El pasado 27 de abril, Ana María Matute entró oficialmente en la lista delpremio Cervantes, tras recibirlo en el solemne acto académico de la Universidad de Alcalá. Cuelgo aquí, por fin, los dos artículso que escribí sobre la tercera mujer que recibe el galardón. El primero es el que se refiere a su discurso de aceptación. y el segundo es el texto que salió en el especial del suplemento LA SOMBRA DEL CIPRES
Ha sido más corto y menos pretendidamente académico que en otras ocasiones pero, quizá por eso, más intenso y emotivo. Me ha gustado el discurso de agradecimiento de Ana María Matute durante la recepción del Cervantes. Pero me ha gustado, por encima de todo, porque en esos apenas nueve folios se ha colado irremisiblemente la niña rebelde que siempre ha sido y que afortunadamente sigue siendo la autora de “Aranmanoth”. Estaba atenta a las noticias cuando la he oído clamar contra lo políticamente correcto y ya no he parado hasta leer el discurso completo. Su indignación era contra los que mutilan los cuentos de hadas y lo dice tan bien que merece la pena reproducirlo:
«Sobre la famosa crueldad de los cuentos de hadas -que por cierto no fueron escritos para niños, sino que obedecen a una tradición oral, afortunadamente recogida por los hermanos Grimm, Perrault y Andersen, y en España, donde tanta falta hacía, por el gran Antonio Almodóvar -llamado “el tercer hermano Grimm”- me estremece pensar y saber que se mutilan, bajo pretextos inanes de corrección política más o menos oportunos, y que unas manos depredadoras, imaginando tal vez que ser niño significa ser idiota, convierten verdaderas joyas literarias en relatos no solo mortalmente aburridos, sino, además, necios. ¿Y aún nos preguntamos por qué los niños leen poco?»
Inmediatamente me ha venido a la cabeza -y me ha vuelto a subir la indignación – una noticia que leí hace tiempo y que había olvidado, sin duda como una defensa mental. No puede una estar enfadada todo el tiempo.
Un editor norteamericano ha decidido eliminar de la novela de Mark Twain “Las aventuras de Huckleberry Finn” todas las expresiones que hoy en día consideramos racistas. Es decir, que desaparezcan de la novela -en la que por cierto se relata la amistad entre un joven y rebelde blanco y un esclavo negro, aunque esto al parecer no es lo importante para algunos- las palabras “nigger” (que se podría traducir como “negrata”) e “injun” (una forma despectiva de referirse a los indios). Lo peor del caso es que al parecer la idea es de un tal Alan Gribben, responsable de lengua inglesa de la Universidad de Auburn en Alabama. Es decir, que la estupidez humana es un virus contra el que no te protege no ya un título universitario sino una cátedra desde la que impartir doctrina. Pero ¿dónde están las leyes que protegen la propiedad intelectual y el patrimonio cultural? Vivimos una auténtica oleada de pacatería intelectual, de ignorancia de tal calibre que, como no haya un milagro que frene el crecimiento de la tontuna, lo vamos a pagar
Hay vidas que tienen una frontera clara. Un momento que establece el antes y el después. En la de Ana María Matute conocemos, al menos, una frontera literaria. Ese antes y después es su novela “Olvidado rey Gudú”, con la que volvió oficialmente al género que más éxitos le procuró en su carrera y a la literatura para adultos, después de un periodo de silencio que solo había roto -desde que en 1976 fuera propuesta para el Nobel- con algunos relatos y cuentos para niños. Eso sí, con éxito, pues en 1984 consiguió el Nacional de Literatura Infantil por “Sólo un pie descalzo”. Con “Olvidado rey Gudú” (ese libro del que, si se le insiste un poco, llega a reconocer que es su preferido) nos llevó a la Edad Media, “territorio” que ya había transitado y al que volvió en el 2000 con “Aranmanoth”, y al mundo de la fantasía, un traje que le sienta a la medida.
Cuando el próximo día 27 de abril esté pronunciando su discurso de agradecimiento del Premio Cervantes quizá no recuerde una entrevista que le hicieron cuando fue elegida para ocupar el sillón K de la Academia Española. Se quejaba entonces Matute de las pocas mujeres que habían accedido a la institución (ella era la tercera en toda su historia y la única en ese momento) y dijo a propósito de esta y otras desigualdades: «Para que le den el premio Cervantes a una mujer ya tienen que caer chuzos». Tenía entonces 72 años y de eso hace 14. Hasta el año pasado sólo María Zambrano y Dulce María Loynaz lo habían conseguido. También es la tercera mujer en la lista del prestigioso premio. El número tres parece ser su destino.
¿Cómo llegó la niña que permanece en la mujer adulta que escribió “Los Abel”, que durante su primera etapa literaria recibió los premios más prestigiosos de su país y que volvió a ser reconocida en estos años de regreso a la literatura a conseguir el galardón más importante de las letras en español? Ella diría que la vida es una continua sorpresa, que es «magia», y una «maravillosa equivocación». Pero quizá el secreto estribe en haber permanecido fiel a sí misma, a pesar de las dificultades que esa “equivocación” le puso en el camino. No ha dejado de ser una “niña asombrada”, como se llamó a los hombres y mujeres de una generación que vio cómo una guerra les robaba su infancia. Ana María Matute sigue siendo esa niña que se atrevió a atravesar el bosque, para ella, el territorio de la fascinación, como reconoció en su discurso de ingreso en la Academia. Alicia atravesó el espejo y Ana María Matute se dejó llevar por el misterio de un lugar en el que aprendió «que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán». En los libros de Ana María Matute hay muchos niños. Niños como Ivo, el protagonista de su cuento “La razón”, o como Adri, la protagonista de su novela “Paraíso inhabitado”, que esperan o temen perder la infancia y llegar a la edad adulta. Y es que, para ella, toda la literatura es el relato de una pérdida. «Desde mi primer cuento hasta el último de mis libros -ha dicho la escritora- llevo haciendo lo mismo. Intentarcomunicar la misma sensación de desánimo, de pérdida, porque vivir es perder cosas». No quiere que por eso la consideren pesimista, «aunque lo soy», pero también se confiesa una mujer alegre que disfruta de pequeños placeres como leer novela negra, «un descubrimiento reciente». El día 27 tendrá que hacer algo que no le gusta demasiado: un discurso, aunque lo más probable es que, como ocurrió en la Academia, sea un discurso diferente. Como lo ha sido siempre ella: una niña a la que le gustaba el cuarto oscuro.
En los libros de Ana María Matute hay niños que esperan o temen perder la infancia El bosque es para ella el territorio de la fascinación, «donde la oscuridad brilla y existen sonidos desconocidos»
(La foto que acompaña estos artículos es Reuters)