LA FORJA DE UN LADRÓN

la-forja-de-un-ladronContinúo con mi proyecto de leerme todo el ciclo umbraliano de novelas de Valladolid. “La forja del ladrón” es otro de esos títulos fastuosos y proustianos ambientados en la pequeña ciudad plateresca y salvaje. La España de posguerra y la frontera entre la adolescencia y la vida adulta: los dos puntos en común de todas estas novelas memorables que, más que novelas independientes, conforman en realidad un único ciclo narrativo, una grandiosa (por calidad y extensión) única novela. Francesillo, el protagonista de otras obras, regresa con toda su carga picaresca y emotiva. En esta ocasión convertido en un adolescente sin escrúpulos, ni otro referente moral que su madre -tísica, pobre, viuda de un rojo- con la que escapa de la realidad yendo al cine. Un ensayo sobre el origen del mal. Un paseo por la España de los 40 que fue Premio Novela Fernando Lara 1997.

Aunque, como siempre, el verdadero protagonista de las novelas de Francisco Umbral es el estilo, siempre deslumbrante, siempre enjoyado, siempre certero, metafórico, adjetivado, lírico e inmensamente bello, en esta ocasión viene aderezado con continuas y conmovedoras referencias a las películas que el joven protagonista ve con su madre; así por allí aparecen Humphrey Bogart, Greta Garbo, Rita Hayworth, James Stewart o Glenn Ford; y por allí se habla de Casablanca, Capitanes intrépidos, El pequeño lord, El forastero o Gilda… Paralelamente, asistimos a la agitada vida sentimental de Francesillo, jalonada de encuentros amorosos protagonizados por muchachas imposibles, desde una nudista de la Sección Femenina hasta la nieta de un millonario que no acaba de morirse, pasando por la hija de un voluntario de la División Azul al cual roba durante un tiempo. Porque en eso consiste el proyecto de vida de Francesillo, en robar, en ser como uno de esos ladrones elegantes que ve en el cine. Además, Francesillo pronto comprende que ser ladrón le gusta, entre otras cosas porque es la única respuesta que encuentra a la cabronada del mundo.

“Íbamos al cine huyendo de la tristeza del hogar, del rumor de la Singer, de las enfermedades, del miedo, el hambre, la miseria, íbamos al cine para hacer algo juntos, la viuda y el huérfano de un rojo, como un pareja hermética, infranqueable, distanciándonos un poco del resto de la familia, y quizá el cine era la disculpa para estar juntos y ser realmente madre e hijo. Íbamos al cine como al último refugio de sombra y calor en los bosques ciudadanos del invierno y la posguerra, aquello nuestro era una huida, una evasión, una cueva cálida y anónima donde no éramos más que una madre y un hijo”.

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El Norte de Castilla

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