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AUTORAS TEATRALES, POR FIN VISIBLES

LA HORA DE LAS AUTORAS TEATRALES

Un libro de Cátedra y otro de La Uña Rota traen a primer plano de la actualidad editorial el palpitante trabajo de las dramaturgas españolas

 

A María Lejárraga fue otra mujer la que le hizo justicia. Fue el libro de Antonina Rodrigo, ‘María Lejárraga, una mujer en la sombra’ el que descubrió al público lo que en su tiempo fueron rumores y después algo que solo los expertos sabían: que las obras de teatro que tanto éxito habían dado a su marido, Gregorio Martínez Sierra, estaban escritas por ella.
María Lejárraga escribió la mayor parte de sus obras cuando el siglo XX estaba aún en sus inicios (murió en 1974) pero no estaba bien visto en su tiempo que una mujer escribiese y menos si además se dedicaba a la enseñanza, como era su caso. Esconderse tras el nombre del marido era una solución pero el precio a pagar –en su caso lo fue– era demasiado alto.
Las dificultades sin embargo venían heredadas de siglos atrás. Por remontarnos solo al Siglo de Oro,  las escasa mujeres ‘dramaturgas’ de las que tenemos noticia también lidiaron contra los prejuicios, en ocasiones de ilustres escritores como Francisco de Quevedo, que tacharon de «inmoral» su incursión en el mundo de las letras, como pone de manifiesto un estudio de María José Mesa.
Con todo, podemos recordar el nombre de María de Navas autora de comedias y empresaria teatral (una conjunción que se mantiene necesariamente hoy en día) o María de Zayas y Sotomayor, autora de la comedia ‘La traición en la amistad’, que le valió que otro insigne, Lope de Vega, dijera de ella que era un genio «raro y único», o Ángela de Acevedo.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, por supuesto, pero no tanto como para que en este comienzo del siglo XXI podamos hablar de autores dramáticos (de autores y autoras) en pie de igualdad. Sobre las mujeres, como en tantos otros ámbitos, pesa aún el techo de cristal y la pátina de invisibilidad. Si hiciéramos una encuesta al público habitual en las salas teatrales sobre cuántas mujeres autoras españolas podrían mencionar, quizá la sorpresa fuera mayúscula.
Y es que, si acotamos, por ejemplo, las décadas posteriores a la guerra civil apenas tres o cuatro mujeres (descontadas aquellas novelistas que hicieron alguna incursión teatral como Carmen Martín Gaite, o poetas como Ana Rosetti) destacan como dramaturgas: Dora Sedano, Julia Maura, Ana Diosdado…
Más cerca de nosotros (y también dejando a un lado nombres como Nuria Espert, cuya labor ha trascendido la interpretación, pero no es estrictamente una autora dramática; o el caso más reciente de Ana Zamora y su impagable reconstrucción del teatro Renacentista) apenas ejemplos como Paloma Pedrero nos vienen a la memoria. Y sin embargo en estos momentos las autoras teatrales españolas están siendo fuente de interesantes piezas que no siempre tienen la posibilidad de llegar a los escenarios, aunque para ello las ‘abajo firmantes’ tengan muy claro que deberán compaginar esta labor con la de empresarias, además de formar parte de colectivos cuya misión es precisamente ‘sacarlas a escena’.
Dos libros, llegados a las librerías con pocos meses de diferencia, vienen sin embargo a apoyar las iniciativas de asociaciones como las Marías  Guerreras en España o

