DEBRIGODE Y EL GALANTE AVENTURERO

Publicado en la revista Atticus nro. 35

Para muchos es el más importante autor de la novela popular española, incluso por encima de los afamados Lafuente Estefanía, Mallorquí o Corín Tellado. Para muchos es el máximo representante del pulp hispano. Para muchos es el autor por antonomasia de la novela de aventuras escrita en español, a la altura del mismísimo Alejandro Dumas. Muchos, en fin, comienzan a reivindicarle como el verdadero padre de la novela negra española. Y, sin embargo, después de todos esos muchos, ¿cuántos ningunos hay que conozcan realmente a Pedro Víctor Debrigode Duggi?

Hablar de la novela popular en España es adentrarse en territorio comanche. Bien es sabido que los guardianes del fuego sagrado de la alta literatura han despreciado sistemáticamente en España la novela popular en cualquiera de sus variantes emparentadas todas ellas con la literatura de consumo. Cualquier título que oliese a pulp, novela por entregas o folletín era sistemáticamente menospreciado y, para los críticos con pretensión de trascendencia, esas novelas que leían millones de personas no eran más que subliteratura o, directamente, bazofia. Ni siquiera el paso del tiempo y la reivindicación que en otros lugares se ha hecho de muchos de estos maestros de la novela popular ha servido para que en España se reconociese el valor de algunos autores. Ya sabemos que Conan Doyle, o Wilkie Collins, o H. G. Wells, o Alejandro Dumas, o Julio Verne, o Emilio Salgari han sido rescatados en sus respectivos países y, hoy por hoy, son considerados auténticos clásicos. Eso por no hablar de tantos y tantos novelistas estadounidenses del pulp de los años 30 y 40 del siglo pasado que ahora son auténticamente venerados, desde Raymond Chandler a Lovecraft pasando por Bradbury, Philip K. Dick o Dashiell Hammett. En España, sin embargo, seguimos aferrados a la rancia, elitista y soberbia actitud de considerar que los autores de novela popular no merecen formar parte de nuestra Historia de la Literatura. Algo que constituye, además de una arrogancia insufrible, un evidente desconocimiento de lo que verdaderamente escribieron algunos de aquellos autores a los que el ritmo de trabajo impuesto en condiciones casi esclavistas por parte de las editoriales les obligaba a escribir tres o cuatro novelas al mes. A pesar de ello, hubo algunos escritores que destacaron sobre el resto porque realmente eran novelistas sobresalientes. Uno de ellos, quizá el más significado, fue Pedro Debrigode.

De padre francés y madre corsa, Pedro Víctor Debrigode Duggi nació en Barcelona en 1914. Estudió Derecho aunque no pudo terminar la carrera por culpa de la Guerra Civil y, como tantos otros, se vio envuelto en una guerra que no era la suya (“no soy rojo ni azul, soy un cachondo y la política me tiene sin cuidado”). Recorrió algunos de los frentes más conflictivos y finalmente, de forma algo rocambolesca, fue acusado de abandono de destino, malversación de caudales y espionaje, entrando en prisión. En la cárcel desafió a un amigo que leía novelas tipo bolsilbros. Lo hizo con un comentario despectivo, de ésos que tanto utilizan los que desconocen el género. Se apostó con él una caja de coñac a que conseguiría escribir una. Tardó tres meses pero lo hizo. Se trataba de una novela romántica. Fue el inicio del mito Debrigode y la primera de más de mil novelas.

Debrigode era culto, políglota, nocherniego, pícaro y gran viajero. Llevaba siempre varios relojes porque, como escribía varias novelas a la vez y los protagonistas podían estar en cualquier lugar del mundo, necesitaba saber la hora que era en cada uno de los escenarios con los que estaba trabajando. Le gustaba el juego (carreras de caballos, frontón, póquer, quinielas) y era un fanático del cine, del ajedrez y del boxeo. Llegó a tener como mascota una mona de Madagascar y fue el artífice de una obra descomunal que aportó luz, aventura y esperanza a varias generaciones de la España gris de posguerra. Dueño de una imaginación portentosa y de un lenguaje exquisito, cuenta la leyenda que escribió una novela en 24 horas y se la dictó por teléfono al linotipista. Cuando se lo comentaban, él se indignaba y decía que eso era falso, que la dictó directamente y que fueron siete horas.

