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El mundo incierto de Wikram Lall, de M. G. Vassanji

El mundo incierto de Vikram Lall

M.G. Vassanji

Editorial Salamandra

445 páginas

Vikram Lall, considerado uno de los hombres más corruptos de África, repasa su vida y la de los hindúes africanos en esta novela de sabor nostálgico.

Moyez G. Vassanji nació en Nairobi en 1950. Su familia, como tantas otras, se movía dentro del ámbito de la Commonwealth, y permaneció en Kenia hasta la muerte del padre para emigrar luego a Tanzania. A los diecinueve años, Vassanji obtuvo una beca para el Massachusetts Institute of Technology (más conocido como MIT), donde estudió física nuclear. Contratado en 1980 como investigador en la Universidad de Toronto, empezó a escribir su primera novela, The Gunny Sack, publicada en 1989 y premiada con el Premio de la Commonwealth. Fue entonces cuando abandonó la física para dedicarse a la escritura.

En el inicio de esta magnífica novela, El mundo incierto de Vikram Lall, el protagonista, un Vikram Lall ya maduro, nos cuenta que se lo considera uno de los hombres más corruptos de África (si es cierto o no, lo descubrirá el lector a lo largo de la obra). A partir de aquí, nos narra retrospectivamente su vida, con cierto paralelismo con la del autor. M.G. Vassanji pretende contarnos a través de la historia de ese alter ego el desarraigo de los hijos de hindúes en África, alejados de la patria de sus padres o abuelos, los cuales tuvieron que marcharse a otros países de la Commonwealth tan pronto como Kenia se convirtió en un estado independiente.

La narración comienza en el año 1953. Eran tiempos felices en la infancia despreocupada de Vikram y sus amigos. Vassanji, mediante Vikram, nos estimula la fantasía con la evocación de los vivos colores, olores y sabores de aquella Kenia que, en realidad, era su única patria, puesto que el vínculo con la India estaba ya perdido. Habían pasado demasiadas generaciones desde el primer emigrante de su familia.

Luego vendría la insurrección Mau Mau y la independencia de Kenia, que obligó a los hindúes a huir, considerados colaboradores de los blancos británicos. De ahí que el país sufriese un retroceso brutal, dado que los más preparados para hacer progresar el país eran, justamente, los colonos blancos e indios. Normal, teniendo en cuenta que lo habían inventado ellos.

Vassanji no tiene ningún apego a lo políticamente correcto, por lo cual la novela plantea claramente la pregunta de si la descolonización se hizo bien y en buen momento. Al respecto, cabe señalar que la descolonización más exitosa (y con diferencia) fue la de Singapur, país con una renta per cápita actual que casi dobla la española, mientras que Kenia y Tanzania, con su corrupción generalizada y economías de corte socialista, permanecen enfangadas por debajo de los 500$ anuales.

El tema de la independencia de Kenia, aunque sustenta el relato, no es el principal. Sí lo es, en cambio, el tema de la integración. La integración y la tolerancia parece que no fueron compatibles con el grito de independencia “África para los africanos”, las masacres y las injusticias traspasaron rápidamente el círculo de los europeos y de los hindúes y asiáticos para llegar a la discriminación de los diferentes grupos étnicos que conformaban el estado de Kenia.

“Vivíamos en una sociedad compartimentada; todas las noches, cada ciudadano de Nairobi salía del crisol de culturas de la ciudad y regresaba a su casa con su familia, sus creencias, su pueblo. Para los kikuyus, los luos eran los astutos y rebeldes cerebros del lago Victoria; y los masais, unos nómadas que hasta hacía poco iban desnudos. Los merus se enorgullecían de ser especiales, pues descendían de una tribu semítica nómada. Estaban los dorobos, los turkanas, los borans, los somalíes, los suajilis, y todos eran diferentes. Y también los wahindis, los arteros asiáticos que no eran verdaderamente africanos”… Pág. 319

“Si eras de la costa jamás podías abrir un pub en Nakuru; si eras luo, no podías buscar trabajo en Nyeri. Pero los asiáticos éramos especiales: teníamos la tez morena, éramos pocos, estábamos asustados y nos caricaturizaban, y podían amenazar con deportarnos como extranjeros aunque viviéramos en Kenia desde los tiempo de Vasco de Gama, incluso antes de que algunos pueblos africanos llegaran al país.

Esa aversión a todo un pueblo, esa tendencia a despreciarlo y culparlo de todas tus desgracias -ese intento de librarse de él en masa-, podía tener y de hecho tuvo otras manifestaciones en África. Idi Amin deportó de Uganda a toda su población asiática, y muchos líderes africanos aplaudieron su decisión. Ellos no sabían que de eso al genocidio de Ruanda, y posteriormente a los de otras regiones, había muy poco. Ahora, en Nakuru, la ciudad de mi infancia, son los kikuyus quienes se han convertido en los demonios explotadores indeseables, y en Internet los MuKenia Patriots juran, si no venganza, al menos defensa propia.” Pág. 337

Los hindúes, llevados por los británicos a Kenia, como expertos constructores de la red de ferrocarriles, nunca llegaron a ser considerados keniatas. Dejaron, la mayor parte de ellos, sus provincias del noroeste de la india -posteriormente Pakistán- y llevaron a Kenia sus costumbres y su pureza religiosa musulmana. Muchos de ellos, con la independencia de Kenia solicitaron la nacionalidad británica. Las primeras oleadas fueron aceptados en el Reino Unido donde, al verse incrementado el número de solicitudes, se cerró la frontera dejando a muchos de ellos sin posibilidades de retornar a sus provincias de origen que en ese momento ya no pertenecían a la India, sino al Pakistán independiente; sin poder entrar en el Reino Unido y perseguidos en Kenia.



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