las Roswitas en Francia.
El primero de ellos sale del sello La Uña Rota, que no ceja en su empeño de dar a conocer la obra teatral de autores contemporáneos y que al mismo tiempo ofrezcan una línea de trabajo original y rompedora. Se trata de ‘El centro del mundo’, un volumen que recoge tres piezas de Angélica Liddell: ‘Maldito sea el hombre que confía en el hombre: un project d’alphabétisation’, ‘Ping Pang Qiu’ y ‘Todo el cielo sobre la tierra (el síndrome de Wendy)’. No es la primera vez que Liddell merece la atención de este sello. Y ella es probablemente una de esas pocas autoras que consigue superar la cuarta pared (que en el caso de las mujeres se torna en muchas ocasiones en un muro inexpugnable) y lograr que su nombre ‘suene’. No en vano es una de las dos autoras que ha conseguido el premio Nacional de Literatura Dramática.
Como ya ocurriera con su anterior trilogía ‘La casa de l  fuerza’ Liddell vuelve a sus temas fundamentales: el paso del tiempo, el miedo a crecer, la pérdida de la inocencia. Junto a su descubrimiento de la cultura china, y la fascinación por todo lo que se nos antoja difícil de comprender.
Del Siglo XXI
El segundo libro que La Sombra del Ciprés trae a su portada es un disparo directo al centro de esa invisibilidad de la que venimos hablando. Porque, bajo el título de ‘Dramaturgas del siglo XXI’, el catedrático de la Uned Francisco Gutiérrez Carbajo, habitual estudioso de las tendencias escénicas y del teatro escrito por mujeres, ha reunido una antología de textos de once autoras dramáticas españolas en pleno ejercicio, en plena pelea por sacar adelante su obra y hacerla llegar al espectador.
Varios han sido los criterios de selección que le han guiado a la hora de subrayar estos once nombres. Por un lado, que representaran a distintas generaciones. Así encontramos autoras que, como Carmen Resino, escribían ya en la última década del siglo XX, incluso adscritas a movimientos como el llamado Nuevo Teatro Madrileño, del que es principal figura José Luis Alonso de Santos, a otras que como Lola Blasco, la más joven de las antologadas, nacieron en los ochenta.
El segundo criterio de selección de la antología (publicada por Cátedra) es que hubieran tenido un papel fundamental en el desarrollo de las nuevas dramaturgias. Es el caso de Itziar Pascual, creadora de las Marías Guerreras, o de Antonia Bueno, fundadora de Donas en Arte, asociaciones que velan por el trabajo de las mujeres en la escena, no solo desde el punto de vista de la autoría.
El tercero, que estuvieran representadas las distintas comunidades autónomas del país. Incluso su intención primera había sido publicar los textos en sus versiones originales (los escritos en catalán euskera o gallego), aunque finalmente aparecen solo en español. Así, encontramos la obra de la autora vasca Aizpea Goenaga, la catalana Beth Escudé o la gallega Vanesa Sotelo. Por último, un cuarto criterio ha destacado aquellas autoras que, además, combinan la creación con tareas de gestión, tanto de sus propias compañías como de montajes ajenos, o con la docencia.
Aparte de las ya mencionadas, completan la lista de las antologadas Diana de Paco, Juana Escabias, Diana I.Luque y Gracia Morales.
Siguiendo las líneas de trabajo mencionadas, Gutiérrez Carbajo reunió cincuenta nombres lo que da idea de la vitalidad del momento actual en cuanto a la escritura dramática hecha por mujeres. Descartó aquellas de las que ya se había ocupado en anteriores estudios, como la propia Lidell, o nombres que sí habían tenido una mayor popularidad como la ya citada Paloma Pedrero, para incidir en autoras menos conocidas para el ‘gran público’.
«Su escritura –afirma el autor – no solo no desmerece sino que en muchas ocasiones supera en calidad a la de sus compañeros hombres, más conocidos y ahora muy renombrados como Juan Mayorga, José Manuel Corredoira o César López Llera. Por otra parte, todas ellas son un elemento muy activo en la representación de los textos y a ello se deben en parte sus logros».
El punto de vista feminista no está ausente en las obras, como corresponde a unas autoras que tienen muy presente la necesidad de saltar las barretas de la desigualdad. En muchas ocasiones son obras que de una forma no necesariamente evidente tienen en cuenta las posturas de destacadas pensadoras que han hecho de las cuestiones de género parte importante de sus investigaciones, como Amelia Valcárcel, Victoria Camps o Celia Amorós.
Desde este punto de vista es muy interesante la introducción que sitúa históricamente la tradición de los estudios de género e informa también de las iniciativas comunitarias que vienen trabajando a favor de la representatividad de las mujeres del teatro.
«Esto no quiere decir que en las obras que escriben no estén presentes otros temas de interés en la sociedad actual, en el día a día de cualquier persona, y son textos también más ricos desde el punto de vista emocional».
Para completar el interés del libro, cada una de las autoras presentes contesta a cuestiones relacionadas con la situación del teatro en general y del escrito por mujeres en particular, sobre premios y reconocimientos, asociaciones como la Asociación de Dramaturgas, la labor de las creadoras como gestoras de sus propios montajes y otros temas de interés.
Dos libros que, unidos a otras iniciativas y movimientos auguran un futuro más normalizado, a pesar del momento tan difícil que se vive en las artes en general.

(En la fotografía de El Norte, Angélica Liddell en su último montaje)

LAS CIFRAS LO DICEN TODO 
Los datos son concluyentes y están expuestos en el libro de Gutiérrez Carbajo. Desde su creación en 1978, el Centro Dramático Nacional ha sido dirigido por ocho hombres y solo dos mujeres: Nuria Espert, que compartió la dirección con José Luis Gómez y Ramón Tamayo entre los años 1979-1981 e Isabel Navarro que ocupó el cargo entre 1994 y 1996.
Hasta el año 2007 ninguna mujer había dirigido una obra en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y hasta 2011 a ninguna se le había encargado una dirección en el Teatro Real.
Con los premios, la situación es similar. El Premio Nacional de Literatura Dramática solo lo han recibido a lo largo de su historia dos mujeres: Lluïsa Cunillé y Angélica Liddell. En cuanto al más veterano, el Lope de Vega, que se inició en los tiempos de la II República, solo lo ha obtenido una mujer, Tania Cárdenas. El Calderón de la Barca ha sido concedido desde 1981 a 21 dramaturgos y a siete dramaturgas y el Tirso de Molina lo han alcanzado entre 1990 y 2012 dieciocho autores y una sola autora, Carmen Losa. Como respuesta a esta situación surgieron premios  reservados a las mujeres dramaturgas, como el María Teresa León que nació en 1994 y ya no se convoca.
Como ocurre en otros ámbitos de la vida, las mujeres tienen una importante presencia durante la etapa estudiantil, presencia que luego no se refleja en su visibilidad posterior, al no ocupar cargos de responsabilidad en sus distintos ámbitos. Aquí también las cifras cantan: la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD)  publica una colección de textos, bajo el título ‘Promoción RESAD’ que recoge las creaciones que los estudiantes han de hacer al finalizar sus estudios. La colección cuenta desde sus inicios en 1993 hasta el 2009, treinta y dos textos de autores y cuarenta y dos de autoras. En otra colección de la RESAD, titulada ‘Piezas breves’ y que también publica textos de estudiantes, el autor de la antología cuenta y seis textos de autores y setenta y tres de autoras. Es cierot que no todos los estudiantes publican sus textos pero«estas cifras reflejan una realidad que no repercute ni en los escenarios, ni en los premios».

(Reportaje publicado en el suplemento literario de El Norte ‘La Sombra del Ciprés’ el 3 de mayo de 2014)

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Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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