SOBRE LA PUBLICACIÓN EN EDICIONES 98 DE ‘LAS HORAS SOLITARIAS’ EL ÚNICO DIARIO DEL ESCRITOR
«No tengo el reposo de los grandes espíritus, ni la inmovilidad ni la anquilosis de las gentes torpes; no puedo dedicarme de lleno a una cosa sin sentir curiosidad por las otras; así, mientras escribo una novela que pasa en el año 1833 necesito hablar de lo que ocurre en el presente». Así justificaba Pío Baroja la escritura del único diario que llevó en su vida y que acaba de recuperar Ediciones 98. La frase pertenece al prólogo del libro, que tituló ‘Las horas solitarias’ y al que añadió un subtítulo algo irónico, ‘Notas de un aprendiz de psicólogo’. Como tal vio la luz en la editorial Caro Reggio (perteneciente a su cuñado) a finales de 1918, solo unos meses después de que pusiera el punto final a la última entrada del diario, ‘Lamentación pedantesca acerca de la ataraxia’, fechado en Itzea en el otoño, única fecha por cierto que aparece en el dietario.
Los acontecimientos, sentimientos, opiniones y sensaciones que describe, al hilo de ese presente que pretende fijar, transcurren o surgen a lo largo de un año: desde el invierno de 1917 hasta el otoño de 1918 y en lugar de las típicas entradas con data de los diarios, cada entrada funciona como un capítulo con su propio título (‘Días de lluvia’, ‘Sobre la manera de escribir novelas’, ‘Bilbao’, ‘Otra vez Córdoba’). La edición incluye también un índice onomástico, aportación del editor, Jesús Blázquez, que constituye una importante aportación para el lector.
Cuando el autor de ‘Las inquietudes de Shanti Andía’ concibe la idea del libro, ya había escrito un libro de memorias, ‘Juventud, egolatría’, en el que rememoraba su infancia, juventud y primera madurez, y falta aún mucho tiempo para que escriba ‘Desde la última vuelta del camino’. Aquí tenemos, al Baroja más íntimo, «al más cercano, al más cotidiano», recalca el editor quien se muestra satisfecho de recuperar «el que se puede considerar el primer diario de la literatura española del siglo XX, ya que el de Pla, que a buen seguro conocía este libro, se publicó más tarde».
Efectivamente, aquí está el Baroja más personal, el que huía de toda retórica para decir lo que pensaba sin trabas, el escritor crítico con la sociedad española de su tiempo –algo patente desde el prólogo– a la que acusa de materialista y de vivir de espaldas a la ciencia, a la historia o a la poesía. El Baroja políticamente incorrecto que no tiene problemas en decir lo que piensa ya sea acerca de los curas, de la ciudad de Bilbao, de Kierkegaard (había sido un gran lector de filosofía en su juventud) o del arte árabe: «Yo la verdad, no he comprendido nunca el arte árabe, me parece insustancialidad, baratija», dice en una de esas frases contundentes que ahora serían un monumento a lo políticamente incorrecto.
El libro, imprescindible para barojianos y muy recomendable para lectores habituales de diarios y memorias, nos pone en contacto también con el Baroja más lírico, con el paseante melancólico que se declara un ser solitario, el que os guía por las librerías de viejo de un Madrid ya desaparecido. Con su prosa directa y a veces un tanto descuidada nos da noticia de sus lecturas siempre desde su punto de vista más personal. Y no deja de sorprendernos. El capítulo ‘Impresiones de un mal lector’ no tiene desperdicio. Tan solo Goethe o Dickens salen bien parados de su revisión.
Algunos pasajes del libro podrían haber sido escritos ayer mismo. Pero esto es lo que suele ocurrir con los clásicos.