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Autor: samuel.regueira
Expresarse en Internet (II): Los límites del humor
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Samuel Regueira | 16-09-2017 | 1:00| 0

La revista satírica francesa Charlie Hebdo sufrió un atentado en enero de 2015, donde doce personas perdieron la vida a manos de dos hermanos parisinos radicalizados en el yihadismo. Dado que la publicación había ido contando, a lo largo de distintas semanas en números anteriores, con portadas en las que bromeaba sobre Mahoma, el debate público volvió a centrarse en una pregunta tan antigua como la Historia de la Comedia: ¿Tiene límites el humor? El historietista Darío Adanti responde a esta y otras cuestiones que asoman por la discusión en su ensayo gráfico Disparen al humorista (Astiberri), un texto que reflexiona sobre la filosofía, el contexto y los mecanismos en torno a un chiste… también en las redes sociales.

 

Darío Adanti en la Feria del Libro de Madrid / Europa Press

Darío Adanti en la Feria del Libro de Madrid / Europa Press

«Con la comunicación global, un chiste puede viajar ahora fuera de contexto a cualquier parte del mundo y percibirse de otra manera, generar allí un sentimiento de indignación y que esta reacción regrese, con la misma rapidez, a su lugar de origen», expone Adanti. El contexto es la clave sin la cual un chiste se puede malinterpretar, de forma intencionada o impremeditada, una vez que se carece de alguno de los tres ingredientes básicos que lo conforman: el emisor, su público y el entorno en el que se desarrolla.

 

Este último es el primero que se desdibuja en el vertiginoso fluir de la información de la Red: «Cuando existe ese código de integración entre tú y tu público es difícil que surja la ofensa», explica el dibujante argentino. «Yo con mis paisanos puedo hacer chistes de “sudacas” y no solo no pasa nada; sino que es un gesto inclusivo que cohesiona al grupo». Fuera de esa situación, si no se comparte el código no se comparte la broma, no se entiende el chiste, surge la ofensa… «Aún hoy nos cuesta entender que otros grupos sociales cuenten con códigos distintos a los nuestros», se lamenta. Cada nación del mundo tiene su propio sentido del humor; dentro de ella, cada microgrupo de amigos, y dentro del microgrupo, cada individuo: «Es nuestra característica más universal y, a la vez, la más relativa».

 

'Disparen al humorista' / Astiberri

‘Disparen al humorista’ / Astiberri

El público, en Internet, mezcla estos conjuntos, pues ante un chiste en la Red la audiencia del usuario crece exponencialmente… y, con él, su imprevisibilidad: «Bromear con una catástrofe o una desgracia de actualidad antes quedaba reservado al círculo íntimo de amigos, lejos de cualquier afectado por el desastre al que pudiera ofender el humor». Se dice que la Comedia es Tragedia + Tiempo, es decir; que un chiste en torno a una adversidad de actualidad empieza a ser aceptable en cuanto ha pasado un duelo cómico. Pero también entra en juego la Distancia; «el tiempo de espera se reduce cuanto más lejos del humor sucede la tragedia». Ahora con las redes sociales todo es más inmediato, y se han visto acortados tanto tiempo como distancia. Con la rapidez y el alcance del mensaje aumenta la probabilidad de que este llegue a alguien que se ofenda ante las palabras del emisor.

 

Y es el cómico, precisamente, el tercer elemento a tener en cuenta en el contexto del chiste. Porque, como escribe Rudolph Herzog en su ensayo sobre la comicidad en el Tercer Reich Heil Hitler, El cerdo está muerto, un mismo chiste sobre el Holocausto varía si lo cuenta un alemán o un judío; el primero reviste cierta superioridad soberbia; el segundo, una dignidad como víctima: «Sucede lo mismo cuando las activistas feministas se apropian del término “feminazi” para autodefinirse, o las personas gays se llaman “maricón”; utilizan las palabras que se usan contra ellas y se empoderan al dotarlas de un nuevo significado», ejemplifica Adanti.

 

'Heil Hitler, El cerdo está muerto'. / Capitán Swing

‘Heil Hitler, El cerdo está muerto’. / Capitán Swing

«El machismo, el racismo o el fascismo no desaparecerán si perseguimos los chistes», advierte el escritor, alarmado ante cómo se pide cada vez más a las fuerzas del orden y la ley que se sancionen penalmente manifestaciones de humor como la de los titiriteros en 2016 (que en una ficción mostraban la pancarta ‘Gora Alka Eta’) o los tuits de Cassandra Vera (sobre Carrero Blanco), del líder de Def Con Dos, César Strawberry (sobre Ortega Lara y la Corona), y del concejal Guillermo Zapata (sobre Irene Villa), esta última en un debate, precisamente, sobre los límites del humor: «Diferenciar quién integra y quién desprecia con un chiste solo lo sabe quien comparte el código, y un juez no tiene manera de evaluar eso fuera de un contexto», dice el humorista, quien tampoco es ajeno a que parte de esta polémica descansa en la guerra cultural.

