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De ‘sueños y eclipses’

EL COLLAGE PROTAGONIZA LA EXPOSICIÓN DE LUIS CRUZ EN LA GALERÍA JAVIER SILVA

El collage como técnica, el collage como concepto. Y también como metáfora de una biografía. Quien no perdona una visita a todos los mercadillos populares de los países a los que viaja acaba acumulando objetos que han tenido ya otras vidas y en el calculado desorden del estudio pueden dormir el sueño de los justos hasta que su nuevo dueño los despierta a otra vida. Serán por tanto piezas de un reconvertido collage que se irá armando por etapas o por estratos. Hablamos de ‘Sueños y eclipses’ la exposición que atraviesa el paso del año viejo al nuevo en la galería Javier Silva y que viene de la mano de Luis Cruz. En esta ocasión, una serie de papeles de pequeño-mediano formato que muestran su pasión por este fragmentario modo de expresión artística.

Todo empezó con Hanna Hoch. Que un amante del collage se ‘encontrara’ con la maestra alemana del género era cuestión de tiempo. No es el de esta muestra el primer homenaje que le rinde. Sucede en una de las obras, que a su vez es el motor de la muestra. En el resto, dos constantes: un viejo álbum de fotografías familiares protagonizado por una señora de avanzada edad que, cumpleaños tras cumpleaños, quedaba inmortalizada para sus parientes y que encontró en un rastro de algún lugar de Estados Unidos y unos papeles comprados en la India, viejos contratos oficiales con sellos institucionales e indescifrables relatos de compra venta o instancias que allí se reciclan para el dibujo de miniaturas. Papeles y fotografías encontraron por fin su encaje, que no es otro que el cocinado de Luis Cruz, contento de encontrar algo nuevo que proponer en su trabajo.

Sobre uno de esos papeles hay dos huellas dactilares, quizá la firma de alguien incapacitado para autentificar su acuerdo de otra forma, y de alguna manera es una metáfora de la exposición: llena de huellas de la trayectoria del autor. Junto a las fotos intervenidas y sobre los papeles que sirven de fondo están las huellas de su pintura, esos rastros de la abstracción que ocupó buena parte de su carrera, esos personajes, en ocasiones procedentes de los cuentos infantiles de los mitos o el circo, que fueron apareciendo en su progresiva vuelta a la figuración; los rastros del negro que durante un tiempo fue la negación de los estudios de color que habían protagonizado sus primeros pasos artísticos o el dorado de fondos y ‘lunares’ que imprime un aura de icono primitivo a parte de las obras… Las huellas son también pequeños guiños de humor que, aunque aquí más sutil que en otras ocasiones, también es marca de la casa.

Porque lo que predomina en ellas es la fuerza del arte sin más relatos. Aunque siempre he pensado que Luis Cruz –que jamás ha publicado una línea, al menos que se sepa— tiene un pie en la literatura y otro en la pintura, no hay que buscar más argumento en estos cuadros que su pasión por el arte y la maestría alcanzada tras años de oficio, de lecturas y, sobre todo, de haber sabido conservar el entusiasmo y la curiosidad. (Es incomprensible que haya pintores que jamás ven una exposición ajena o se rindan a una buena obra literaria. No es su caso). Como en los sueños, es el inconsciente el que escribe el guion y aquí probablemente gozaría un psicoanalista. Expuestos aquí nos proponen un viaje hacia esos otros estratos que quedan ocultos a la luz del día y de nuevo nos hacen señales acerca del ADN del autor: en aquellas lejanas abstracciones que se pudieron ver en la desaparecida galería de Evelio Gayubo y en el también desaparecido proyecto Constelación Arte en el Monasterio de Prado (todo son desapariciones en el arte contemporáneo) se mostraba ya mediante retículas y redes que lo suyo era una cuestión de fondo.

Exponer, exponerse. Cuando un artista abandona los grandes formatos nos invita a acercarnos. A mirar de cerca. ¿Han observado alguna vez a alguien mientras hablaba en sueños? Sabemos que está en algún lugar inalcanzable para nosotros y que en ese lugar están pasando cosas. Así sucede mirando estos cuadros. En ellos pasan cosas, y no todas están a nuestro alcance.

Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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