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Bartleby, el mito

Como el Quijote, Madame Bovary o Robinson Crusoe, también Bartleby se convirtió en uno de esos personajes que superan la fama de su autor. Puede que algunos lectores no recuerden al inventor del famoso náufrago ni se hayan molestado en averiguar, y eso que en los últimos años su nombre ha estado en todos los teclados, quién envió a la niña Alicia a ese mundo extraño y maravilloso, pero sus criaturas forman parte de nuestra biografía. Así, decir Bartleby es ponernos ante el espejo de nuestras propias parálisis, aunque hayamos olvidado a Herman Melville, y ello a pesar de que el escritor neoyorkino, de cuyo nacimiento se cumple ahora el segundo centenario, sea el autor de otro famosísimo personaje, esta vez animal, ‘Moby Dick’. En las antípodas del héroe, del aventurero cuerdo o desequilibrado; desde el lugar opuesto a la audacia, Bartleby adquirió pronto el carácter de mito. Y fue, y sigue siendo, el motor de análisis y escrituras, de casi febriles indagaciones literarias, lo cual no deja de ser una poética paradoja: que el paradigma de la negación, el escribiente que se negó a seguir escribiendo, haya dado lugar a tanta literatura.800px-herman_melville_profile1

Es el año 1853 y Melville, que ya ha publicado su novela más famosa, ambienta un cuento en una gris oficina de Wall Street. En la sede de un abogado al que se le acumula el trabajo y necesita un nuevo escribiente. Cuando nuestro silencioso y pasivo personaje aparece en escena, el lector desconoce que, cuando termine el relato, apenas sabrá nada sobre él. “En respuesta a mi anuncio, un joven inmóvil apareció una mañana en el umbral de mi bufete; era verano y la puerta estaba abierta. Vuelvo ahora a ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decorosa, incurablemente desamparada! Era Bartleby”, nos dice el narrador de la historia. Pero ¿quién era realmente este aplicado (al principio) escribiente aparentemente inmune a las emociones humanas pero que con tanto aplomo desarmaba a su jefe, contestando a sus requerimientos con un simple y contundente, ‘preferiría no hacerlo’? ¿De dónde venía? ¿Tenía familia? ¿Cuáles eran las razones de su extraño comportamiento? ¿Era simplemente un loco pacífico? ¿Un sabio? ¿Un anacoreta que había elegido como lugar de retiro en lugar del consabido desierto una oficina sin más horizonte que la pared de ladrillo que contemplaba silencioso desde la ventana de su rincón? ¿Una versión ciertamente peculiar de Simón el Estilita? ¿Un suicida?

Melville no responde a ninguna de estas preguntas, porque, probablemente, desconoce las respuestas. Y nuestra aproximación debe ser así en clave de interrogación. Porque el suyo es un relato de la perplejidad. Nos preguntamos por qué nos atrae y tratamos de explicarnos esa atracción, como hizo Georges Perec en una carta a su profesora Denise Getzler . Pero si su fama ha traspasado todos estos años y ha dejado huellas en las más diversas vocaciones literarias y filosóficas (recuerdo ahora los ensayos de Gilles Deleuze, Giorgio Aganbem y José Luis Pardo, reunidos hace tiempo por Pre-Textos) es sin duda porque su historia nos pone ante un espejo y en él contemplamos nuestras propias incongruencias, esa parte de nosotros mismos que en ocasiones nos impide seguir adelante, que nos frena sin aparente motivo, es también, por qué no, la reencarnación de una utopía: la de las veces que nos hubiera gustado contestar, ‘preferiría no hacerlo’ sin violencias, simplemente dejando atrás no solo aquello que no quisimos hacer, sino la incomprensión de quienes requerían de nosotros sin duda molestas encomiendas. Es el mejor elogio y perdón a nuestra pereza.

Muchos de los bartlebys que somos y los que nunca seremos han surgido a la sombra enriquecedora del personaje de Melville. Cómo no traer aquí ese artefacto titulado ‘Bartleby y compañía’ con el que Enrique Vila-Matas hizo honor a la ironía melvilleana con su propia y afilada ironía. Ese libro que no quería ser un libro, sino un conjunto de notas a pie de página por el que desfila lo más granado de la literatura del no. Desde Rimbaud a Walser, de Pepín Bello al Juan Ramón Jiménez que afirma: “mi mejor obra es el arrepentimiento de mi obra”, de Kafka a Joubert, el libro, o lo que sea, es un homenaje a todos los que en algún momento prefirieron no hacer más literatura. Lo cual no deja de ser un bello asunto literario. Y todo gracias a Bartleby.

 

En la foto, el escritor Herman Melville

(Artículo publicado en La Sombra del Ciprés de El Norte de Castilla el 16 de marzo de 2019, dentro del dossier dedicado a Herman Melville en el segundo centenario de su nacimiento)

Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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