidores» o «Practica un poquito la empatía» son algunas de las recomendaciones de esta «terapia» particular, que a su autora le ha hecho darse cuenta de cómo funciona el bullying en redes sociales. Frisa recuerda hoy su linchamiento entre risas y con una actitud desafiante, ostentando así sus fuerzas renovadas.

Extracto de '75 consejos para sobrevivir a las redes sociales' (Alfagura)

Extracto de ’75 consejos para sobrevivir a las redes sociales’ (Alfagura)

 

Machismo público
La escritora y poeta Sara R. Gallardo (Ponferrada, 1989), autora de Epidermia y Berlín no se acaba en un círculo, cuenta, como la gran mayoría de jóvenes de su generación, con una fuerte conciencia feminista. Cansada de presenciar, y sufrir, las distintas agresiones que padecen las mujeres a lo largo de su vida, resolvió denunciar los machismos que le tocaran directamente a ella, bajo la etiqueta #MachismoPúblico: «Me parecía que dando una visión global de todo lo que nos sucede a diario haría más comprensible que las mujeres vivimos en un contexto así continuamente», revela. Su primer mensaje, escrito el 19 de agosto de 2014, decía así: «#machismopúblico #1 He ido a la biblioteca a estudiar como todas las mañanas y el chico de enfrente me ha dicho que si quería tomar un café».

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La denuncia implícita se ve clara: «Cuando una mujer se encuentra en un espacio público ya no es dueña de sí misma: cualquier hombre tiene la autoridad de abordarla, decirle, tocarla…», explica. Aquel tuit inauguró una serie de textos cargados de pedagogía, pero fue el primer mensaje, el de la biblioteca, el que al día siguiente de publicarse llamó la atención del trol de Gallardo (en el argot de Internet, un trol es un cibernauta de obsesión enfermiza por ridiculizar, polemizar y contradecir todo mensaje de una persona en concreto). Este se lo hizo llegar, como si fuera carnaza, a numerosos usuarios con cientos y miles de seguidores, que pronto comenzaron a hacerse eco a su vez, mientras la intimidaban bajo los pretextos de que sus denuncias no recogían ni situaciones de agresión ni, muchísimo menos, machistas: «Enseguida se volvió imparable. La gente de mi entorno y yo tratamos de capearlo entrando en una especie de debate, pero fue imposible. La dinámica de Twitter fue ponerme a mí en medio de una plaza y comenzar a tirarme piedras». Paradójicamente, las respuestas que sufrió Gallardo mediante mensajes, vídeos de afamados youtubers y artículos en toda clase de blogs y sitios web fueron una muestra, aún más escandalosa, de machismo. Machismo público.

«Sus argumentos son siempre los mismos: te llaman exagerada, fea o malfollada; te infantilizan, te deslegitiman…», enumera la escritora. Recurrente resultó también lo que hoy se conoce como mansplaining, una actitud paternalista y condescendiente donde cada hombre (man) le trataba de explicar (explaining) en qué consistía el feminismo: «Yo llevo toda mi vida leyendo, documentándome y sufriéndolo, pero es él quien sabe lo que es, de verdad, el machismo», ironiza Gallardo.

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Sara R. Gallardo. Fotografía de Carolina Villafruela

Esta poeta, que ha llegado a denunciar la filtración de datos personales en un popular foro de Internet, así como numerosos intentos de intrusión en su cuenta de correo y en sus diferentes perfiles sociales, tiene claro el propósito detrás de cada intimidación masiva en Internet: «El objetivo de quienes provocan un linchamiento es silenciarte, hacerte daño es solo una consecuencia».

Tres años después, Gallardo no considera disipado el linchamiento: «No ha habido aún un periodo de tiempo lo suficientemente largo como para que yo piense que han parado». Durante aquellos días, la escritora llegó a vacilar muchas veces, repasó su mensaje e incluso trató de ponerse en el lugar de quien no se ponía en el suyo: «Yo dudaba. Ellos no. Y ellos no habían estado allí, ni conocían ese contexto. Yo sí». A pesar de todo, su conciencia feminista sigue hoy intacta.

 

Este artículo se publicó en la edición impresa de El Norte de Castilla el 20 de agosto de 2017

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Expresarse en Internet (II): Los límites del humor
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Samuel Regueira | 16-09-2017 | 11:00| 0

La revista satírica francesa Charlie Hebdo sufrió un atentado en enero de 2015, donde doce personas perdieron la vida a manos de dos hermanos parisinos radicalizados en el yihadismo. Dado que la publicación había ido contando, a lo largo de distintas semanas en números anteriores, con portadas en las que bromeaba sobre Mahoma, el debate público volvió a centrarse en una pregunta tan antigua como la Historia de la Comedia: ¿Tiene límites el humor? El historietista Darío Adanti responde a esta y otras cuestiones que asoman por la discusión en su ensayo gráfico Disparen al humorista (Astiberri), un texto que reflexiona sobre la filosofía, el contexto y los mecanismos en torno a un chiste… también en las redes sociales.