 

Ya sea la corrección política enarbolada contra el conservadurismo de los vídeos de Jorge Cremades, o el alarmismo reaccionario ante las sátiras políticas del izquierdista Facu Díaz, para Adanti «todo pasa por una mixtificación excesiva de la palabra». Según el cómico, hay que poner el punto de mira en la educación, en crear ciudadanos concienciados que entiendan que las desgracias no desaparecen si se las deja de nombrar (las escaladas de violencia contra afroamericanos en Estados Unidos se mantienen al alza pese a que el país procura evitar la palabra “negro”). Adanti acude a la raíz del problema: disparen al racismo, disparen a los vetos que quedan de franquismo, disparen al machismo imbricado en la sociedad… Pero, por encima de todo, no disparen al humorista.

 

La risa como catarsis ante el dolor

Si el humor costumbrista muestra el error en las convenciones sociales, el humor absurdo refleja la derrota de la razón y el poshumor supone la caída del humor; el humor negro es el fracaso de la muerte, del drama humano y el dolor colectivo. Enarbolarlo frente a una catástrofe supone un momento liberador y de gran desahogo. Como dice Adanti en Disparen al humorista, «en toda gran tragedia hay alguien que se convierte en el primero en ejercer la comicidad cuando el resto considera que aún no es el momento de hacerlo». Superado el duelo cómico, el tabú se ve transgredido, y la vida vence, a través de la risa, en la batalla contra la muerte.

 

Viñeta de 'Disparen al humorista' / Darío Adanti -Astiberri

Viñeta de ‘Disparen al humorista’ / Darío Adanti -Astiberri

«La catarsis está íntimamente ligada a la comedia», dictamina el historietista de Mongolia. «Es el sentimiento del triunfo de lo humano sobre lo universal», algo que ya se veía en las comedias de Aristófanes.

 

El libro ya mencionado de Herzog también relata cómo los judíos se servían de su particular humor durante el auge, consolidación y caída del Reich, como vía de escape a su situación trágica. En Estados Unidos existe un chiste, conocido como Los Aristócratas, que cada cómico narra de una manera y donde se transgreden todos los límites imaginables: «A través de la ficción humorística nos enfrentamos a las cosas de la vida que, por sociabilización, tenemos que reprimir». Es esta otra forma, totalmente antitética a la de la corrección política, de combatir la perversión.

 

Este reportaje se publicó en la edición en papel de El Norte de Castilla el 13 de agosto de 2017.

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Expresarse en Internet (I): La poscensura
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Samuel Regueira | 13-09-2017 | 12:23| 0

Con la llegada de los nuevos tiempos políticos y el renacer tras los peores años de la crisis económica, ha surgido con fuerza un viejo debate: el de la hegemonía cultural. Las cosmovisiones de la izquierda y de la derecha pugnan por expresarse y prevalecer en un nuevo campo de batalla sin fronteras: Internet. Y bajo este clima se suceden, día tras día, linchamientos, acosos, campañas orquestadas y ataques a la libertad de expresión en uno o en otro sentido, en un fenómeno que el escritor y columnista Juan Soto Ivars ha calificado como «poscensura»: la censura horizontal, en oposición a la clásica vertical; la coordinación de fuerzas para limitar el derecho del enemigo a difundir su mensaje, sea cual sea, mientras se clama a favor de ese mismo derecho si el afectado es, precisamente, un miembro de un bando afín.

Fotografía de promoción de Juan Soto Ivars. / Debate

Fotografía de promoción de Juan Soto Ivars. / Debate

«La guerra cultural tiende a justificar la censura al enemigo», explica Soto Ivars. Un caso: el pasado año la Fiscalía solicitó dos años de cárcel para los periodistas Cruz Morcillo y Pablo Muñoz por publicar en el diario conservador ABC una conversación entre el extesorero del PP, Luis Bárcenas, y dos supuestos miembros de la mafia italiana (“camorra”). «Fue todo un ataque contra su libertad de expresión, ante el que la izquierda tuitera, habitual defensora de este derecho, permaneció callada», denuncia el escritor. Y es que en la guerra cultural nadie apoya a quien está en la trinchera de enfrente, o desde su barricada le acusarán de traidor.

Los ejemplos se multiplican si miramos al otro bando: peticiones de retirada de un spot que muestra una familia homosexual, denuncias contra exposiciones antifranquistas, protestas de sectores religiosos por «procesiones» feministas, cancelación de conciertos de rap o de grupos socialmente comprometidos… Todos ellos, además de muchos otros, fueron acosados e incluso perseguidos por la vía penal, ante el silencio de los autodenominados “políticamente incorrectos” y afines al neoliberalismo y otros movimientos reaccionarios: «Se tiene una opinión política que se comparte con el redil, y no se pueden transgredir los límites marcados», advierte Soto Ivars: «Es mucho más cómodo repetir la opinión de otro que articular la propia… o se corre el riesgo de quedar fuera del grupo». Si, citando a Sebastian Haffner en Historia de un alemán, «la camaradería es un estado de felicidad», ese estado se convierte, en las redes sociales, en un palíndromo: la ruta natural.

