“En medio de una roja polvareda/ el Roxy dio su última función,/ y malherido como King Kong/ se desplomó la fachada en la acera./Y en su lugar han instalado/ la agencia número 33 del Banco Central./ Sobre las ruinas del Roxy/ juega al palé el capital». Sobre las ‘ruinas’ simbólicas del Roxy de Valladolid puede que también se mueva el dinero, pero no el del palé ni el de ningún banco sino el de la ruleta o el ‘blackjack’ si finalmente la Junta autoriza que se convierta en casino. La empresa ha cerrado esta semana sus otros cines, los de la calle Mantería y la fachada art decó de una de las salas más características de la ciudad perderá su razón de ser.
Cuando vine a vivir aquí, Valladolid era la ciudad española con más cines por habitante. Parecía lógico por ser la sede de uno de los festivales más emblemáticos del territorio nacional. Ahora sufre el mismo mal que todas y la canción de Serrat no se me va de la memoria. Todos hemos tenido un cine de barrio en el que pasábamos tardes de programa doble, perdidos nuestros juegos infantiles en algún lugar del desierto de Arizona, pero también alentada nuestra adolescencia por los paseos primerizos en la Gran Manzana, cuando ni siquiera sabíamos que tenía ese sobrenombre. El mío, lo he contado ya, se llamaba Texas y luego fue garaje y supermercado y, durante mucho tiempo, nada de nada, un local vacío que me encogía los recuerdos.
Ahora cuando oigo eso de que están cambiando las formas de consumir cine y que hay que adaptarse a los nuevos tiempos –como sinónimo de aceptar deportivamente que las salas de cine vayan cerrando– siento una mezcla de melancolía y perplejidad en proporciones variables. La perplejidad supera a la melancolía cuando quienes difunden lo que parecen hechos consumados son profesionales del cine en los que no detecto ningún temblor en la voz. ¿De verdad alguien piensa que es igual ver una película en pantalla grande, en la oscuridad de la sala, con los medios técnicos adecuados y la concentración necesaria que en último modelo de ‘tableta’ o incluso en el móvil superinteligente, rodeados de gente, expuestos a mil interrupciones, o incluso pasando de una cosa a otra? ¿A quién queremos engañar? ¿No sería bueno educar a las nuevas generaciones para que aprecien la diferencia? ¿Se me puede considerar contraria a las nuevas tecnologías por el hecho de que algunos supuestos progresos me parezcan claros retrocesos solo justificados por una industria ávida de vender productos? Claro que a lo peor solo se trata de consumir, algo, lo que sea, una película, un vídeo, el último paso adelante en la pugna entre marcas…
Lo siento, no tengo un buen día. Mueren los cines y muere Angelopoulos. Su mirada inteligente, crítica y culta llenó algunas de mis horas en la Seminci y muchas más de mi historia como espectadora. Quienes además del cine amamos el teatro, los frutos de la comedia humana, teníamos en él a un cómplice. No era popular. Sus películas duraban demasiado para estos tiempos de prisas y consumo rápido. Pero ‘Eleni’ (170 m.) alertaba sobre la tozudez de los errores humanos que llevan una y otra vez a las mismas guerras. Se ha muerto mucho más que un director de cine. Una voz imprescindible.
(Fotograma de ‘Eleni’)