A PROPÓSITO DE ‘VOLAR A CASA’, DE DANIEL MONEDERO
En los cuentos de Daniel Monedero llueve mucho y llueven cosas raras, pueden llover zapatos o kafkas, pero, sobre todo, llueven palabras. A Monedero se le dan bien las palabras, algo que parecería una afirmación de Perogrullo tratándose de un escritor que, además, se gana la vida como guionista de cine y televisión y que tiene un nombre en el campo de la literatura infantil y juvenil, pero en su caso son como lluvia que acaba empapando al lector de literatura. De acuerdo, tampoco nada demasiado raro hasta aquí.
Monedero acaba de publicar ‘Volar a casa’, su segundo libro de cuentos tras ‘Manual de jardinería para gente sin jardín’ demostrando su privilegiado pacto con las herramientas del idioma. Cinco relatos en los que fluyen las palabras y con ellas la vida, pero no la vida que se muestra a simple vista, sino esa otra que permanece oculta detrás de las apariencias, la que requiere de unos ojos entrenados o de una potente lente para ser revelada.
Imaginen que abren el libro por el tercer relato, es decir, por el que ocupa el centro de la obra. ‘Un cuento perfecto’ es la historia de Holly, una chica corriente que llega a Nueva York desde un pueblo corriente de cualquier estado corriente de los Estados Unidos de América. Como tanta gente que llega a la Gran Manzana tiene un sueño, el suyo es escribir el cuento perfecto. Se alquila un modesto piso, casi no tiene muebles, pero tiene una mesa, una silla y una máquina de escribir. Y su sueño. En la tercera página del cuento que está leyendo usted, (que no es el cuento perfecto que Hope aún no ha empezado a escribir) ya han aparecido la señora Dalloway, el señor Gatsby y Robinson Crusoe. Y si pasan un par de páginas más tropezarán con Flannery O’Connor. El asunto puede parecer forzado, porque de repente anda por ahí Anna Karenina, pero no lo es porque Holly y el autor del cuento sobre Holly y su sueño en Nueva York tienen la misma enfermedad: el mal de la literatura. Así que, si la chica sube al piso de arriba y le abre la puerta un vecino escurridizo, lo más ‘normal’ es que se parezca a Salinger. ¿O es Salinger?
No, no estoy destripando el cuento. De hecho, no hay que leer estos relatos como si contaran una historia de intriga. En ellos, quizá el final sea lo de menos, y lo que importa es el relato mismo, el fluido de las palabras, su capacidad de conducción de sensaciones, pensamientos, recuerdos y sentimientos. Claro, un buen cierre dignifica un poema, un cuento o una novela, lo vemos en el último, ‘Alta literatura coreana’, pero al acabar el libro el lector puede tener la (quizá) inconsciente revelación de que una final brillante no era en este caso imprescindible.
Relatos sobre el hecho mismo de escribir y sobre los efectos secundarios que el mal arriba descrito produce. Otro ejemplo: el segundo de los cuentos se titula ‘Emily Dickinson’, ¿un retrato de la enorme poeta americana? No, el nombre del grupo de música punk que la protagonista tenía cuando era adolescente. Hija de una traductora literaria, sus canciones están llenas de versos de Sexton, Carson o Barrett Browning. O su recuerdo.
En el curriculum de Monedero no hay libros de poesía, sin embargo, muchas imágenes, y metáforas que pueblan sus relatos tienen ese algo poético. El hecho de que se trate de un segundo libro de cuentos y que llegue detrás de un primer libro que tuvo a favor lectores y críticos confiere cierto vértigo a su salida, como confesaba su autor en alguna entrevista. Pero no son los relatos de alguien que duda. Al contrario, muestran seguridad y cierto riesgo asumido, pues ese fervor literario, esa facilidad para construir imágenes y dar vuelo a las palabras podrían ser por exceso un peligro y sin embargo Monedero sabe sujetar las riendas, acotar el vuelo.
El autor comparte con sus potenciales lectores su pasión, esta vez sin metáforas: aquí el protagonismo es de quienes quieren escribir, de quienes buscan el hallazgo feliz que los hará ser lo que siempre desearon ser y al encontrarlo no saben, como Holly, si escribirlo en el diario o llamar a alguien cercano para contárselo. (“Repasa mentalmente a la gente a la que puede hacer una llamada para que participe de su euforia y decide que no hay nadie a la altura del momento”). Publicando estos relatos, es de suponer que Monedero busque oídos a la altura del momento. Pero en el prospecto del libro éste debería avisar de sus efectos secundarios. Porque cualquier lector no inmune puede ser atacado por el mal de la literatura. Y no tiene de momento tratamiento eficaz.
Así que esperamos la siguiente dosis.
Volar a casa
Autor: Daniel Monedero.
Género: Relatos.
Editorial: Páginas de Espuma.
168 páginas. 17 euros (Ebook, 5,99)