Algunas veces me pregunto qué se les pasa por la cabeza a esos individuos que en las peores condiciones climatológicas (con sequía, temperaturas altas o vientos fuertes) deciden prender fuego al bosque sabiendo (buscando, supongo) las funestas consecuencias que su acción tiene. A veces tan trágicas como la pérdida de vidas humanas, pero siempre devastadoras para el paisaje, la vida natural y nuestra propia vida.
Como decía aquella campaña publicitaria de hace años, cuando un bosque se quema algo nuestro se quema. Siempre. Y con cada árbol que se muere un pequeño pulmón deja de aliviar el maltrecho aire que respiramos. El árbol, como tantas veces nos recuerda el naturalista Joaquín Araujo, es uno de los mayores tesoros de nuestro patrimonio. Deberíamos tratarlos con veneración. Pero cada verano asistimos impotentes a su destrucción sistemática.
Después de la plaga del fuego y de la ceniza persistente vienen las otras plagas: la de los insectos que encuentran su acomodo en la madera quemada (lo hemos visto este verano en Ávila) o la plaga de los recursos insuficientes que eviten los daños colaterales o la plaga de la desidia o la de los recursos destinados a lo superfluo. Y, mientras avanzan las llamas y el requemo de un paisaje que tarda años en regenerarse, los pirómanos andan sueltos sin que sus acciones, salvo en raras excepciones, tengan castigo.
Pocas veces vemos a uno de estos atacados por la avaricia, la frustración o la locura sentados ante el banquillo o trabajando para reparar su acción. Hay amantes del fuego que, en cambio, gustan de salir en los periódicos, a cara descubierta y presumiendo de sus acciones. Desde ayer conocemos a uno nuevo. Se llama Terry Jones y es pastor de una iglesia denominada Dove World Outreach Center (Centro de la Paloma de Alcance Mundial, o algo así). Y a pesar de eso no tiene empacho en ser filmado en su oficina con una pistola encima de la mesa. (No sé… cuando era niña me decían cuando dos cosas no casaban bien: «Le pega como a un santo dos pistolas»).
Además de pistola, el pastor Jones tiene un plan: convocar a una quema colectiva y planetaria de ejemplares del Corán para ‘conmemorar’ el 11 de septiembre. Como si las víctimas de aquellos horribles atentados que cambiaron la marcha de la política internacional no merecieran el homenaje de trabajar por que algo así no vuelva a suceder. Como pasa con los que incendian el bosque, el pastor Jones no parece haber calculado las consecuencias de su idea (¿o sí?) y no parece predispuesto a atender a las reclamaciones del general Petreus, encargado de las tropas norteamericanas en Afganistán, que ha advertido de los peligros que pueden correr si se tensa el ambiente. Las revueltas contra Estados Unidos han comenzado.
El fuego avanza. Mientras los difíciles acuerdos de paz entre judíos e israelíes penden de que los extremistas no impongan su ley, hay gente dispuesta a imponer la ley de la gasolina. Lo vemos a diario, también a pequeña escala. Lo malo es que incendiarios como Jones tienen seguidores. Esperemos que el día 11 se queden en casa.
(Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla en la columna Días Nublados)