MR. ARKADIN EN PUCELA

arkadin5Publicado en El Norte de Castilla el 19 de enero de 2018

“Cierto rey grande y poderoso preguntó una vez a un poeta: ¿Qué puedo darte de cuanto poseo? Él sabiamente contestó: Todo, señor, salvo vuestro secreto”. Con esta cita comienza una película maldita que se ha convertido, con el paso del tiempo, en una de mis grandes debilidades. Quizá porque algunas escenas de Mr. Arkadin se rodaron en Valladolid y porque siempre soñé con haber sido yo alguno de los extras que participaron en el fantasioso baile de máscaras filmado en el Colegio de San Gregorio durante tres días gloriosos de 1954. Todo lo que rodea a aquel rodaje y a la visita de Orson Welles a Pucela forma parte ya de la leyenda. Algunos de aquellos extras, entre ellos Miguel Delibes, han hablado de ello. Los diez duros y el bocadillo de jamón que les pagaban. Las exigencias y el carácter de un genio descomunal desbordado por nuestro desorden e indisciplina. Su enfado cuando los extras se comieron una tarta que formaba parte de una escena. El poco cuidado del equipo de grabación que casi provocó un incendio. El escándalo, en fin, que se montó en la pequeña ciudad de provincias, sobre todo cuando varios extras se escaparon, vestidos de fraile, a la cercana calle Padilla, núcleo de prostitución de la ciudad. Se dijo que el baile de máscaras rodado era pecaminoso, incluidos religiosos con testa de paquidermo. Todo ello, no hay que olvidarlo, en la casa de los gloriosos santos de madera de Berruguete y Juan de Juni. El caso es que Welles ya ni siquiera se quedó a rodar, como tenía pensado, una procesión de Semana Santa. Los productores, adelantándose a la censura, eliminaron todas las escenas del baile de máscaras (recuperadas años después). Mr. Arkadin sigue siendo una joya incomprendida. El hermano pobre de Kane. Un film abigarrado, caótico, ampuloso, desmedido y prodigioso. Un avión sin piloto, una sombra inmóvil que anticipa un crimen y un Arkadin como rey de la baraja francesa. Una princesa encarcelada por un ogro, un domador de pulgas y un acordeonista cocainómano. Y, sobre todo, un baile de máscaras pucelano. En medio de todo ello, un genio de naturaleza descomunal, pantagruélica, sublime. Como la del escorpión que, a pesar de que sabe que eso le va a matar, pica a la rana que le está ayudando a cruzar el río. Es mi naturaleza, se disculpa mientras escorpión y rana se ahogan. Como dice Arkadin tras contar la fábula: “Brindemos por la naturaleza”.

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El Norte de Castilla

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