LA NUEVA BABILONIA

nueva-babilonia22Publicado en El Norte de Castilla el 3 de noviembre de 2017

El pasado viernes, mientras el Parlament declaraba la DUI y el Senado aprobaba la aplicación del artículo 155, se proyectaba en el Miguel Delibes una de las joyas de la última Seminci. Un clásico de nuestra Semana: la proyección de una película muda con música en directo. En este caso, “La nueva Babilonia”, de los cineastas rusos Kozintsev y Trauberg, con banda sonora del mismísimo Shostakovich. Más allá de las imágenes hipnóticas, de la música enérgica y angulosa capaz de subrayar, enfatizar y emocionar, del expresionismo de las interpretaciones, de la plasticidad de los fotogramas (casi cuadros impresionistas), de los potentes contraluces o de los contrapicados extremos, en ocasiones lo que escuchamos y vimos nos recordó demasiado la terrible realidad y la matraca mediática que nos abruma últimamente. Que si un París alegre sediento de amor, que si un pueblo desmelenado, que si una opereta fracasada de antemano, que si un país dividido, que si unos políticos soltando una soflama llena de nacionalismo y vacía de contenido mientras se escuchan las notas de La Marsellesa junto al cancán de Orfeo en los infiernos, que si el pueblo luchando mientras la burguesía desde los balcones de Versalles asiste a la batalla, que si el viejo París convertido en la nueva Babilonia, que si el orgullo sirviendo sólo para cavar tumbas, que si el otro siendo siempre el culpable, que el cine convertido, en fin, en un tarot asqueroso donde el protagonista luce durante casi toda la película una gorra militar con un 155 bien visible. Que se pare la realidad de una vez, por Dios, que la realidad es odiosa e insoportable. Más cine, por favor. La esencia de una mirada, la alfombra verde, las maravillosas locuras de Roland Topor, nuestro quimérico inquilino favorito, Aleixandre, Resines y Sancho Gracia jugando a las cartas en el bar de la esquina, el eterno Paco Rabal con Azarías en bandolera, Stanley Donen en el mismo lugar en el que Mr. Arkadin organizó una fiesta de máscaras y, por supuesto, Mario Benedetti con Liv Ullmann, porque todos necesitamos alguna vez un cómplice, alguien que nos ayude a usar el corazón, que nos espere ufano en los viejos desmanes, que desnude el pasado y desarme el dolor. Que regresen los besos del cine pronto, siempre los besos, y que se vaya la realidad a freír espárragos durante una temporada.

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