COLORÍN, PINGAJO Y HAMBRE

mariluzPublicado en El Norte de Castilla el 20 de abril de 2018

Con el Día del Libro a la vuelta de la esquina, regresa a casa Alejandro Cuevas. A Pucela, a Difácil y a la literatura. Llevábamos muchos años sin degustar alguno de sus exquisitos manjares literarios, como aquellas joyas del absurdo y la ironía (“La vida no es un auto sacramental” o “La peste bucólica”) que encumbraron a Alejandro Cuevas al altar de las jóvenes promesas de la literatura patria. Queda muy lejos ya el 2004 de “Quemar las naves” y mucho más lejos queda Florida, donde lleva atrincherado desde hace cuatro años. “Colorín, pingajo y hambre”, eso decía Max Estrella que eran las letras en este país. La cita de “Luces de bohemia” sirve como pórtico de entrada al universo que nos regala Alejandro Cuevas en “Mariluz y el largo etcétera”. No puede ser más apropiada. En el fondo y en la forma. Valle Inclán está muy presente. En el esperpento y en los espejos deformantes del callejón del Gato. Las historias de Alejandro Cuevas son locas y melancólicas a partes iguales. Una especie de deformación de la realidad en clave slapstick, poliédrica, parabólica y de imaginación extrema. De la risa a la desazón sin solución de continuidad. El humor utilizado como instrumento para lanzar mensajes brutales. Todo ello con una prosa ácida y corrosiva capaz de comerte los intestinos (Cuevas es capaz de hacerlo incluso recitándote un monólogo de Groucho Marx). Extraterrestres, parejas en crisis, personajes inadaptados, relatos delirantes que no son otra cosa que un listado de sucesos estrambóticos, futuros desoladores en los que los protagonistas acaban convertidos en caballitos de madera dentro de un desbocado tiovivo cósmico, niños superdotados incapaces de enfrentarse a emociones básicas, personajes que sueñan con mudarse a una novela romántica, parejas que comparten toda una vida aunque sus corazones son dos diminutos planetas distantes, gente que se ha perdido la fiesta por quedarse acurrucada en un rincón. De todo ello hay en este memorable libro de relatos. Eso junto a frases lapidarias, humor negro, existencialismo ácido y una prosa de rayos C brillando cerca de la puerta de Tannhauser. Alejandro Cuevas es de esos tipos que primero dibuja el vuelo de un tigre y luego lo viste de lagarterana. Un maestro del humor capaz, a la vez, de arrancar el corazón de los murciélagos. Valle Inclán con un par de alienígenas en la chepa, o sea. Un verdadero lujo. Qué bueno que regresaste.

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