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Leer, sí, pero ¿qué leer?

EN MI COLUMNA ‘DÍAS NUBLADOS’

Se canta lo que se pierde, lo sabemos. Y estos días hemos llorado la muerte de al menos dos librerías históricas en Zamora (Semuret) y Madrid (Moya, la más antigua de la capital) y otra en Zaragoza (Los portadores de sueños) que a pesar de su juventud había conseguido ser un espacio cultural de primer orden. Se analizan las causas, se habla del cambio de negocio por la competencia de plataformas en Internet, de las dificultades para mantener una librería de fondo en medio de un mercado que impone una velocidad imposible en las mesas de novedades… Pero subyace el problema real: la falta de interés por la lectura que aqueja (y digo así, pues es un virus con consecuencias desastrosas) a una parte importante de la población. Por si cabría alguna duda, llegó después el barómetro anual de hábitos de lectura y compra de libros del Gremios de Editores de España.

Para que veamos cómo es la situación, que una ligera subida del porcentaje de los que afirman leer con frecuencia haga llegar este índice al 49,3% supone recibir la encuesta con alegría. O que haya bajado también ligeramente del 40,1% al 32,8% el índice de los que no leen nunca o casi nunca nos hace aplaudir casi con entusiasmo. Pero fijémonos bien, hay un 32,8% de la población para la que la lectura debe de ser algo tan raro como entablar una conversación con un extraterrestre.  (Al fin, leer tiene algo de eso, de conversar con seres que vienen de lejos o que están entre nosotros de una manera fantasmal).

Estoy de acuerdo con el ministro José Guirao cuando afirma que no se trata solo de cuánto se lee sino de qué se lee. La realidad es que muchos de esos lectores que hacen subir las encuestas apenas salen de los libros de auto ayuda (tan presentes que a veces te encuentras libros serios de psicología o de filosofía en las mismas estanterías que los manuales de ‘cómo ser feliz en siete pasos’, ¿estrategia comercial o despiste monumental?) o de best sellers. Me pregunto a menudo ¿se lee hoy en día a Dostoyevski, a Proust, a Cervantes, a Virginia Woolf, a Emily Dickinson, a Shakespeare a Blanchot? ¿Hay un lector fuera de ciertos círculos familiarizado con Rosa Chacel con María Zambrano, con Cortázar, con Valente? ¿Se conoce bien la obra de Martín Gaite o Delibes fuera de los institutos o universidades y eso en el mejor de los casos?

Para quienes leer es tan necesario como respirar estas preguntas pueden parecer exageradas, pero basta salirse de ese círculo para ver la realidad. Basta acercarse a algún concurso televisivo sobre cultura general para ver el naufragio de los concursantes en cuanto las preguntas versan sobre Literatura, ¡incluso entre los que afirman ser licenciados en alguna filología!

Poner los pies en los grandes maestros nos hace disfrutar con placer de tantos autores contemporáneos que siguen engrandeciendo el pabellón, pero, sobre todo, nos hace personas con criterio y ¡cuánto bien haría un poco de criterio para contrarrestar la que se nos viene encima como no lo remediemos!

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla, el 24 de enero de 2019)

Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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