EL CIRCO PSICODÉLICO DE HAIGHT-ASHBURY

img_19801Publicado en La sombra del ciprés, suplemento literario de El Norte de Castilla, el 25 de junio de 2017

Dieciocho de junio de 1967. La actuación de Jimi Hendrix en el Monterey Pop Festival llegaba a su fin. El joven músico acababa de ofrecer una actuación memorable con la que se había metido al público en el bolsillo. Para ello había utilizado todas sus armas, había incluso tocado con la guitarra sobre la espalda, había utilizado los dientes, la guitarra  había llorado, había explotado, había atravesado los corazones de las miles de personas que le contemplaban con el alma en un puño. Entonces, tras tocar los últimos acordes de Wild Thing, Jimi Hendrix se arrodilló, colocó la guitarra en el suelo con auténtica veneración, la besó, echó líquido inflamable sobre ella y la prendió. En un instante una bola de fuego surgió ante él. Hendrix parecía susurrar plegarias delante de la guitarra. Al poco, se levantó, cogió la guitarra incendiada y la golpeó contra el suelo arrojando los restos a la enfervorizada multitud. La imagen icónica de aquel verano del amor acababa de nacer aunque la revolución hippie/lisérgica/pacifista había comenzado antes. Lo hizo en un barrio de San Francisco atestado de casas victorianas con alquileres muy bajos. Allí, en Haight-Ashbury, se concentraron todos los padres del incipiente flower power. En el 635 vivía Janis Joplin. Casi al lado, en el 710, los Grateful Dead y Neal Cassady. Enfrente tenían su sede los Ángeles del Infierno. Y muy cerca, Jimi Hendrix. En aquel extravagante circo psicodélico se gestó el verano del amor. Pronto comenzaron a llegar a Haight-Ashbury miles y miles de personas. La canción que sonaba en todas las radios, convertida de inmediato en himno, era San Francisco, tema compuesto por John Phillips, de The Mamas & The Papas, y popularizado por Scott McKenzie (“Si vas a San Francisco / asegúrate de llevar flores en el cabello / Si vas a San Francisco / el verano será una celebración del amor”). Todo estaba preparado, la revolución hippie era ya imparable. De hecho, el verano del amor había empezado en enero con la celebración del Human Be-In en el parque Golden Gate de San Francisco. Allí se reunieron bandas como Jefferson Airplane o Grateful Dead junto al poeta Allan Ginsberg y el gurú del LSD Timothy Leary. Para que la fiesta fuera completa, un químico underground, Owsley Stanley, se encargó de elaborar cantidades enormes de su LSD Relámpago Blanco que fueron distribuidas por el activista grupo de teatro The Diggers. La revolución del flower power estaba en marcha y culminaría el fin de semana del 16 de junio con el Monterey Pop Festival. Como ensayo, una semana antes tuvo lugar en los alrededores de San Francisco el Fantasy Faire and Magic Mountain Music Festival, donde actuaron entre otros Canned Heat, Jefferson Airplane, Steve Miller Band y los Doors de Jim Morrison.

La insurrección musical estaba en plena eclosión. Aquel año, las estructuras clásicas habían convulsionado y el rock psicodélico subía al trono. Como en casi todas las revoluciones, los Beatles estaban al frente, unos Beatles que habían dado su último concierto el 29 de agosto de 1966 precisamente en San Francisco. Los chicos de Liverpool llevaban un año huyendo del pop y evolucionando a un sonido más rockero y distorsionado cuando en febrero de 1967 sacaron el single Strawberry Fields Forever/Penny Lane. Poco después, el 1 de junio publicaron la biblia psicodélica de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band con la canción lisérgica por excelencia, Lucy in the sky with diamond. Es más, mientras se celebraba el Monterey Pop Festival, los Beatles estaban grabando en los estudios EMI de Londres All you need is love, la otra gran canción icono del hipismo/pacifismo.

