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Un regalo inesperado

(Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla el 11 de septiembre de 2008)

Se levantó una mañana y se dio cuenta de que ya no las odiaba. Y lo interpretó como un signo de madurez. No es que de repente le gustaran, no. Por supuesto. Pero creía haber aprendido a convivir con ellas. A tolerarlas. A mirarlas con cierta distancia considerándolas lo que son: el precio inevitable que se paga por vivir. Por no vivir aislado.

Se habían ido instalando en su vida sin que nadie les hubiera dado permiso para quedarse y, cuando menos lo esperaba, cuando creía haberlas despistado, le asaltaban desde algún cajón que hacía tiempo que no abría, o aparecían en las páginas de un cuaderno cuya existencia había olvidado por completo. Los álbumes de fotos eran también lugares potencialmente peligrosos en lo referente a su existencia.

Respiró profundamente. Suponía que este aprendizaje de tolerancia y comprensión había sido una cosa lenta y en parte inconsciente. Cuestión de tiempo. Y, sin embargo, esa mañana tuvo la sensación nítida de que su relación con ellas había cambiado de repente. Una sensación nueva. Como si alguien le hubiera dejado un regalo a los pies de la cama con una nota felicitándole por el logro. Se daba cuenta por ejemplo, de que ahora aceptaba deportivamente el que habitualmente llegaran para quedarse. Es cierto que algunas se acaban yendo por aburrimiento y las menos se disuelven en el aire porque pierden su naturaleza, pero lo normal es que se queden y no hay más remedio que soportarlas, incluso en verano, en que el calor las hace aún más agobiantes.

Sí. Nadie mejor que él podía saber que no siempre había sido tan condescendiente. Se recordaba a sí mismo plantándoles cara, concediéndoles noches de insomnio, dedicándoles gran parte de su energía. Se veía exigiendo explicaciones a diestro y siniestro. ¡Qué ingenua le parecía ahora esa actitud!

Por primera vez en mucho tiempo, se levantó descansado. Tomó una ducha y desayunó relajado. Se daba cuenta de que no tenía la mandíbula apretada como era lo habitual. Que la tensión de su cara había desaparecido. En el espejo había visto al hombre de siempre. Su imagen no reflejaba ningún cambio. Las mismas entradas, las misma barba canosa, la incipiente barriga que delataba su edad madura… Se dedicó una sonrisa burlona.

Tampoco su perro parecía notar nada distinto en él. A pesar de su perspicacia, de su fino olfato. Hay cosas que definitivamente no huelen y la aceptación es una de ellas.

Su mascota lo miraba apremiante como todas las mañanas, moviendo el rabo, intuyendo la hora del paseo. Cogió la correa y las llaves con un gesto mecánico Pero antes de cerrar la verja del jardín se dio la vuelta para desesperación del perro. Entró en casa y salió con todas las preguntas sin respuesta que había acumulado durante los últimos años. Y las enterró cuidadosamente con todos los ‘que hubiera pasado si…’ que también acumulaba… Hacía sitio para las que sin duda llegarían después.

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Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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