 

Darío Adanti en la Feria del Libro de Madrid / Europa Press

Darío Adanti en la Feria del Libro de Madrid / Europa Press

«Con la comunicación global, un chiste puede viajar ahora fuera de contexto a cualquier parte del mundo y percibirse de otra manera, generar allí un sentimiento de indignación y que esta reacción regrese, con la misma rapidez, a su lugar de origen», expone Adanti. El contexto es la clave sin la cual un chiste se puede malinterpretar, de forma intencionada o impremeditada, una vez que se carece de alguno de los tres ingredientes básicos que lo conforman: el emisor, su público y el entorno en el que se desarrolla.

 

Este último es el primero que se desdibuja en el vertiginoso fluir de la información de la Red: «Cuando existe ese código de integración entre tú y tu público es difícil que surja la ofensa», explica el dibujante argentino. «Yo con mis paisanos puedo hacer chistes de “sudacas” y no solo no pasa nada; sino que es un gesto inclusivo que cohesiona al grupo». Fuera de esa situación, si no se comparte el código no se comparte la broma, no se entiende el chiste, surge la ofensa… «Aún hoy nos cuesta entender que otros grupos sociales cuenten con códigos distintos a los nuestros», se lamenta. Cada nación del mundo tiene su propio sentido del humor; dentro de ella, cada microgrupo de amigos, y dentro del microgrupo, cada individuo: «Es nuestra característica más universal y, a la vez, la más relativa».

 

'Disparen al humorista' / Astiberri

‘Disparen al humorista’ / Astiberri

El público, en Internet, mezcla estos conjuntos, pues ante un chiste en la Red la audiencia del usuario crece exponencialmente… y, con él, su imprevisibilidad: «Bromear con una catástrofe o una desgracia de actualidad antes quedaba reservado al círculo íntimo de amigos, lejos de cualquier afectado por el desastre al que pudiera ofender el humor». Se dice que la Comedia es Tragedia + Tiempo, es decir; que un chiste en torno a una adversidad de actualidad empieza a ser aceptable en cuanto ha pasado un duelo cómico. Pero también entra en juego la Distancia; «el tiempo de espera se reduce cuanto más lejos del humor sucede la tragedia». Ahora con las redes sociales todo es más inmediato, y se han visto acortados tanto tiempo como distancia. Con la rapidez y el alcance del mensaje aumenta la probabilidad de que este llegue a alguien que se ofenda ante las palabras del emisor.

 

Y es el cómico, precisamente, el tercer elemento a tener en cuenta en el contexto del chiste. Porque, como escribe Rudolph Herzog en su ensayo sobre la comicidad en el Tercer Reich Heil Hitler, El cerdo está muerto, un mismo chiste sobre el Holocausto varía si lo cuenta un alemán o un judío; el primero reviste cierta superioridad soberbia; el segundo, una dignidad como víctima: «Sucede lo mismo cuando las activistas feministas se apropian del término “feminazi” para autodefinirse, o las personas gays se llaman “maricón”; utilizan las palabras que se usan contra ellas y se empoderan al dotarlas de un nuevo significado», ejemplifica Adanti.

 

'Heil Hitler, El cerdo está muerto'. / Capitán Swing

‘Heil Hitler, El cerdo está muerto’. / Capitán Swing

«El machismo, el racismo o el fascismo no desaparecerán si perseguimos los chistes», advierte el escritor, alarmado ante cómo se pide cada vez más a las fuerzas del orden y la ley que se sancionen penalmente manifestaciones de humor como la de los titiriteros en 2016 (que en una ficción mostraban la pancarta ‘Gora Alka Eta’) o los tuits de Cassandra Vera (sobre Carrero Blanco), del líder de Def Con Dos, César Strawberry (sobre Ortega Lara y la Corona), y del concejal Guillermo Zapata (sobre Irene Villa), esta última en un debate, precisamente, sobre los límites del humor: «Diferenciar quién integra y quién desprecia con un chiste solo lo sabe quien comparte el código, y un juez no tiene manera de evaluar eso fuera de un contexto», dice el humorista, quien tampoco es ajeno a que parte de esta polémica descansa en la guerra cultural.

 

Ya sea la corrección política enarbolada contra el conservadurismo de los vídeos de Jorge Cremades, o el alarmismo reaccionario ante las sátiras políticas del izquierdista Facu Díaz, para Adanti «todo pasa por una mixtificación excesiva de la palabra». Según el cómico, hay que poner el punto de mira en la educación, en crear ciudadanos concienciados que entiendan que las desgracias no desaparecen si se las deja de nombrar (las escaladas de violencia contra afroamericanos en Estados Unidos se mantienen al alza pese a que el país procura evitar la palabra “negro”). Adanti acude a la raíz del problema: disparen al racismo, disparen a los vetos que quedan de franquismo, disparen al machismo imbricado en la sociedad… Pero, por encima de todo, no disparen al humorista.