Era Debrigode un escritor anárquico dotado de un prodigioso talento y de una asombrosa capacidad para fabular y para ambientar sus historias en cualquier parte del mundo. En sus novelas lo más importante era el ritmo. Los fuegos artificiales sobraban así como las descripciones premiosas y la caracterización psicológica de los personajes. Aun así, su maestría le llevaba a, en apenas un par de pinceladas, abocetar con destreza única a la mayoría de sus personajes. Defendía a capa y espada la literatura popular porque el tipo de novelas que escribía necesitaba toneladas de imaginación además de un tremendo oficio. Su estilo directo, en el que primaba la acción por encima de todo, no le impidió regalarnos unas novelas estilísticamente muy cuidadas y, en ocasiones, con un léxico que, dadas las prisas con las que debía entregar cada novela, resultaba auténticamente milagroso. Era, además, generoso y pulcro en sus textos. “Los correctores apreciaban muchos sus obras porque en ellas no había ninguna falta, ninguna exactitud, ningún fallo. De hecho, Debrigode les regalaba el dinero que él tanto necesitaba”. Eso decía de él Francisco González Ledesma, alias Silver Kane, el otro gran maestro del pulp hispano.

Intentar realizar una pequeña aproximación a la descomunal obra de Debrigode resulta tarea ímproba, entre otras cosas por el desprecio y el desdén en el que siempre se ha movido este tipo de literatura. Felizmente en los últimos años, y gracias al empeño de algunos autores, como Salvador Vázquez de Parga o Jesús Cuadrado, entre otros, se está llevando a cabo un intento por recuperar la obra de algunos de estos escritores que vendieron en los quioscos millones y millones de aquellas novelas. En el caso concreto de Pedro Debrigode, justo es citar a Joan Manuel Soldevilla, sobre todo por sus imprescindibles blogs dedicados a “Peter Debry, padre de la novela negra”, y a “El galante aventurero”.

Antes de nada hay que hacer constar que una de las características más llamativas en el mundo de la literatura popular y más concretamente en lo que con posterioridad se denominó universo de los bolsilibros es que a los autores que formaron parte de él les impidieron escribir con su propio nombre. Casi siempre por motivos políticos (la mayoría de los novelistas eran represaliados, habían sido encarcelados y eran mal vistos por la autoridad) o por motivos puramente comerciales (los editores pensaban que un nombre de resonancia anglosajona tenía más posibilidades de vender). En el caso de Pedro Víctor Debrigode Duggi se da la curiosa circunstancia de que su propio nombre ya parecía un seudónimo y tenía una resonancia y pomposidad realmente llamativas. Por eso, él llegó a firmar algunas de sus obras, incluso alguna de sus series, con su verdadero nombre. O con él ligeramente modificado (Debrigaw). Sin embargo, la inmensa mayoría de sus novelas salieron a la calle con distintos seudónimos (Vic Peterson, Arnold Briggs, Geo Dugan, Chas Logan, Peter Briggs, Geo Marvik) aunque fueron dos de ellos los que acapararon el mayor número de novelas y seguramente las de mayor calidad: Peter Debry para las novelas policíacas y Arnaldo Visconti para las novelas de aventuras.

Como ya se ha dicho, Debrigode empezó a escribir cuando todavía estaba en la cárcel y ya en esos primeros tiempos aparecieron, por ejemplo, seis novelas policíacas en la colección Guante Blanco o tres en la colección La huella. Sin embargo, muy pronto comenzó a publicar novelas por sagas que convirtieron a Debrigode en el escritor más seguido y más leído. Algunas de estas series fueron “Red Colt, el Ametrallador”, “El Fantasma”, “Audax”, “El Pirata Negro”, “Diego Montes”, “El Halcón”, “El Aguilucho”, “Capitán Pantera” o la que para muchos estudiosos es su obra maestra, “El Galante Aventurero”.

