CUANDO LA PRECARIEDAD CAMBIA DE IDIOMA Y DE CONTINENTE
Del verdor de los montes de Arkansas a la aridez de una indeterminada y remota región iraní. De los esfuerzos de una familia coreana por cumplir el sueño americano a la difícil supervivencia de los trabajadores de una fábrica artesanal de ladrillos. La sexta jornada de la Sección Oficial de Seminci hablaba de supervivencia en varios idiomas.
‘Minari’ es el cuarto largometraje de ficción del director estadounidense Lee Isaac Chung (1978) con el que nos traslada a un lugar que conoce bien: los montes Orzak en el estado de Arkansas donde él creció. Su protagonista, Jacob, experto sexador de pollos quiere cumplir el sueño de tener una granja que permita a su familia vivir holgadamente, objetivo con el que dejaron atrás su Corea natal. Su mujer Mónica no tiene tan claro que ese deseo llegue a cumplirse como es patente en su mirada al llegar a la casa portátil que Jacob ha elegido como residencia en medio de la naturaleza. Más conformes los hijos del matrimonio, en particular David, de siete años, un niño con una lesión de corazón que le impide correr; y su hermana mayor, obligada a madurar antes de tiempo. Ambos asisten hartos a las discusiones que la falta de recursos y las diferencias en cuanto a la forma de enfocar el futuro son el pan nuestro de cada día del matrimonio.
El elenco de personajes lo completan Paul, un trabajador de la granja con una exacerbada manera de vivir la religiosidad, y la peculiar abuela de los niños que se traslada a Estados Unidos como un parche ante la difícil situación por la que atraviesa el matrimonio. Vemos sus esfuerzos por seguir juntos: él desde la seguridad de que el bienestar económico ayudará a ese objetivo, ella desde la lejanía de creer que la familia ha pasado a un segundo plano para su esposo.
Película sin grandes pretensiones, agradable de ver y correcta en su realización.
Más arriesgada, la segunda propuesta del día. Otro ejemplo notable de cine iraní que no se conforma con los caminos trillados. Rodada en blanco y negro, ‘La tierra baldía, que firma Ahmad Barahmi, nos traslada a los últimos momentos de una fábrica artesanal de ladrillo donde trabajan y malviven desheredados de varias etnias. Entre el polvoriento suelo y el blanquecino cielo, se mueven las masas grises de los trabajadores, la aridez de la tierra, la maleabilidad del barro y la falta de futuro.
Interesante apuesta narrativa la del director que demora el ritmo mediante lentos travellings en los que a menudo la acción queda fura de cámara. Película de atmósferas más que de personajes: mediante la repetición del discurso del director de la fábrica anunciando su cierre, que funciona como un estribillo, el film dibuja en pocos trazos la vida y circunstancias de los personajes que se verán abocados a continuar su precaria vida en otro lugar.
Un director a tener en cuenta.