 

La risa como catarsis ante el dolor

Si el humor costumbrista muestra el error en las convenciones sociales, el humor absurdo refleja la derrota de la razón y el poshumor supone la caída del humor; el humor negro es el fracaso de la muerte, del drama humano y el dolor colectivo. Enarbolarlo frente a una catástrofe supone un momento liberador y de gran desahogo. Como dice Adanti en Disparen al humorista, «en toda gran tragedia hay alguien que se convierte en el primero en ejercer la comicidad cuando el resto considera que aún no es el momento de hacerlo». Superado el duelo cómico, el tabú se ve transgredido, y la vida vence, a través de la risa, en la batalla contra la muerte.

 

Viñeta de 'Disparen al humorista' / Darío Adanti -Astiberri

Viñeta de ‘Disparen al humorista’ / Darío Adanti -Astiberri

«La catarsis está íntimamente ligada a la comedia», dictamina el historietista de Mongolia. «Es el sentimiento del triunfo de lo humano sobre lo universal», algo que ya se veía en las comedias de Aristófanes.

 

El libro ya mencionado de Herzog también relata cómo los judíos se servían de su particular humor durante el auge, consolidación y caída del Reich, como vía de escape a su situación trágica. En Estados Unidos existe un chiste, conocido como Los Aristócratas, que cada cómico narra de una manera y donde se transgreden todos los límites imaginables: «A través de la ficción humorística nos enfrentamos a las cosas de la vida que, por sociabilización, tenemos que reprimir». Es esta otra forma, totalmente antitética a la de la corrección política, de combatir la perversión.

 

Este reportaje se publicó en la edición en papel de El Norte de Castilla el 13 de agosto de 2017.

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Expresarse en Internet (I): La poscensura
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Samuel Regueira | 13-09-2017 | 18:45| 0

Con la llegada de los nuevos tiempos políticos y el renacer tras los peores años de la crisis económica, ha surgido con fuerza un viejo debate: el de la hegemonía cultural. Las cosmovisiones de la izquierda y de la derecha pugnan por expresarse y prevalecer en un nuevo campo de batalla sin fronteras: Internet. Y bajo este clima se suceden, día tras día, linchamientos, acosos, campañas orquestadas y ataques a la libertad de expresión en uno o en otro sentido, en un fenómeno que el escritor y columnista Juan Soto Ivars ha calificado como «poscensura»: la censura horizontal, en oposición a la clásica vertical; la coordinación de fuerzas para limitar el derecho del enemigo a difundir su mensaje, sea cual sea, mientras se clama a favor de ese mismo derecho si el afectado es, precisamente, un miembro de un bando afín.

Fotografía de promoción de Juan Soto Ivars. / Debate

Fotografía de promoción de Juan Soto Ivars. / Debate

«La guerra cultural tiende a justificar la censura al enemigo», explica Soto Ivars. Un caso: el pasado año la Fiscalía solicitó dos años de cárcel para los periodistas Cruz Morcillo y Pablo Muñoz por publicar en el diario conservador ABC una conversación entre el extesorero del PP, Luis Bárcenas, y dos supuestos miembros de la mafia italiana (“camorra”). «Fue todo un ataque contra su libertad de expresión, ante el que la izquierda tuitera, habitual defensora de este derecho, permaneció callada», denuncia el escritor. Y es que en la guerra cultural nadie apoya a quien está en la trinchera de enfrente, o desde su barricada le acusarán de traidor.

Los ejemplos se multiplican si miramos al otro bando: peticiones de retirada de un spot que muestra una familia homosexual, denuncias contra exposiciones antifranquistas, protestas de sectores religiosos por «procesiones» feministas, cancelación de conciertos de rap o de grupos socialmente comprometidos… Todos ellos, además de muchos otros, fueron acosados e incluso perseguidos por la vía penal, ante el silencio de los autodenominados “políticamente incorrectos” y afines al neoliberalismo y otros movimientos reaccionarios: «Se tiene una opinión política que se comparte con el redil, y no se pueden transgredir los límites marcados», advierte Soto Ivars: «Es mucho más cómodo repetir la opinión de otro que articular la propia… o se corre el riesgo de quedar fuera del grupo». Si, citando a Sebastian Haffner en Historia de un alemán, «la camaradería es un estado de felicidad», ese estado se convierte, en las redes sociales, en un palíndromo: la ruta natural.