Y llegamos a la madre de todos los festivales, para muchos por encima incluso de Woodstock. Más de 200.000 montereypersonas, músicos tocando de forma gratuita, grabación de todos los conciertos, LSD exclusivo de nombre Purple Monterey y, sobre todo, varias actuaciones musicales que han pasado a la historia del rock. El primer día, viernes 16 de junio, tocaron grupos folk destacando sobretodo Simon and Garfunkel y The Animals (Eric Burdon cantó una canción compuesta para el festival titulada Monterey en la que se mencionaban a algunos de los artistas que iban a actuar). El sábado fue el turno de grupos más escorados al soul y al blues: Al Kooper, Steve Miller Band, The Byrds, Jefferson Airplane, Otis Redding (en una de sus últimas actuaciones antes de morir a los 26 años en un accidente de avión) y Janis Joplin, que encandiló al público con una desgarradora actuación. Para el domingo estaba preparada la traca final. Comenzó Ravi Shankar, le siguieron Buffalo Springfield y Scott McKenzie cantando el himno oficial del flower power, para que The Who, Jimi Hendrix, Grateful Dead y The Mamas & The Papas pusieran punto final a todo un sueño. Un sueño que quizá duró menos de lo que pudiera pensarse. De hecho, el grupo activista The Diggers escenificó en octubre “La muerte del hippie” con una simbólica procesión funeraria. Todo lo que estaba sucediendo en San Francisco era demasiado incómodo para las autoridades y demasiado goloso para los popes de la industria discográfica. Los alquileres de High Ashbury comenzaron a subir y la puntilla final la dio otro vecino de ese barrio, un tal Charles Manson… Aquello ya fue el fin del sueño lisérgico/pacifista/sexual de aquel memorable verano del amor. Musicalmente, eso sí, el rock psicodélico tuvo largo recorrido. 1967 no sólo fue el año del Sgt. Pepper’s y del Monterey Pop Festival. The Rolling Stones aportaron Their Satanic Majesties Request y la Jefferson Airplane Surrealistic Pillow. En 1967, además, publicaron su primer álbum Pink Floyd y The Doors. Luego, el rock psicodélico fue mutando a lo largo de los años. En muchos casos hacia el rock progresivo, en otros hacia el acid folk o el space rock. A finales de los 80 en la escena rave de Gran Bretaña se impuso un género de música electrónica bailable conocido como Acid House. Pero todas esas son ya otras historias.

 

logoSAN FRANCISCO CINCUENTA AÑOS DESPUÉS

Un autobús (the Magic Bus) pintado al estilo hippie circula estos días por las calles de San Francisco haciendo un recorrido por alguno de los enclaves más icónicos del verano del amor de 1967 mientras proyecta luces, regala sonidos y muestra documentales. También exposiciones de pósteres de rock y de algunos fotógrafos que asistieron en primera persona a aquella explosión de libertad y pacifismo enmarcada en una increíble revolución musical. Son sólo algunas de las propuestas que la ciudad de San Francisco oferta este año para conmemorar el 50 aniversario del Verano del Amor. Quizá la más ambiciosa sea la macroexposición “The Summer of Love Experience: Art, Fashion and Rock & Roll” que permanecerá abierta hasta el 20 de agosto en el Museo de Young, en el mismísimo Golden Gate Park. Carteles de época con letras distorsionadas y colores vibrantes (la mayoría anunciando conciertos de rock), espectáculos de luces, vestidos coloristas, películas de vanguardia, fotografías y música interactiva. En total unos 400 artefactos culturales que harán las delicias de los nostálgicos y abren una ventana a las nuevas generaciones aunque sólo sea para constatar que se acabó el viaje y que se disolvió la utopía. Que 2017 no es 1967. En los acontecimientos programados no hay la más mínima mención a las reivindicaciones sociales y/o políticas que llevaron a los jóvenes de San Francisco hasta aquel mítico verano del amor. Ninguna mención al uso libre de drogas y a la libertad sexual. Nada de autogestión ni de alternativas libertarias. Incluso el Ayuntamiento de San Francisco ha prohibido celebrar un festival en el Golden Gate Park, no sea que los nuevos cachorros se desmanden. Lo dicho, 2017 no es 1967. El purgatorio colorista de Haight-Ashbury domesticado y en blanco y negro.

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El Norte de Castilla

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