EL ARTE DE INSULTAR

twitter5Publicado en El Norte de Castilla el 6 de abril de 2018

Bernard Shaw odiaba a Churchill. A pesar de ello le envío dos entradas para el estreno de una de sus obras teatrales. Eso sí, lo hizo con una nota: “Para que venga con un amigo (si es que lo tiene)”. Churchill no tardó en responderle: “Me es imposible asistir al estreno, pero iré a la segunda función (si es que la hay)”. A veces no es necesario humillar para insultar. Otras veces el insulto se convierte en un auténtico arte. El insulto, en sí, no tiene por qué ser una grosería. Sobre todo cuando hay ingenio. También rapidez de reflejos. Al insulto hay que responderlo en unos segundos. Después se vuelve rencor. Hay auténticos artistas del insulto. El mundo de la literatura es un ejemplo. Todos conocemos las broncas barriobajero-poéticas entre Quevedo y Góngora. El Siglo de Oro era un campo de batalla donde el insulto adquiría galones artísticos. El Quijote es toda una fuente de insultos. Villano ruin, bellaco descomulgado, gañán, faquín, belitre, socarrón de lengua viperina, desagradecido, hideputa bellaco, son algunos insultos amontonados en apenas cinco líneas en el capítulo XXX. Y así hasta el infinito. Otra fuente de insultos gira alrededor del fútbol. El nivel ya no es el mismo. Al menos eso me parecía hasta hace bien poco. Tras la reciente derrota de Argentina ante España los argentinos se han revelado como dignos herederos del Siglo de Oro más belicoso e ingenioso. En pocas horas las redes sociales se llenaron de insultos pero también de admiración por el ingenio que los argentinos derrocharon para escupir su malestar. Dos fueron los objetivos principales. A uno le echaron en cara su exceso de peso y lo hicieron con finuras tales como terrorista de choripanes, cementerio de canelones, arruinador de alegrías, gordo hijo de una camionada de porongas infinitas; con el otro se cebaron en su calvicie: flequillo de carne, cabeza de desodorante de roll-on, tobogán de piojos, hijo de un sistema solar rebosante de putas. Incluso pedían a Twitter mayúsculas más grandes para seguir insultando. La gente, en fin, se rindió al derroche de talento insultando de los argentinos. Bueno, fútbol y literatura, literatura y fútbol. Podemos tirar de insultos. Lo malo es cuando la vida te da un corte de mangas y te faltan insultos para enfrentarte a ella. En esos casos, ni los insultos del Quijote ni los de los argentinos enfurecidos nos sirven.

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