LAS NINFAS

De vez en cuando hay que volver a Francisco Umbral. Resulta tan inevitable como desolador. Uno se siente como el asesino que regresa al lugar del crimen. Los que nos dedicamos a juntar letras y escribir historias nos damos cuenta de que Umbral estaba en otra liga. Umbral posiblemente sea, con permiso de Valle Inclán, el escritor más fastuoso de nuestra literatura. Por eso, uno regresa a Umbral cada poco. Esta vez le ha tocado el turno a “Las ninfas”, novela con la que ganó el Premio Nadal de 1975 y que forma parte de los que se ha venido en denominar “novelas vallisoletanas”, aquellas que escribió el maestro rememorando su infancia y adolescencia en Valladolid, la ciudad provinciana de tedio y plateresco en la que vivió hasta que se trasladó a Madrid a los 29 años.  En “Las ninfas” hay un poco de todo, la habitual prosa magistral y deslumbrante de Umbral, el adolescente que aspira a ser sublime sin interrupción y por el camino se enreda en las faldas de una mujer, el joven empleado de melena, deudas  y guantes amarillos que pasea su dandismo por el blanco neblinoso del Pisuerga, los recuerdos de noches de verano memorables donde al negro se le transparenta el azul, el retrato del adolescente de provincias que se zambulle en la literatura, en el sexo, en la vida y, por supuesto, Umbral tosiendo metáforas en cada renglón. También hay bailaoras, pescadoras, escritores de provincia (algunos muy reconocibles), el primer beso/el primer amor, una gitana limpia pintada de piel roja, la femme fatale del barrio sacrificada en un particular auto de fe provinciano, personajes lumpen algo valleinclanescos (Empédocles, Teseo, Diótima) y un personaje imborrable como Cristo Teodorico. Y sí, por supuesto, la niebla del Pisuerga es la atmósfera de “Las ninfas”.

“Me gustaba el mercado por fuera, con su acumulación de obreros, meretrices, encantadores de serpientes, exploradores apócrifos que vendían productos exóticos y montañeros igualmente apócrifos que habían bajado de las cumbres saludables con el caramelo de los Alpes para la tos… Y el mercado, que había sido el lugar de mis odios, se fue transformando así en el lugar de mis sueños, y las frutas se encendieron como luces, y los pescados se volvieron de plata, y las naranjas de oro, y la carne era como un tributo sangriento a mi diosa, y todo era una fiesta donde los vegetales perfumaban intensamente, los panes eran panes de oro y los quesos eran eunucos que codiciaban a mi reina, presos en sus vitrinas de cristal”.

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El Norte de Castilla

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