Un repaso muy superficial por algunas de las series que Debrigode escribió nos permite vislumbrar el torrencial e inagotable ingenio de nuestro autor. “Red Colt, el ametrallador” apareció en seis números publicados por Bruguera en 1945 dentro de la colección “Superhombres”, y en ellos nos encontramos con las aventuras de Red Colt, un hombre que dedica su vida a vengar el asesinato de su esposa alcanzada por el fuego cruzado de dos bandas de gánsteres rivales. “El Fantasma”, igualmente dentro de la colección “Superhombres”, se publicó en el año 1946 a lo largo de cuatro novelas, constituyendo una revisión muy lograda, desenfadada, hiperbólica y algo irreverente del archifamoso personaje de “La Sombra”. “Audax” apareció protagonizando seis números durante el año 1946 y con esta serie nos adentramos en las aventuras de Lord King, un ladrón de guante blanco que actúa contra el mundo del hampa en Nueva York. “El Pirata Negro” es la serie más larga y la que más fama proporcionó a Debrigode, incluso fuera de nuestras fronteras, convirtiéndose en una de las mejores colecciones de aventuras que jamás se haya escrito y que durante muchos años encendió la imaginación de cientos de miles de lectores. Hablamos de una monumental saga de novelas (85 entregas publicadas entre 1946 y 1949, aunque posteriormente, dentro de la colección Iris, aparecieran cuatro números más relatando los orígenes del protagonista) llena de personajes memorables que gravitan alrededor de la figura de Carlos Lezama, el Pirata Negro. Un escenario magnético (el del mar Caribe repleto de piratas) servía de punto de partida a unas aventuras escritas, a pesar del frenético ritmo de entrega, con una prosa muy cuidada: un lenguaje entre shakesperiano y valleinclanesco pasado, eso sí, por la túrmix del Stevenson más burlón y aventurero. Subirnos  a bordo del Aquilón y experimentar de nuevo el escalofrío de una lectura magnética, el torrencial placer que sólo se siente en las lecturas de juventud, no tiene precio. La culpa es de un pirata arrogante, valeroso, apuesto, adulador  y con una verborrea y un sentido de la justicia superlativos. También un sentimental al que la mordedura de la pasión convierte, por culpa de la hermosa aristócrata y corsaria Jacqueline de Brest, en un hombre con debilidades. Aquellas aventuras las firmó Debrigode con el seudónimo de Arnaldo Visconti, rescatado de un personaje de una de sus primeras novelas (“El visitante nocturno”), y que acabaría por convertirse en su divisa más reconocible y recordada en el terreno de la novela de aventuras.

Ambientadas en los peligrosos mares de Indonesia, China y Java, aparecieron durante el año 1948 las aventuras del “Capitán Pantera” (editorial Lux) a lo largo de 10 números narrando las hazañas de Ross Maloney, un joven americano capitán de la nave Furia, que se dedica al comercio y al contrabando. Una mezcla vertiginosa y entretenidísima de aventuras de piratas, cosacos del Volga, indios hurones y cazadores de Canadá caracterizó la serie “Pabellón Negro” (1950), que apareció en ediciones Toray a lo largo de ocho novelas completamente independientes unas de otras. “El Halcón” es otra serie formada por 10 novelas (más cuatro suplementarias aparecidas en la colección Iris) que nos regalaba las aventuras de Rock Gambler, un aventurero amante del póker y el boxeo, a principios de la guerra de Secesión norteamericana. “Diego Montes”, descendiente directo de Carlos Lezama, el Pirata Negro, es otra de las series más renombradas de Debrigode. Se publicaron seis novelas durante el año 1946 más otras cuatro en la colección Iris en el año 1952, relatando las aventuras de Diego de Ferblanc y Alfaro, hijo de un noble cordobés, convertido en bandolero contra los invasores napoleónicos durante la Guerra de la Independencia. Y, por fin, antes de adentrarnos con “El galante aventurero”, recordar la fantástica serie de “El Aguilucho” (1952) que apareció también en forma de cuatro novelas en la colección Iris. Ambientada en el siglo XVIII en exóticos parajes asiáticos, y protagonizada por Dick Mendoza, un problemático español criado en la India, esta serie apareció en un momento en el que Debrigode había alcanzado la perfección de sus habilidades narrativas.

Llegados a este punto hay que reseñar que el mundo de la novela popular española estaba a punto de sufrir una auténtica revolución. Algunas de estas últimas series de Debrigode, a pesar de la increíble maestría que rezumaban por los cuatro costados y de que el particular e hipnótico estilo Debrigode había alcanzado un punto de perfección pocas veces visto, no tuvieron el éxito esperado. Las editoriales, especialmente Bruguera que estaba comenzando a acaparar el mercado, comprendieron que los gustos de los lectores habían cambiado y que el público no demandaba ya sagas ni personajes repetitivos. Fue a partir de esta época, más o menos, cuando se decidieron todas las editoriales a abandonar el formato pulp (tipo cuadernillo 20×15, con texto a dos columnas y algunas ilustraciones intercaladas) por el formato que se conocería como bolsilibro (15×10) donde se comenzarían a publicar novelas autoconclusivas y completamente independientes. En este nuevo formato y en esta nueva etapa, Debrigode fue también punta de lanza y autor estrella convirtiéndose, sin ir más lejos, en el encargado de inaugurar la, probablemente, más famosa de las colecciones de bolsilibros de Bruguera, “Servicio Secreto”, en la que se llegaron a publicar casi 1.800 novelas, todas ellas policiacas, de suspense y de espías.

