La confluencia entre el colectivo Néxodos y la Fundación Amelia Moreno impulsa una exposición colectiva en el Espacio El Dorado de Quintanar de la Orden
Confluencias. Las de dos proyectos artísticos que, partiendo de circunstancias y premisas distintas, convergen en la aventura de llevar el arte contemporáneo a la periferia de los grandes centros artísticos. El medio rural es desde hace nueve años la meta de las distintas propuestas del colectivo Néxodos. Es también el ámbito de la Fundación Amelia Moreno, que custodia el legado de la artista y organiza muestras de arte contemporáneo en lo que fue una fábrica de anís en Quintanar de la Orden, vinculada a su familia.
Cruzar la meseta. De Castilla y León a Castilla La Mancha y vuelta. Cruce de técnicas y de miradas abiertas a la línea del tiempo: conscientes del pasado y sus huellas, comprometidas con su presente, abiertas al futuro. Reto: cruzar la inmensa nave de la fábrica de anís ahora centro de arte El Dorado e imaginar cómo puede convivir en armonía la obra de catorce artistas. Acomodarla en una nave industrial, en la que una contundente fila de tinajas de cemento gigantes impone la mirada. Ahí es, en parte, donde se la ha jugado y resuelto con éxito el comisariado de la muestra. Las distintas propuestas se muestran sin estorbarse, respiran, ocupan el espacio con una mezcla de naturalidad y llamada de atención.
Decía Borges que el arte es transformar todo lo que nos ocurre en símbolos y que para el artista todas las desventuras son arcilla para transformarlas en cosas perdurables. No se me ocurre mejor denominador común para unos trabajos que, de forma inconsciente o no, tienen en cuenta algo que ya no es, o está a punto de no ser. Y lo llevan de su mano al lenguaje del arte más radicalmente actual.
Dentro de las propuestas, las hay que tienen como base explícita el concepto de territorio. Es el caso de la de Bettina Geisselmann y sus mapas vaciados, intervenidos, rotos, separados y armados a su vez en una constelación nueva cuyo potente color y presencia en el espacio remiten a aquel famoso ‘agente naranja’ de la guerra de Vietnam que sirvió para destruir selvas y aniquilar cosechas. O la de Javier Ayarza implicado hasta el tuétano en una misión de arqueología contemporánea que documenta hasta la exhaustividad determinados aspectos de la cultura popular, de su pasado y su presente, testimonios también del uso y disfrute y de la adecuación de la vida al territorio.
O la de Alejandro Martínez Parra que en línea con sus trabajos en proceso plantea en la sala audiovisual una reflexión sobre el tiempo (‘Todo en un instante: libro de horas’) donde el sol, en su cíclico viaje por ambas mesetas, marca a ritmo de amaneceres y atardeceres, el ser y el estar de sus habitantes, pero también su mirar. En línea también con su escritura, la pieza se completa con los textos incluidos en un imaginario libro de horas donde lo experiencial es de nuevo la raíz de su arte. Tiempo geológico frente al humano es lo que respira en las fotografías de Alberto Franco y su proyecto NaCI.
Otros trabajos han tomado como punto de partida algún elemento del lugar que los acoge. Beatriz Castela se fijó en el rótulo cerámico de la fachada ‘Anís El Dorado’ y en ‘Latencia’ se propuso jugar con los azulejos que el tiempo ha destruido, pero en cuya huella late una lectura aún posible. Con sus imaginarios reemplazos ha construido una suerte de ‘mapa’ abstracto en el que el ritmo y el vacío son las coordenadas. Jorge Gil ha utilizado los envases de otro elemento de producción de la antigua fábrica: la carne de membrillo. Con ellas ha sembrado un pequeño ‘huerto’ de latón y tierra donde espera que germinen esquejes de membr
illo con las que hablar de desplazamientos, intimidad y producción industrial. Como está situada en el exterior, el sol compone rúbrica formal y fundamental a su posible ‘arraigo’.
También en el exterior se descubre una tercera vía para abordar este ‘cruzar la meseta’: La captación de algún elemento popular integrado, por un lado, en el espacio de la exposición y a su vez en la trayectoria del artista. Ignacio Gil se ha fijado en un material tan humilde como el hule. En esta palabra (procedente del náhuatl ulli) y en los distintos usos del material late una vez más el hecho incontestable de que la cultura (con o sin mayúsculas) no entiende de fronteras y cómo somos todos el resultado de esa hibridación. En el exterior, una composición de matiz escultórico alude a esas tablas que apoyadas en las puertas de las casas impedían el paso de la lluvia al interior.
La contundente pieza de Julio Mediavilla se inscribe en esta tercera vía. A través del ensamblaje de tubos de pvc usados para dirigir el tránsito de personas y vehículos, medita sobre relación y aislamiento: desde ese mirar hacia adentro de nuestras comunidades (y ese dar la espalda a otras realidades) hacia la posibilidad de establecer vías de comunicación. Otro objeto popular, la silla, le sirve a Evelyn Hellenschmidt como metáfora del lugar desde el que contemplamos o nos asentamos en el territorio. El visitante atento con sus cinco sentidos en la muestra podrá escuchar de fondo ‘Compás de cruce’ la pieza sonora de Nacho Román. Su ‘cruce’ se basa en la escucha de los ritmos percusivos de las jotas de ambas mesetas materializadas y mezcladas en sendas grabaciones de Ricardo Cano (Cuellar) y Javi Collado (Cuenca). El sonido parte de una de las tinajas de la nave, adopta su resonancia y cierra el círculo de la memoria del lugar.
La muestra se completa con el trabajo performativo de Pepe Murciego y el de tres recién tituladas en Bellas Artes (una invitación que es marca de la casa Néxodos): Ayala Barber, Emma Rodríguez y María Herreros.