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Ana Zamora, titiritera

A PROPÓSITO DE LA GALA DE ENTREGA DE LOS PREMIOS MAX

Cuando en los días previos a la celebración de la gala de los premios Max de las artes escénicas se decía que iba a ser muy nuestra, muy castellana, me dio un poco de susto. Pero en Ana Zamora, su directora, siempre hay que confiar. Comienza la gala y suena la Entradilla del maestro Agapito Marazuela y, a su son, un joven danzante con un traje maravilloso avanza por el pasillo, y sí, en ese momento, ya estamos seguros de que debemos confiar. Hasta ayer, la fiesta de los Max siempre me había parecido un tanto desangelada, como si sus protagonistas, a diferencia de sus compañeros del cine, no se creyeran a sí mismos lo suficientemente importantes como para protagonizar el espectáculo sin partitura ajena. Pero Zamora ha dejado claro que se puede hacer una gala saltando las costuras de una estructura marcada por listas de candidatos, recogida de premios y agradecimientos varios. Y no aburrir. Y sorprender. Sin recurrir al chiste por sistema, con un tema prefijado, la libertad, sin resultar demagógica… Y dejar en el público la sensación de haber asistido a un estreno. Castellana sí, pero nunca el folklore me había parecido menos rancio y más a cuenta. Y su traslación al mundo de hoy, menos impostada. Se hablaba de libertad (¿qué otra cosa es el arte en general y el teatro en particular?) y escuchamos a Calderón y Juan del Enzina, pero también a María Zambrano, Lorca, Luis Rosales o María Teresa León. Había trigos y amapolas pero en las espléndidas espigas que lucieron algunas de las presentadoras de la gala veía a esas mujeres de Maruja Mallo a las que les salen espigas de las manos, porque también hubo reivindicación del papel de la mujer en las artes escénicas. Como en los espectáculos que compone la directora segoviana, aquí se viene a actuar, a cantar, a recitar, a tocar el piano o lo que haga falta.  En Fernando Cayo, el conductor de la gala, tuvo un buen cómplice y, en general, la idea de ir enlazando las presentaciones de las candidaturas por quien inmediatamente antes había ocupado el escenario funcionó. Tanto los cantantes Amancio Prada, Eliseo Parra, Silvia Pérez Cruz, La Moda como los actores Ginés García Millán, Ana Otero, Marta Poveda o Charo López encajaron en el guion sin estridencias y con solvencia. Lástima que a la hora de entregar el Max de honor a Cocha Velasco no se pudiera ver el vídeo que resumía su trayectoria y en el que se oía de lejos la voz de Pepe Sacristán que quedó ahogado en los aplausos del público puesto en pie, quizá porque la presidenta de a SGAE, Pilar Jurado, que debía llamarla al escenario tras su discurso, se precipitó al hacerlo. Pero fue una gala cuidada en todos sus detalles, en la música, en la palabra, en la escenografía, en los fondos, en el vestuario… Es decir, espectáculo.

Me gusta decir que Ana Zamora tiene espíritu de titiritera. La niña que creció alucinando con las marionetas en el Festival Internacional de Segovia, el Titirimundi, puso los pies en los guiñoles y se ha convertido en una mujer de teatro total. Arriesgada y discreta. Y ese origen titiritero y segoviano fue homenajeado ayer no solo con El Nuevo Mester, no solo con los cabezudos de su ciudad avanzando por el patio de butacas sino en esa breve representación de Don Cristobita (Ay, Julio Michel, cómo te echamos de menos, seguro que andabas echando un mano para que todo saliera bien). Hubo también muchos guiños vallisoletanos desde el escenario y en general a Castilla y León, comunidad que, por primeva vez acogía la gala. Y así es como lo local, se convierte en universal.

Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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