«Desde hacía meses soñaba con tener un pañuelo.
Algo que no fuera un harapo ajado y pasado apresuradamente por el agua fría.
Gracias a mi enfermedad pude darme ese lujo. No podía comerme mi ración de pan, así que cambié dos porciones a cambio de un gran pañuelo de batista.
Me parece un pañuelo magnífico, del color rojo pardo de las velas marinas, con un gran cuadrado verde en el centro. Emplearé trucos de apache para conservarlo. Si consigo regresar, será el símbolo de mi tenacidad».
La mujer que escribió esto logró regresar. El lugar al que tenía que regresar era su propia vida, arrebatada por la sinrazón. El lugar desde el que tenía que regresar era el campo de concentración de Auschwitz. Se llamaba Odette Elina (1910-1991). Cuando fue liberada por los rusos y pudo regresar a Francia dedicó su vida a dar testimonio del horror. Durante diez años (de 1957 a 1967) fue secretaria del Comité Internacional de Auschwitz. En 1948 publicó ‘Sin flores ni coronas’ un excepcional relato de sus años en el campo de exterminio que ahora rescata la editorial Periférica. Sobre la barbarie nazi la literatura y el cine han dado grandes obras, sobrecogedores informes, que lo son aún más porque todos sabemos que la crudeza de lo real supera en este caso cualquier ficción. El de Odette Elina sería uno más. Si embargo, algo extraño fluye en este libro primorosamente editado de un sello que habitualmente rescata textos olvidados por las rutinas eidtoriales a pesar de su relieve. Ese algo es su total falta de tremendismo, la limpieza en la descripción de un paisaje vital en situación límite. La suavidad con la que ofrece al lector un relato de supervivencia lejos de ablandar las situaciones las muestra en su total crudeza. Pero no hay regodeo en el horror. Cuando un pañuelo rojo o un trozo de col encontrada en la basura se convierten en un acontecimiento y se cuentan con la naturalidad de quien contaría una acontecimiento importante de su vida, lo tremendo se muestra por sí solo. Esta es la inteligencia de la narración de Elina. No empuja al lector. ni intenta una complicidad fácil con él. Simplemente le dice «esto fue». Incluso la mayor desesperanza se cuenta con una naturalidad que escalofría. «Llamo a la muerte porque tengo frío, porque el mundo nos olvida y más vale terminar pronto». En todo el libro hay un tono poético en las antípodas dela impostación que quizá es lo que más impresiona. Entre sus notas hay frases como ésta, que bien pudiera haber firmado Emily Dickinson. «Aquí, sólo los cielos nos parecen hermosos, pues únicamente ellos saben ser trágicos con grandeza».
Diría eso de que es un libro necesario si el adjetivo no estuviera tan gastado.