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Más Europa, ¡pues venga!

Es como un mantra. Más Europa. Lo dicen los políticos y así parece que conjuran los malos tiempos. Lo repiten una y otra vez y parece que calman a los mercados, (esos entes tiranos sin escrúpulos de los que mendigamos confianza cuando somos mayoría los que perdimos la confianza en ellos, aunque nadie parezca tener la receta, o el valor, de dar la vuelta a esa tortilla, despacito, claro, para evitar cataclismos). ¿Cómo salir de la crisis? Más Europa. Lo escuchaba el otro día en una tertulia de notables. Gente seria y ‘sabia’ que desde posiciones ideológicas distintas consideraba inevitable y necesaria la reciente reforma constitucional para poder seguir diciendo que tenemos moneda común. Si es así, ¿por qué no es esta gente la que de una manera pausada explica las razones de una decisión de difícil ‘trágala’ en vez de escuchar cansinamente los mismos argumentos bumerán que se lanzan los sujetos susceptibles de aparecer en carteles electorales? Si de verdad compartimos el objetivo de salir de esta de la mejor manera posible y dado que la situación no se parece a ninguna de las anteriores crisis ¿no se impondría un Gobierno de coalición que devolviera a los ciudadanos la confianza perdida en sus dirigentes? ¡Ah! Se me olvidaba, que llega el 20-N y eso son palabras menores, esa calderilla argumental a la que tratan de acostumbrarnos.
Angela Merckel respiró ayer hondo y al coger aire su voz tronó de nuevo segura en el Bundestag: tenía una misión, salvar Europa y el Tribunal Constitucional de su país le daba la razón.  Más Europa, ¡por los pelos!
Estoy de acuerdo. Más Europa. Mas ¿de qué Europa hablamos? ¿De ese conjunto heterogéneo que solo tiene una voz común para temblar ante las agencias de calificación? ¿De ese ente que una y otra vez tiene que justificar sus instituciones y hacer solemnes declaraciones como para creérselo? Yo digo Europa y pienso en democracia, que es justicia social asentada en valores humanistas irrenunciables. La Europa del pensamiento fuerte, la de la cultura que sí traspasó las fronteras sin necesidad de parlamentos que le dieran el pasaporte, la Europa abierta y solidaria, la de la música, el arte y la arquitectura. Porque Europa, como su cultura, es mucho más que economía y esto va para todos los que  olvidan que la rentabilidad de mantener fuertes sus pilares no se mide  en euros, aunque, si sabemos hacerla floreciente, tanto mejor (aunque solo sea para que no acabe barrida de un plumazo y la sinrazón campe sin freno por los mercados, digo por los países).
Manuel Marín lo recordó el otro día y yo lo repito aquí. ¿Se acuerdan de cuando el G-20, donde Europa toma asiento en bloque, llevaba en la agenda poco después del comienzo del agujero negro cosas tan sensatas como acabar con los paraísos fiscales, que es una manera, aunque no la única necesaria, de luchar contra el fraude? Miren ahora la agenda, retaba Marín, a ver si aparecen  esos puntos en el orden del día ¡si hasta se habló de refundar el capitalismo!  Europa calla.

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Sobre el autor

Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.


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