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Retorno de un cruzado, de José Jiménez Lozano

Retorno de un cruzado

José Jiménez Lozano

Encuentro, Madrid, 2013

 

Pedro Manuel Martín Lodares, médico, pese a no tener aún la titulación, es destinado como miliciano republicano al pirineo catalán, al pueblo de sus antepasados donde posee una casa solariega ocupada por el ejército rojo y utilizada como sanatorio de caídos en combate. Así que Pedro, a su llegada, es muy bien acogido: tiene mucho que arreglar y componer, coser y vendar.

Pedro, hijo de padre republicano, asesinado en Madrid por una confusión, recuerda a su familia, a su madre y a su tía Lisa así como a sus dos sobrinos Pedro y Lisa también, en medio de sus miedos y de sus incertidumbres. Su hermana, Lisa, irá a buscarle disfrazada de titiritera en unión de una troupe de teatro para soldados. Le convence para que se decida a cambiar de bando, para que se refugie en la zona llamada nacional. Le ayudan en este propósito, la señora que cuidaba su casa y un tal Manuel que hace a los dos  bandos, según convenga para poder sobrevivir.

Al entrar en zona nacional son sorprendidos por la guardia civil. Ellos no se aventuran a decir la contraseña por miedo a que se trate de republicanos disfrazados. De esta suerte son arrestados y puestos en prisión. Todo esto sucede cuando la guerra civil española está a punto de terminar.

Franco consigue sacudirse el compromiso que tiene con Hitler enviando en su ayuda la llamada División Azul, compuesta en su mayoría por jóvenes idealistas que ven en tal acción una lucha contra el comunismo. Además se incorporan a la División Azul, algunos prisioneros que quieren demostrar así que nunca han sido republicanos y con ello lavar su honor: los cruzados, los caballeros andantes del siglo XX.

Pedro Manuel Martín Lodares bien pudo haberse contado entre los idealistas o entre los que querían demostrar que nunca había sido republicano, a pesar de haber curado a los heridos de guerra de la República. Así que fue incorporado a la División Azul, como médico de retaguardia. Curó a soldados heridos y cercenó miembros congelados de otros muchos. Y fue tanto el horror de la guerra y de la sangre, la injusticia, la muerte, que enfermó su alma también.

Y a su regreso, Pedro Manuel Martín Lodares, un hombre todavía joven de edad para rehacer su vida como otros muchos hombres que regresaron de las guerras, solo siente una apatía infinita que le mantiene en cama, mientras asimila lo vivido.

En la casa, sus sobrinos Pedro y Lisa, le interrogan con curiosidad sobre lo que ha vivido, lo que ha sido, le piden razón de su existencia y de su experiencia. Pedro responde a veces, otras, calla y entre los silencios y lo que cuenta el lector descubre el mismo horror de la barbarie que postra a Pedro.

En el trasfondo de la historia, José Jiménez Lozano nos cuenta hechos históricos, como la semana trágica de Barcelona, 1909, el asesinato de Castelar, las intrigas de Alejandro Lerroux… Y de paso, el lector se entera de cómo ha cambiado la vida, el concepto de educación, la sociedad del siglo anterior, el XIX, porque Pedro Manuel Lodares le cuenta a sus sobrinos retazos de su infancia en Oleza –la Orihuela de Gabriel Miró-, de su juventud y de sus primeros amores que son los más limpios y los que alientan en el fondo del alma, calentando un corazón helado por los horrores de la vida.

Guadalupe Arbona Abascal, añade a esta conmovedora novela de decires cervantinos, un comentario que ilustra al lector sobre los aspectos que José Jiménez Lozano insinúa, o bien cuenta en forma alegórica.

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