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No es neutral

(Publicado el 25 de septiembre del 2008 en la edición impresa de El Norte de Castilla)

Cuando la barbarie golpea de cerca, contundente, nítida –porque no nos engañemos, la barbarie golpea continuamente más o menos de cerca, más o menos contundentemente, más o menos nítida– se siente la tentación de preguntarse si es posible escribir de otra cosa sin que suene a indiferencia, o a que se mira para otro lado. Cuestión que podría parecer absurda pues en un mundo que parece acostumbrarse al horror­ sería imposible hacer otra cosa que dar vueltas a ese círculo vicioso. Y detrás de esa pregunta surgen las dudas de siempre: ¿sirve de algo volver a decir las mismas cosas, remover los lugares comunes?

Hoy quiero pensar que es posible mirar hacia otro lado. Se puede mirar hacia algún lugar donde florezca el debate sereno, donde el fanatismo sea una especie en vías de extinción, donde lo políticamente correcto no sea una tenaza, donde la palabra se utilice desinteresadamente o con el interés puesto en el bien común, donde se practique el hermoso lugar común de la empatía o donde el infantilismo o la ignorancia consentida no sean la norma básica en la que hacer rasero.

Quizá a fuerza de mirar a esos lugares cada vez menos comunes se nos acostumbre la mirada, como parece que se nos acaba acostumbrando al lado más oscuro de nosotros mismos.

Recientemente visité en San Sebastián una hermosa exposición colectiva de arte actual de Latino América. Las obras de 24 artistas que vienen trabajando desde los años sesenta del siglo pasado hasta nuestros días unidos por la colección Daros-Latinoamérica –uno de cuyos objetivos es reunir arte con el hilo conductor de ser explícitamente comprometido– se agrupan bajo el título ‘No es neutral’. Arte-denuncia donde la ética y la estética se unen no para gritar sino para tocarnos en nuestros hombros de gente agitada por la prisa, de gente acostumbrada a defenderse de los mensajes publicitarios. Allí, acogidas por los espacios contundentes y en sí mismos impresionantes de las salas del edificio de Tabakalera, se esparcen en sabia disposición reflexiones sobre la situación en Cuba, la violencia contra las mujeres, la vigencia de los imperios, la ilógica de los fascismos, las esclavitudes humanas de todo género…

Si la exposición merece la pena en sí misma, verla en este lugar ofrece un plus. Mucho se ha escrito y se escribe acerca del diálogo entre espacios que perdieron su misión inicial y se han reciclado como contenedores de arte contemporáneo y las obras que acogen. Un diálogo no siempre fluido lleno de iniciativas forzadas.

Entre los muros de lo que fue una antigua fábrica de tabaco y hoy aspira a convertirse en un centro cultural de referencia estas obras (vídeocreaciones, esculturas, instalaciones) ofrecen su mejor cara. Es imposible sustraerse a la extraña belleza de las desconchadas paredes industriales, a la fuerza de los tubos de cableado, al misterio de las butacas de un viejo salón de actos cuyo olor a moho acompaña la proyección de un vídeo sobre la Habana Vieja. Hay que mirarlas.

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Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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