¿Conocemos de verdad a la persona que amamos, por mucho tiempo que hayamos convivido con ella? ¿Seremos capaces de aceptar sus ‘agujeros negros’? Estas son algunas de las preguntas que se plantea ‘My notes on Mars’, el tercer largometraje de la directora húngara Lili Horvát, que este viernes ha inaugurado la 71 edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. Horvát llega a un festival que le concedió la Espiga de Oro en su 65 edición con la estupenda ‘Preparativos para estar juntos un periodo de tiempo desconocido’.
De nuevo, una historia de pareja entrecruzada, si no por el misterio de aquella, directamente por la ciencia ficción. Una astrofísica brillante y que durante años ha investigado el planeta Marte deja su trabajo para iniciar una nueva etapa en su vida y en su matrimonio, aquejado por el desgaste de la convivencia. Durante una excursión sufre un accidente y desaparece. Dos meses después y durante su propio funeral regresa a casa convertida en un enigma. Una mujer distinta, desconocida incluso para su marido, golpeado una y otra vez por su comportamiento errático. No parece recordar su pasado, pero está firmemente dispuesta a destruir uno de sus cuadernos de trabajo, el que contiene un importante descubrimiento sobre el planeta rojo y que incluso había despertado el interés de la Nasa. Dos tramas que discurren paralelas y que no acaban de abrocharse. Marte, convertido casi en un tercer lado del triángulo conyugal, queda al final como un recurso poco resuelto. Con todo, la idea de utilizar lo que desconocemos del universo para reflexionar sobre lo que desconocemos de nuestros seres más próximos es una buena idea, lástima que al final algunos elementos que destacan tanto el guion como la cámara durante todo el filme, como ese cuaderno de notas que le da título, se diluyan al final, subrayando así su carácter de mero recurso de (ciencia) ficción.
La película, que no deja de ser una estimable propuesta, se ve con agrado gracias a la belleza de las imágenes que propone y una excelente fotografía. La naturaleza, el cielo estrellado con ese punto rojo que parece vigilar lo que sucede en tierra, la casa donde vive la pareja, la belleza de los caballos que cría el marido… Todo contribuye a dejarse llevar, aunque la historia a veces avanza sorteando alguna falla. Horvát mantiene algunos elementos de estilo propios de su excelente anterior película: Esos primeros planos de la protagonista, con la cámara transparentado sus dudas y perplejidades; el que se trate de una mujer brillante que ha dejado atrás su carrera por un motivo aparentemente insólito… La directora húngara se muestra una vez más como una autora potente y arriesgada y una gran directora de actores, en este caso sus cómplices, Mackenzie Davis y Rupert Friend, cumplen con creces.
¿Se pueden tratar temas tan duros como la demencia en la vejez, las dudas sobre el consentimiento del sexo cuando la personalidad comienza a diluirse, la dependencia y los cuidados con delicadeza y al tiempo sin consentir ni un solo paño caliente? Esto es lo que consigue Lance Hammer con su segunda película ‘Queen at sea’, premio del jurado en el último Festival de Berlín. El director estadounidense sabe lo que es triunfar en la capital alemana. Con su primer film, ‘Ballast’, consiguió el Oso de Oro, y también fue galardonado en Sundance. Aquí convierte su segundo largo en el espacio para la reflexión sobre un momento en la vida que a todos, de una manera u otra, en propia carne o en la de nuestros seres queridos, nos tocará de cerca. Y lo hace sin dogmatismos, mostrando sutilmente la necesidad de no caer en ideas preconcebidas, ni siquiera en las políticamente correctas. Si la pareja de veteranos formada por Tom Courtenay y Anna Calder-Marshall consiguió el Oso de Plata a la mejor interpretación de reparto, no conviene olvidar a la magnífica Juliett Binoche en un personaje nada fácil de abordar.
Lo malo de ‘The echo chamber’, la tercera propuesta del día en la Sección Oficial del Festival, es que nada justifica sus 123 minutos. Ni la historia de amor entre un productor musical adicto a las pastillas, y la enfermera que vino a tratar sus dolores de espalda; ni el atractivo de los actores que la encarnan, además de una siempre espléndida Susan Sarandon; ni la cuidada dirección de arte… La película, llena de silencios, arranca de forma eficaz con sus saltos temporales y el juego de ausencias y presencias de los amantes. Pero todo el potencial se cae en torrente por el exceso de contemplación.