En esta nueva época, Debrigode abandonó los largos seriales para publicar novelas independientes:  novelas del oeste, alguna novela romántica y muchas novelas policiacas, la mayoría bajo el nuevo seudónimo estrella (Peter Debry). Y fue entonces cuando, gracias a sus memorables aportaciones en el género policiaco y a su gran conocimiento de la novela negra americana, comenzaría a labrarse un prestigio que muchos años más tarde ha conducido a que, por parte de bastantes estudiosos, Debrigode sea considerado el verdadero padre de la novela negra española. Pero ésa es otra historia (que algún día habrá que contar). Y es que aquí hemos venido a hablar de “El galante aventurero”, Luys Gallardo, bandolero y trovador, embustero y bailarín, el héroe de los héroes creado por el genio Debrigode, una obra maestra de la novela popular, dos mil páginas distribuidas en veinte novelas cortas con decenas de personajes inolvidables, damas maravillosas y/o perversas, pícaros indomables, innombrables traidores, asesinos disfrazados de murciélagos, malvados peligrosos, bufones sanguinarios, habilidosos espadachines, tiranos taimados y crueles, diálogos ingeniosísimos, tramas entretenidas, un ritmo frenético de pim, pam, pum, fuego, resurrecciones milagrosas, sociedades secretas, puzles fantasiosos de historias entremezcladas, conspiraciones terribles, tétricas cárceles venecianas que sirven de escenario para reencuentros imposibles, alquimistas y jorobados paseando por los canales en busca de cadáveres, espías de todos los colores y sabores, bebedizos que provocan muertes falsas, venganzas cocinadas a fuego lento, juegos de máscaras, disfraces continuos, secretos inconfesables, damas que conspiran en góndolas rosas, niñas huérfanas que crecen con fama de brujas, bandidos bohemios que envían anillos que preceden a la muerte, banqueros corruptos, nigromantes traidores, historias ejemplares y galantes, suplantación de identidades, islas con sirenas que no son lo que parecen, Córcega, Capri, Sicilia y Venecia pasadas por el filtro de la magia y la aventura, una ópera de capa y espada ambientada en el Renacimiento italiano, el Quijote en clave de quiosco, aventuras, aventuras y más aventuras, el placer de volver a leer con la pasión de los doce años, un folletín por el que habría matado Alejandro Dumas, el universo transformado en una prodigiosa biblioteca, el libro convertido en un paraíso artificial, la isla del tesoro travestida en palabras mágicas, la cueva de Alí Babá, ábrete Sésamo, el galante aventurero al rescate, el aventurero galante on fire, el éxtasis de la aventura…

Toda esta catarata de sensaciones vomitadas de golpe al calor de lo que uno ha sentido tras leer las 20 novelas que constituyen la que, quizá, sea la serie más perfecta y memorable de Debrigode, no es nada más que la punta del iceberg de lo que el maestro Arnaldo Visconti nos regaló allá por el año 1949, cuando los españolitos de entonces, sumidos en la gris y triste posguerra, se encontraron en los quioscos la siguiente propaganda anunciando una nueva colección:

“¡Todo por mi dama…! es el romántico lema de Luys Gallardo, el galante aventurero. ¡El más prodigioso personaje creado jamás por la fantasía humana! Una figura novelística sin precedentes que cobra existencia real y vive portentosos episodios de lucha, amor o intriga, gracias a la avasalladora y fértil imaginación de Arnaldo Visconti, el genial y popularísimo novelista, autor de El Pirata Negro.

En el ambiente fastuoso, apasionado, exótico y desenfadado de la Italia del Renacimiento, con sus cortesanos venales, sus mujeres bellísimas, sus frívolos príncipes, sus bandidos y piratas, sus espadachines y aventureros, sus nigromantes y conspiradores, triunfa como un meteoro deslumbrante EL GALANTE AVENTURERO. Atraviesa los más letales peligros, escala los palacios de las bellas, humilla al orgulloso, castiga al malvado, ayuda a los enamorados y, con una sonrisa en los labios, se enfrenta con la muerte misma”.