«Nos resulta más sencillo ser camaradas de nuestros camaradas que construir una opinión propia y pública que pueda acarrearnos que nos echen a patadas de nuestra zona de confort ideológica», sostiene el autor. Hay que balar a ritmo del rebaño, hay que ser ingenioso, hay que ser predecible… Tanto para expresarse como para censurar al otro.

Arden las redes. / Debate.

Arden las redes. / Debate.

Por ello, la poscensura no se distingue tanto de la censura tradicional, según indica el escritor: «Es arbitraria, como lo era la franquista por falta de medios, pero en este nuevo fenómeno todos son generadores de poscensura: usuarios, redes, medios…». Y a veces la comunidad se mueve por deseabilidad social, por necesidad de afiliación o por miedo a sobrepasar la línea: «Si uno tiene enemigos, ha de contar con que le van a censurar siempre», señala Soto Ivars sobre el riesgo de que todo debate se solucione mediante la etiqueta de negro o blanco. «Las polémicas entre posiciones marcadas han existido durante toda la Historia, desaparecen los grises y las dudas dejan de plantearse, porque una duda nos puede marcar, para siempre, en cualquiera de las dos picotas».

 

Redes y medios digitales, cómplices y responsables

En el comportamiento gremial de las redes sociales, mantenerse bajo el paraguas del grupo brinda grandes satisfacciones… y salirse, por su parte, acarrea consecuencias. ¿Cuál es el castigo, si se transgrede la norma? La pérdida de seguidores, el acoso, ser señalado como impostor… «Es un trago por el que muchos no quieren pasar», indica Soto Ivars. ¿Y en qué consiste el premio, si se cumplen las reglas? En el retuit de la comunidad, el Me Gusta de los contactos en Facebook, el peldaño en el estatus de celebridad digital. Un tráfico de información donde el beneficiado parece ser, indefectiblemente, el gigante de la Red.

En Arden las redes Soto Ivars cita a Víctor Balcells, que en un estudio demuestra cómo las búsquedas en Google se multiplican ante un linchamiento digital (sobre todo de usuarios anónimos), una campaña orquestada desde dentro del marco de la guerra cultural o cualquier caso de poscensura. Un valor abstracto que, en concreto, puede transformarse en miles de euros.

 

«Hoy los utopistas de la red se dividen en dos grupos: los millonarios dueños de las superplataformas y aquellos que denuncian que el sistema no es más que otra manera de lucrarse», explica el columnista. Entre estos últimos destacan Andrew Keen (Internet no es la respuesta) y Eli Pariser (El filtro burbuja: Cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos); «dos pioneros espeluznados con la deriva de los poderosos». Y es que el éxito ajeno se traduce muy bien a lo monetario en las redes sociales: «¿Cuánto dinero pudieron ganar Facebook y Twitter con el 15M?», se pregunta. «¿Cuánto se embolsan por la información de los medios? Incluso si este mismo artículo –este– aparece en la Red y se hace viral, ¿cuánto les aportamos por hacer algo cuyo éxito nos corresponde a nosotros?».

Los medios digitales también deben asumir, según el autor, cierta responsabilidad desde que manejan argucias tan reprobables como el «clickbait». Este fenómeno, de acuerdo al profesor Enrique Dans, consiste en titulares que dejan de ser informativos y se convierten en «engendros intrigantes, en un intento por conseguir clics a toda costa, en formulaciones del tipo “y no te imaginas lo que pasó después”, “no podrás dejar de mirar”, “las diez cosas que tienes que saber para”…». Los clics son visitas, y las visitas, dinero. Algo muy demandado por un gremio en crisis tanto por su modelo de negocio como por sus derechos laborales, que sacrifica el interés noticioso y, en ocasiones, la verdad misma, por las visitas a la web, como sucede con ciertos ataques a la formación Podemos de mano de medios como Okdiario, o la falsa noticia en torno a la voluntad, por parte del Gobierno, de considerar delito los “memes” (contenido viral en la Red) que el diario Público escribió en noviembre de 2016.

 

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La necesidad de cosechar tráfico también pasa por difundir polémicas digitales, especialmente en los informativos televisivos, que bajo la categoría de “noticia” adquieren un peso más significativo para todos los actores implicados. Y en ello también juega un papel relevante lo que Soto Ivars llama la «titularitis»; la costumbre en Internet de leer únicamente el titular.

«Es una nueva forma de sensacionalismo», reza Arden las redes. «Los datos confirman la teoría de que la red social crea una dinámica que nos anima a compartir rápidamente cualquier titular escandaloso, pero que nos da poco margen para pararnos a comprobar la veracidad de lo establecido».

 

Este artículo fue publicado en la edición en papel de El Norte de Castilla el 6 de agosto de 2017.

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Sobre el autor Samuel Regueira
Colaborador de El Norte de Castilla desde 2015.