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La Abadesa, de Toti Martínez de Lezea

LA ABADESA
Toti Martínez de Lezea
Maeva Ediciones, Madrid, 2005
250 págs.
 
Toti Martínez de Lezea elige, para su historia novelada, dos formas muy acordes con el estilo literario en uso allá por el siglo XVI: la autobiografía y el relato de viajes.
Mª Esperanza de Aragón, hija bastarda de Fernando el Católico, descubrirá al lector de esta novela los usos y costumbres de los castellanos de Castilla y de los castellanos de las villas vascas que aún siendo parte del Reino de Castilla conservaban sus fueros, usos y costumbres, como los conservaban otros pueblos de las distintas zonas del reino. Precisamente, el respeto a esos fueros y costumbres será lo que lleve a Fernando el Católico, Rey de Castilla al igual que Rey de Aragón, a la villa de Bilbao en 1476, ocasión en la que conoce a Toda de Larrea, una joven de 15 años, quien dará a luz, nueve meses después, a una niña , Mª Esperanza la Excelenta. En 1484, ocho años más tarde, será la propia Reina Isabel la Católica, quien acudirá a la villa de Bilbao para manifestar su respeto a los fueros, usos y costumbres. Y en los festejos organizados por los bilbaínos tendrá conocimiento de la existencia de la niña, hija bastarda de su esposo Fernando. El episodio causó una gran humillación a la Reina pues la joven y bella Toda declamó en público unos versos en los que se desquitaba de las humillaciones recibidas y se declaraba posesión del Rey. La Reina Isabel, muy dolida, ordenó que se llevase a la niña al convento de clausura que las Agustinas tenían en Madrigal de las Altas Torres, en Ávila. Allí la reina tenía su palacio y casa.
Mª Esperanza creció en el convento junto a otra niña, también bastarda de Fernando, que llegó un año más tarde. Se convirtió en una joven valiosa que llegó, por sus cualidades personales, a ocupar el cargo de Abadesa a los veinticinco años. Es entonces cuando recibe la visita de la Madre Superiora de la Orden quien le trae un breve del Papa Julio II comunicándole que el Rey Fernando el Católico, tras la muerte de Isabel, la reconoce, a ella y a la otra monja con la que había crecido, hijas suyas.
Mª Esperanza se las ingeniará para conseguir el nombramiento de Inspectora General de los Conventos y Monasterios de la orden agustina en Castilla y León. Y comienza así sus viajes hasta la villa de Bilbao en donde está segura de poder descubrir algo de su pasado y, sobretodo, lo relacionado con su madre y quizás a su madre misma.
Encuentra a su tío Pedro Larrea, días antes de su muerte; tiempo suficiente para que reciba la herencia que le pertenecía como única descendiente con vida. Y conoce a Tristán Díaz de Leguizamón, Pariente Mayor de los oñacinos, causante de la desgracia de la joven Toda, a quien obligó a yacer con el Rey Fernando, y por tanto causante de su propia desgracia. La trama de la novela permitirá a Mª Esperanza vengar de algún modo toda aquella afrenta.
Igualmente descubre que el militar que había secuestrado a Toda y a la niña, aquel que la había conducido al convento de Madrigal por orden de la Reina Isabel, vive aún en Trujillo. Mª Esperanza se las ingenia para poder acudir a Trujillo y continuar así sus indagaciones sobre el paradero de su madre, Toda de Larrea.
Y efectivamente descubre lo ocurrido a Toda. En el último episodio se da noticia del final de todos y cada uno de los personajes que acompañan a Mª Esperanza en el esclarecimiento de su pasado y en la búsqueda de sus raíces.
Este será el nudo aglutinador de la novela: la necesidad de todo ser humano a tener noticia de quienes son sus padres, más altos o más bajos en el contexto social; más inteligentes o menos; incluso mejores o peores. Lo que un padre haya sido en excelencia, sin duda honrará al hijo; lo que haya sido en vergüenza, lo humillará. ¿Pero habrá mayor desgracia para el ser humano que no conocer quienes le engendraron? Quizás para quienes hemos conocido a nuestros padres, este sentimiento de angustia nos resulte extraño y no nos alcance. Pero Mª Esperanza, la Excelenta, luchó duramente, en una época en la que las mujeres carecían de toda autonomía e independencia, por averiguar su pasado.
A lo largo de la novela, la autora de noticia de los comportamientos no adecuados de reyes y reinas que no respetaron el vínculo conyugal y mantuvieron relaciones extramatrimoniales. Se muestra también en la novela las consecuencias históricas, las luchas de dinastías -los hijos legítimos y los bastardos- por conservar el poder. Las muertes y asesinatos crueles de mujeres e hijos o las vidas extrañas a las que se sometían a niños inocentes. Los Reyes hacían con sus cuerpos lo que querían. Las consecuencias las pagaban sus familias y los propios reinos que sufrían guerras civiles, miserias y ajusticiamientos de los partidarios vencidos.
La autora relata muchos de esos casos. Sin embargo la Reina Isabel de Castilla no tuvo hijos fuera del vínculo matrimonial. Si los hubiese tenido habrían sobrevivido, al igual que los que su esposo y primo tuvo. Porque entonces la Iglesia Católica prohibía el matrimonio entre primos, no porque los estudios de Biología hubiesen ya demostrado los peligros de la repetición de la carga genética entre familiares, sino porque a la Iglesia Católica le constaba el hecho y quería prevenir a sus hijos de un peligro que quizás no se podía demostrar científicamente en aquel momento de la historia. Isabel y Fernando eran primos y los hijos de ambos murieron muy jóvenes o padecieron enfermedades graves. Los hijos bastardos del Rey Fernando gozaban de buena salud.
Una novela que, con un lenguaje sencillo y una trama que capta la atención del lector desde las primeras páginas, puede ayudar a repasar y profundizar en algunos hechos históricos de gran relevancia.
 
 

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