Parecía claro que Bruguera estaba muy segura del producto que lanzaba su autor estrella. La serie se prolongó durante seis meses a lo largo de 20 entregas, todas ellas al precio de 4 pesetas y con estupendas y coloristas portadas de Provensal. Las novelas, rondando las 125 páginas, con alguna ilustración interior en blanco y negro, venían presentadas en formato 15×11, un detalle que ya preludiaba el irresistible desembarco de los bolsilibros.

La acción se iniciaba en Córcega y recorría, a lo largo de los 20 números, otros escenarios como Capri, Sicilia y Venecia. De hecho, a pesar del carácter unitario de toda la obra (que no deja de ser una monumental novela de 2.000 páginas dividida en 20 grandes capítulos), “El Galante Aventurero” se puede dividir en cuatro grandes ciclos. El primero, el ciclo corso, agruparía las diez primeras novelas; el segundo, el ciclo de Capri, abarcaría las entregas once, doce y trece; el tercero, el ciclo siciliano, protagonizaría las novelas catorce y quince; y, finalmente, el cuarto, el ciclo veneciano, pondría el punto final a la saga con las cinco últimas entregas.

A principios del siglo XVI en Córcega, una isla en guerra con genoveses y franceses, reina un famoso y temido bandido, Dago Corsi. Y es allí, en ese auténtico hervidero de puñales, nido de espías y cobijo de bandidos, donde aterriza nuestro héroe, un juglar vagabundo de nombre Luys Gallardo al que acompaña, al más puro estilo de los héroes de caballería, el piamontés Bembo, un escudero bonachón, torpe y asustadizo. Es Luys Gallardo un tipo fuerte, ágil, leal, noble, ingenuo, romántico, alguien que lanza dagas como nadie, un trovador con bella voz, capa roja corta y siempre laúd en bandolera. Un hombre valiente y temerario cuya única razón de vivir es cantar madrigales en busca de un amor y pelear con alegre ferocidad. Muy pronto descubrimos, además, que su auténtica obsesión es defender a los oprimidos e implantar justicia allá por donde le lleva su laúd de plata. En la primera novela el conflicto estalla al descubrir que todo el mundo le confunde con el bandido Dago Corsi, ya que como muy pronto descubre, son idénticos físicamente. Aprovechando la circunstancia, Luys Gallardo se enfrenta a Corsi y decide suplantarlo. Por el camino van apareciendo piratas como Abdul Hamez que quiere conquistar la isla, dos poderosas y atractivas hermanas que coordinan la defensa de la isla ante los invasores (Altiera y Alicia de Montemar), un valeroso y feroz condottiero (Ugo Paolo Renzo “Faciatosta”) enamorado de Altiera y con dos conflictivos hermanos, un emisario de Abdul Hamez que resulta ser un gallardo español renegado (Delfín Lechuga), un enigmático personaje, Dom Corpacho, el peregrino de los lobos, que conoce el secreto de la semejanza de los dos protagonistas y que preludia la aparición de otro no menos enigmático personaje conocido como El hidalgo lunático.

Paralelamente a todo ello se va gestando el intento de invasión de la isla por parte de franceses y genoveses, coordinados por Barnabó Lieto, de la Banca de San Jorge de Génova, que trabaja con personajes tenebrosos y pérfidos como Viviane d’Aurigny y Charles Mombray, todos ellos moviéndose alrededor de una siniestra organización secreta, que compra mercenarios y urde y teje conspiraciones, conocida como El Pulpo. Por el camino aparecen más y más personajes que hábilmente van entrando en escena acaparando simpatías y protagonismo, como Sans Merci, apodo de Erick von Merck, un fiero guerrero que se oculta siempre bajo una armadura, o el gascón Bruyan Lartiguers, que acabará convirtiéndose en la mano derecha de Luys Gallardo.

