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Expresarse en Internet (I): La poscensura
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Samuel Regueira | 13-09-2017 | 18:45

Con la llegada de los nuevos tiempos políticos y el renacer tras los peores años de la crisis económica, ha surgido con fuerza un viejo debate: el de la hegemonía cultural. Las cosmovisiones de la izquierda y de la derecha pugnan por expresarse y prevalecer en un nuevo campo de batalla sin fronteras: Internet. Y bajo este clima se suceden, día tras día, linchamientos, acosos, campañas orquestadas y ataques a la libertad de expresión en uno o en otro sentido, en un fenómeno que el escritor y columnista Juan Soto Ivars ha calificado como «poscensura»: la censura horizontal, en oposición a la clásica vertical; la coordinación de fuerzas para limitar el derecho del enemigo a difundir su mensaje, sea cual sea, mientras se clama a favor de ese mismo derecho si el afectado es, precisamente, un miembro de un bando afín.

Fotografía de promoción de Juan Soto Ivars. / Debate

Fotografía de promoción de Juan Soto Ivars. / Debate

«La guerra cultural tiende a justificar la censura al enemigo», explica Soto Ivars. Un caso: el pasado año la Fiscalía solicitó dos años de cárcel para los periodistas Cruz Morcillo y Pablo Muñoz por publicar en el diario conservador ABC una conversación entre el extesorero del PP, Luis Bárcenas, y dos supuestos miembros de la mafia italiana (“camorra”). «Fue todo un ataque contra su libertad de expresión, ante el que la izquierda tuitera, habitual defensora de este derecho, permaneció callada», denuncia el escritor. Y es que en la guerra cultural nadie apoya a quien está en la trinchera de enfrente, o desde su barricada le acusarán de traidor.

Los ejemplos se multiplican si miramos al otro bando: peticiones de retirada de un spot que muestra una familia homosexual, denuncias contra exposiciones antifranquistas, protestas de sectores religiosos por «procesiones» feministas, cancelación de conciertos de rap o de grupos socialmente comprometidos… Todos ellos, además de muchos otros, fueron acosados e incluso perseguidos por la vía penal, ante el silencio de los autodenominados “políticamente incorrectos” y afines al neoliberalismo y otros movimientos reaccionarios: «Se tiene una opinión política que se comparte con el redil, y no se pueden transgredir los límites marcados», advierte Soto Ivars: «Es mucho más cómodo repetir la opinión de otro que articular la propia… o se corre el riesgo de quedar fuera del grupo». Si, citando a Sebastian Haffner en Historia de un alemán, «la camaradería es un estado de felicidad», ese estado se convierte, en las redes sociales, en un palíndromo: la ruta natural.

«Nos resulta más sencillo ser camaradas de nuestros camaradas que construir una opinión propia y pública que pueda acarrearnos que nos echen a patadas de nuestra zona de confort ideológica», sostiene el autor. Hay que balar a ritmo del rebaño, hay que ser ingenioso, hay que ser predecible… Tanto para expresarse como para censurar al otro.

Arden las redes. / Debate.

Arden las redes. / Debate.

Por ello, la poscensura no se distingue tanto de la censura tradicional, según indica el escritor: «Es arbitraria, como lo era la franquista por falta de medios, pero en este nuevo fenómeno todos son generadores de poscensura: usuarios, redes, medios…». Y a veces la comunidad se mueve por deseabilidad social, por necesidad de afiliación o por miedo a sobrepasar la línea: «Si uno tiene enemigos, ha de contar con que le van a censurar siempre», señala Soto Ivars sobre el riesgo de que todo debate se solucione mediante la etiqueta de negro o blanco. «Las polémicas entre posiciones marcadas han existido durante toda la Historia, desaparecen los grises y las dudas dejan de plantearse, porque una duda nos puede marcar, para siempre, en cualquiera de las dos picotas».

 

Redes y medios digitales, cómplices y responsables

En el comportamiento gremial de las redes sociales, mantenerse bajo el paraguas del grupo brinda grandes satisfacciones… y salirse, por su parte, acarrea consecuencias. ¿Cuál es el castigo, si se transgrede la norma? La pérdida de seguidores, el acoso, ser señalado como impostor… «Es un trago por el que muchos no quieren pasar», indica Soto Ivars. ¿Y en qué consiste el premio, si se cumplen las reglas? En el retuit de la comunidad, el Me Gusta de los contactos en Facebook, el peldaño en el estatus de celebridad digital. Un tráfico de información donde el beneficiado parece ser, indefectiblemente, el gigante de la Red.

En Arden las redes Soto Ivars cita a Víctor Balcells, que en un estudio demuestra cómo las búsquedas en Google se multiplican ante un linchamiento digital (sobre todo de usuarios anónimos), una campaña orquestada desde dentro del marco de la guerra cultural o cualquier caso de poscensura. Un valor abstracto que, en concreto, puede transformarse en miles de euros.

 

«Hoy los utopistas de la red se dividen en dos grupos: los millonarios dueños de las superplataformas y aquellos que denuncian que el sistema no es más que otra manera de lucrarse», explica el columnista. Entre estos últimos destacan Andrew Keen (Internet no es la respuesta) y Eli Pariser (El filtro burbuja: Cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos); «dos pioneros espeluznados con la deriva de los poderosos». Y es que el éxito ajeno se traduce muy bien a lo monetario en las redes sociales: «¿Cuánto dinero pudieron ganar Facebook y Twitter con el 15M?», se pregunta. «¿Cuánto se embolsan por la información de los medios? Incluso si este mismo artículo –este– aparece en la Red y se hace viral, ¿cuánto les aportamos por hacer algo cuyo éxito nos corresponde a nosotros?».

Los medios digitales también deben asumir, según el autor, cierta responsabilidad desde que manejan argucias tan reprobables como el «clickbait». Este fenómeno, de acuerdo al profesor Enrique Dans, consiste en titulares que dejan de ser informativos y se convierten en «engendros intrigantes, en un intento por conseguir clics a toda costa, en formulaciones del tipo “y no te imaginas lo que pasó después”, “no podrás dejar de mirar”, “las diez cosas que tienes que saber para”…». Los clics son visitas, y las visitas, dinero. Algo muy demandado por un gremio en crisis tanto por su modelo de negocio como por sus derechos laborales, que sacrifica el interés noticioso y, en ocasiones, la verdad misma, por las visitas a la web, como sucede con ciertos ataques a la formación Podemos de mano de medios como Okdiario, o la falsa noticia en torno a la voluntad, por parte del Gobierno, de considerar delito los “memes” (contenido viral en la Red) que el diario Público escribió en noviembre de 2016.

 

titular cebo

 

La necesidad de cosechar tráfico también pasa por difundir polémicas digitales, especialmente en los informativos televisivos, que bajo la categoría de “noticia” adquieren un peso más significativo para todos los actores implicados. Y en ello también juega un papel relevante lo que Soto Ivars llama la «titularitis»; la costumbre en Internet de leer únicamente el titular.

«Es una nueva forma de sensacionalismo», reza Arden las redes. «Los datos confirman la teoría de que la red social crea una dinámica que nos anima a compartir rápidamente cualquier titular escandaloso, pero que nos da poco margen para pararnos a comprobar la veracidad de lo establecido».

 

Este artículo fue publicado en la edición en papel de El Norte de Castilla el 6 de agosto de 2017.

Sobre el autor Samuel Regueira
Colaborador de El Norte de Castilla desde 2015.