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Expresarse en Internet (y IV): El feminismo en redes
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Samuel Regueira | 08-10-2017 | 14:20

De entre todos los activismos existentes, entre todas las teorías políticas y los movimientos sociales hoy activos, el feminismo es el que mejor ha encontrado el modo de expresarse en Internet. Su internacionalidad, su agilidad para suscitar una movilización fuera de las redes y su capacidad persuasiva, de diálogo y de pedagogía le han aupado, con una velocidad vertiginosa, a una posición clave en la agenda mediática. Pero en torno a él también se cierne no solo la sombra de la censura sino, paradójicamente, la acusación, por parte de sus más fervientes detractores, de ser uno de los aparatos más potentes de intimidación, acoso y ataques a la libertad de expresión. Sus dos principales referentes dentro y fuera de la Red, la activista Barbijaputa y la periodista y escritora Nuria Varela, tratan de desmontar mitos, de denunciar diariamente el sexismo imbricado en la sociedad y de combatir a los llamados posmachistas.

Antes de convertirse en bandera del feminismo, Barbijaputa era solo el seudónimo de una azafata que contaba su vida en un blog: «Más por miedo a que mi nombre llegara a oídos de la compañía», declara; «la aviación es un mundo muy reaccionario». Cubierta su espalda, Barbi comenzó a tener una comunidad de seguidores notable a partir del 15M… pero ella aún no estaba satisfecha. Algo echaba de menos: «Por aquel entonces leía muchos artículos de feminismo que daban por hecho muchas cosas, como qué era el heteropatriarcado o en qué consistían las opresiones que sufríamos. Estaban escritos para las mujeres convencidas, y yo percibí que faltaba interpelar a los hombres, señalar de qué eran culpables…». Admite que en su momento se sintió un poco temeraria, pero hoy se encuentra cómoda en el papel que tanto admiradores como detractores le achacan como emblema en el feminismo digital: «Eso sí», señala, «para que yo haya podido convencer a otras, muchas antes me han convencido a mí».

barbijaputa

Avatar con el que se muestra en Internet la activista Barbijaputa

Pero… ¿De dónde nació su conciencia feminista? «Fueron las pequeñas cosas que nos pasan en la vida por ser mujeres las que me hicieron reaccionar», explica la autora de Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima. Un día escuchó una conversación entre dos azafatas donde una se lamentaba de tener que reducir su jornada laboral, y su salario, pese a ganar más que su pareja. En otra ocasión, percibió cómo en los campos de fútbol, espacios netamente masculinos, las gradas utilizaban cantos hirientes sobre las madres, hijas y parejas de los jugadores visitantes. «Son historias que, pese a que muestran realidades normalizadas, te rechinan», apunta. Con esta premisa empezó a presionar teclas, y a ligar así su seudónimo, indefectiblemente, al movimiento feminista.

El secreto de su éxito pasa por combinar la réplica a la actualidad con la teoría. A sus textos sobre Le Pen, los vientres de alquiler, las asesinadas por violencia de género o las declaraciones sexistas de los políticos españoles se suman artículos sobre los falsos aliados feministas, los micromachismos, la violencia simbólica o la cultura de la violación. «Hay que visibilizar cualquier cosa que nos parezca una nimiedad porque, si no lo hacemos, estaríamos negando que eso supone la base de todo lo demás».

Portada del libro de Barbijaputa: 'Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima'

Portada del libro de Barbijaputa: ‘Machismo: ocho pasos para quitártelo de encima’

Prejuicios y posmachistas

Muchos hoy aún no saben definir, con propiedad, en qué consiste exactamente este movimiento. Nuria Varela, autora de Feminismo para principiantes, lo explica: «El objetivo fundamental es acabar con el patriarcado, un sistema de desigualdad, y generar uno de igualdad». A partir de ahí, se abren campos de batalla como la violencia de género, la lucha contra la pobreza o los derechos reproductivos de las mujeres, mientras combaten prejuicios en torno a su físico y calumnias sobre un supuesto odio a los varones; marca de la casa de lo que Varela llama los neomachistas o posmachistas: «Son mucho más sutiles que los tradicionales, pero poco más cambia: tienen escasa capacidad dialéctica y se sirven de la neolengua para hallar formas mucho más sutiles de continuar discriminándonos».

En su obra Cansadas identifica varios de estos fenómenos, como el mito del amor romántico, el sincretismo de género (confinar a la mujer a los cuidados domésticos), el velo de la igualdad (mantener que hoy ya no existen los privilegios por el hecho de haber nacido hombre) o la cultura del simulacro (uso inadvertidamente sexista del lenguaje, que también documenta Yadira Calvo en su ensayo De mujeres, palabras y alfileres). «Utilizar la violencia es algo endémico en el machismo», sostiene la autora, «probablemente las feministas son las más ávidas de conocimiento, y en mis clases reclaman argumentos más contundentes para evitar esa violencia que surge en las redes».

Portada del libro de Nuria Varela 'Cansadas'

Portada del libro de Nuria Varela ‘Cansadas’

Otra de las principales acusaciones que recaen sobre el colectivo feminista es su ánimo censor en general, y a la comedia en particular. «Lo que no tenemos es sentido del humor machista», aclara Varela, para quien esta acusación implica que se está asimilando el masculino por el global. «Nos dicen que estudiamos Historia Universal pero estudiamos Historia del Hombre, se toma la parte del varón por el todo: sucede en literatura, en la universidad, en el lenguaje.. Si tú, hombre, defines qué es humor, y yo no entro en ese cuadro; no es que no tenga sentido del humor… Es que no comparto tu código». Barbijaputa enumera numerosas monologuistas del feminismo: Pamela Palenciano, Isa Calderón, Alicia Murillo, Malena Pichot, Charo López… «Ellas chocan en un ámbito donde los altavoces siempre los han tenido ellos, pueden ser tan agudas como los hombres, pero se quedan fuera de sus debates», asume.

En cuanto a los actos de protesta para impedir que humoristas como Jorge Cremades lleven a cabo sus actuaciones, Barbi aclara que en el debate se ha visto al feminismo acusado, injustamente, de querer prohibir esa clase de espectáculos: «No pedimos que sea ilegal, solo que con nuestro dinero no se pague a un tipo haciendo bolos humorísticos sobre mujeres violadas en un país donde se agrede a una de nosotras cada siete horas». En la misma línea, resulta significativo su rechazo al análisis de Juan Soto Ivars sobre estas dinámicas en Internet, así como a su neologismo poscensura: «Se ha inventado un concepto que no existe para poner al mismo nivel que una mujer pueda recibir una amenaza a que una petición ciudadana solicite no tener un humor machista». De igual modo, la activista señala que el principal problema de la poscensura pasa porque, en su defensa de la libertad de expresión, no señala esos límites ya marcados que, consensualmente, parecen estar bien donde están: «Nada dice la poscensura sobre el derecho a la publicidad de la pedofilia, o a que se emita por la televisión cierto contenido en horario infantil», apunta, maliciosa. «Fomenta lo que ya tenemos y no se atreve a problematizar en lo normalizado; tan solo en lo emergente, en aquello que puede amenazar a lo que sí afecta a lo establecido». El debate, al contrario que esta serie de reportajes, queda, de este modo, abierto.

 

Este artículo fue publicado en la edición en papel de El Norte de Castilla el 27 de agosto de 2017

Sobre el autor Samuel Regueira
Colaborador de El Norte de Castilla desde 2015.