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Godard, el joven

Esto no es una crítica de cine. O puede que lo sea. El género es lo de menos, se lo dejo a su elección. Se trata de contar una experiencia cinematográfica, la de haber asistido a la proyección de la última película de Jean-Luc Godard, y algún malintencionado añadiría ‘y haber sobrevivido en el intento’. Porque eso es ‘Film socialisme’, el vehículo para una experiencia cinematográfica de primer orden, ante la que se puede salir en contra o favor, difícilmente indiferente y, por poco sensible que se sea, nunca indemne.
Godard el joven, el irreductible, el cineasta octogenario que se carga el axioma que más o menos establece que ‘quien no es revolucionario en su juventud no tiene corazón y quien lo sigue siendo a los 40 no tiene cabeza’. La cabeza de Godard, perfectamente lúcida a los ochenta, conserva toda su capacidad para la provocación, para el anticonformismo. Eso pide su ‘Film socialisme’, un espectador poco proclive a que se lo den todo hecho. Así ha sido siempre. Solo que ahora no encontrará la película, me temo, mucho público entrenado. Demasiado encefalograma plano en las salas comerciales (¿quedan de las otras? Vi la película en el Casablanca, uno de los pocos reductos de la versión original, aquí el único) demasiada grisura y demasiado plato precocinado.

Godard nos exige que le sigamos a paso de marcha por un crucero en el que una serie de personajes a los que difícilmente reconoceremos, con los que a duras penas podremos empatizar, reflexiona sobre Europa, las Humanidades, el holocausto, ‘el oro de Moscú’, la globalidad de las mentiras… No hay descanso, en esta película sin argumento en el que el texto es tan denso como las imágenes y es necesario correr por ambas pistas para no perderse nada. Se pierden cosas, claro. pero permanece la poética del cine.
Godard, que reflexiona sobre el lenguaje, utiliza (se diría que a la vez) todos los recursos del lenguaje cinematográfico y las diferentes texturas de la imagen. Hace una inteligente metáfora sobre el discurso fragmentado y fragmentario en el que a duras penas se debate el hombre contemporáneo, cada vez más alejado de las humanidades clásicas; hace un crucero simbólico (sin ahorrarnos el componente hortera de estos traslados) por varios hitos de la historia común que ha sido incapaz de sentar las bases de un futuro común. (‘¿Quo vadis Europa?’ se pregunta); nos introduce sin anestesia en la simultaneidad de la experiencias vividas a gran velocidad, de las más banal a la más dramática.
El ritmo de la película no se mantiene invariable. En el segundo movimiento, para mí el menos logrado, se remansa, aunque también aquí consiga bellas imágenes como el niño que acaricia a su madre con los ojos cerrados, pero vuelve a enchufarnos electricidad y complicidad cinematográfica. Ahí sus citas de ‘El gran combate’, de John Ford, ‘El Quijote’ de Welles o ‘El acorazado Potemkin’ de Eisenstein. Vayan a verla. No creo que aguante mucho en la cartelera y después retírenme el saludo si no les gustó. Me arriesgaré.

(Publicado en la sección de opinión Días Nublados de la edición impresa de El Norte de Castilla, el jueves 3 de marzo del 2011)

Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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