El ciclo de Capri comienza en la entrega número once cuando, resuelto el conflicto en Córcega, el galante aventurero se embarca en el Dardo y llega a una isla con sirenas que no son más que mujeres disfrazadas que se han refugiado allí huyendo de la cruel familia Trozzi que tiene atemorizada a la isla de Capri. Durante tres novelas asistimos a la lucha de Luys Gallardo por restablecer la justicia en aquel lugar. Aparecerán más y más personajes, incluidos una enigmática mujer con máscara veneciana o un bandido bohemio húngaro. El final de este ciclo resultará traumático con la muerte de algunos de los principales colaboradores de Luys Gallardo. Para olvidarlo, el Dardo volverá a zarpar hasta llegar a la costa de Sicilia donde se desarrollarán nuevas y excitantes aventuras protagonizadas por una joven (Inocentina), de presunto origen griego, que naufragó dieciséis años atrás en las costas de Sicilia y que ha crecido con fama de bruja. Para concluir, el ciclo final correspondiente a las últimas cinco entregas de la saga, nos lleva hasta la señorial y enigmática Venecia. Allí Luys Gallardo tendrá que desenmascarar a Guido Mancini y Galeazzo Muzio, los dos hombres que controlan la ciudad. Alrededor de ellos, la bella huérfana Hermosilla a quien el poderoso Mancini no para de acosar, el intrigante Loredan Corvineli que lleva años intentado vengar la muerte de su hermana o el temible Revers d’Estoc que busca a su padre para asesinarlo. Pero también están las llamadas Damas de la noche que traman conspiraciones desde su góndola rosa, el alquimista Giano Broffa y el jorobado Querubini que buscan cadáveres en los canales para hacer prácticas de embalsamamiento o una extravagante compañía teatral de Arlequines y Polichinelas. Y muchos más personajes que han ido salpicando toda la saga y que sería casi imposible reducir aquí en unas pocas palabras. La verdad es que no existen adjetivos para calificar esta auténtica obra maestra de la novela popular, esta ópera de capa y espada donde decenas de personajes no paran de entrar y salir de  escena. Arnaldo Visconti (Pedro Víctor Debrigode) se destapa como un auténtico maestro de intrigas y hacedor de atmósferas fascinantes, un genio en el dominio de distintos registros léxicos, un narrador único capaz de crear tramas entretenidísimas, escenas de ritmo trepidante, diálogos ingeniosísimos, finales abiertos, tramas que enganchan y se entremezclan fantasiosamente, secretos inconfesables que desembocan en sorprendentes vínculos familiares (¡viva el folletín!), flashbacks que nos zarandean y nos conducen por la senda de la aventura o historias independientes que interrumpen la narración más que nada para dejarnos tomar aire. En definitiva, un auténtico carrusel de aventuras que puede calificarse perfectamente como el Don Quijote de la novela popular. En él, en “El galante aventurero”, Debrigode se revela definitivamente como un genio a la hora de manejar distintos hilos de la trama, de barajar escenarios simultáneos y de jugar con decenas de personajes tremendamente atractivos en su aparente simplicidad. Debrigode, un maestro de intrigas, de encuentros imposibles, de amores apasionados y de aventuras, muchas aventuras, en el marco de un folletín por el que, como ya hemos comentado, habría matado el mismísimo Alejandro Dumas.

El precipitado y trágico desenlace de “El galante aventurero” no fue casual. A él contribuyeron el cambio en los gustos del público lector que ya no parecía interesarse por piratas o espadachines, la desaparición de las sagas protagonizadas por un mismo personaje y, claro está, el boom de la televisión que provocaría el final definitivo de los bolsilibros. Pero ésa también es otra historia. Lo que aquí nos interesa es recordar a “El galante aventurero”. Y también, por qué no, soñar con la resurrección de Luys Gallardo. Y es que, al final de esta gran aventura, al concluir las más de dos mil páginas que conforman esta memorable saga, sólo queda un vacío terrible al saber que ya no hay más historias de Luys Gallardo pero también queda el placer que nos ha regalado, el regocijo que nos proporcionaba la lectura cuando éramos niños y teníamos la sensación de que no había nada mejor en el mundo que aquellas aventuras que leíamos con pasión desconocida. “El galante aventurero” pertenece a esa élite privilegiada de novelas inolvidables. Los franceses tienen a Dumas y los ingleses a Dickens. Allí, esos autores son dioses. Nosotros tenemos a Debrigode y nadie lo conoce. De hecho, nadie le ha dedicado ni un sólo renglón en alguna Historia de la Literatura. Una injusticia de proporciones épicas. Imbuidos del espíritu de Luys Gallardo no pararemos hasta que se reconozca a Debrigode como uno de los escritores más grandes del siglo XX.

 

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