«Nos resulta más sencillo ser camaradas de nuestros camaradas que construir una opinión propia y pública que pueda acarrearnos que nos echen a patadas de nuestra zona de confort ideológica», sostiene el autor. Hay que balar a ritmo del rebaño, hay que ser ingenioso, hay que ser predecible… Tanto para expresarse como para censurar al otro.

Arden las redes. / Debate.

Arden las redes. / Debate.

Por ello, la poscensura no se distingue tanto de la censura tradicional, según indica el escritor: «Es arbitraria, como lo era la franquista por falta de medios, pero en este nuevo fenómeno todos son generadores de poscensura: usuarios, redes, medios…». Y a veces la comunidad se mueve por deseabilidad social, por necesidad de afiliación o por miedo a sobrepasar la línea: «Si uno tiene enemigos, ha de contar con que le van a censurar siempre», señala Soto Ivars sobre el riesgo de que todo debate se solucione mediante la etiqueta de negro o blanco. «Las polémicas entre posiciones marcadas han existido durante toda la Historia, desaparecen los grises y las dudas dejan de plantearse, porque una duda nos puede marcar, para siempre, en cualquiera de las dos picotas».

 

Redes y medios digitales, cómplices y responsables

En el comportamiento gremial de las redes sociales, mantenerse bajo el paraguas del grupo brinda grandes satisfacciones… y salirse, por su parte, acarrea consecuencias. ¿Cuál es el castigo, si se transgrede la norma? La pérdida de seguidores, el acoso, ser señalado como impostor… «Es un trago por el que muchos no quieren pasar», indica Soto Ivars. ¿Y en qué consiste el premio, si se cumplen las reglas? En el retuit de la comunidad, el Me Gusta de los contactos en Facebook, el peldaño en el estatus de celebridad digital. Un tráfico de información donde el beneficiado parece ser, indefectiblemente, el gigante de la Red.

En Arden las redes Soto Ivars cita a Víctor Balcells, que en un estudio demuestra cómo las búsquedas en Google se multiplican ante un linchamiento digital (sobre todo de usuarios anónimos), una campaña orquestada desde dentro del marco de la guerra cultural o cualquier caso de poscensura. Un valor abstracto que, en concreto, puede transformarse en miles de euros.

 

«Hoy los utopistas de la red se dividen en dos grupos: los millonarios dueños de las superplataformas y aquellos que denuncian que el sistema no es más que otra manera de lucrarse», explica el columnista. Entre estos últimos destacan Andrew Keen (Internet no es la respuesta) y Eli Pariser (El filtro burbuja: Cómo la web decide lo que leemos y lo que pensamos); «dos pioneros espeluznados con la deriva de los poderosos». Y es que el éxito ajeno se traduce muy bien a lo monetario en las redes sociales: «¿Cuánto dinero pudieron ganar Facebook y Twitter con el 15M?», se pregunta. «¿Cuánto se embolsan por la información de los medios? Incluso si este mismo artículo –este– aparece en la Red y se hace viral, ¿cuánto les aportamos por hacer algo cuyo éxito nos corresponde a nosotros?».

Los medios digitales también deben asumir, según el autor, cierta responsabilidad desde que manejan argucias tan reprobables como el «clickbait». Este fenómeno, de acuerdo al profesor Enrique Dans, consiste en titulares que dejan de ser informativos y se convierten en «engendros intrigantes, en un intento por conseguir clics a toda costa, en formulaciones del tipo “y no te imaginas lo que pasó después”, “no podrás dejar de mirar”, “las diez cosas que tienes que saber para”…». Los clics son visitas, y las visitas, dinero. Algo muy demandado por un gremio en crisis tanto por su modelo de negocio como por sus derechos laborales, que sacrifica el interés noticioso y, en ocasiones, la verdad misma, por las visitas a la web, como sucede con ciertos ataques a la formación Podemos de mano de medios como Okdiario, o la falsa noticia en torno a la voluntad, por parte del Gobierno, de considerar delito los “memes” (contenido viral en la Red) que el diario Público escribió en noviembre de 2016.

 

titular cebo

 

La necesidad de cosechar tráfico también pasa por difundir polémicas digitales, especialmente en los informativos televisivos, que bajo la categoría de “noticia” adquieren un peso más significativo para todos los actores implicados. Y en ello también juega un papel relevante lo que Soto Ivars llama la «titularitis»; la costumbre en Internet de leer únicamente el titular.

«Es una nueva forma de sensacionalismo», reza Arden las redes. «Los datos confirman la teoría de que la red social crea una dinámica que nos anima a compartir rápidamente cualquier titular escandaloso, pero que nos da poco margen para pararnos a comprobar la veracidad de lo establecido».

 

Este artículo fue publicado en la edición en papel de El Norte de Castilla el 6 de agosto de 2017.

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Sobre el autor Samuel Regueira
Colaborador de El Norte de Castilla desde 2015.